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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

Más extraño que la ficción: cómo ser moderno y no morir en el intento

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
sábado, 21 de abril de 2007, 09:11 h (CET)
En su estupendo libro Filosofía del Tedio, el pensador noruego Lars Svedsen menta a Heidegger para recordarnos que, si en nuestros días apreciamos tanto a la originalidad y la innovación, es porque la existencia es hoy más aburrida que nunca. Así, muchas veces solemos atribuirle más importancia al hecho de que algo sea “interesante” que al hecho de que algo tenga algún valor. Cuando el fenómeno alcanza sus fases más crónicas, se llega incluso a adorar de manera fanática a artistas tan cuestionables, pretenciosos y predecibles como Charlie Kaufman.

Les recuerdo esto porque, a primera vista, Más Extraño que la Ficción tiene muchos puntos en común con la obra del guionista de Cómo Ser John Malkovich, desde lo delirante de su premisa argumental (un tipo comienza a escuchar en su cabeza una voz que relata su vida), hasta la voluntad de establecer un juego de espejos metacinematográfico sobre el acto de crear o esa apuesta claramente posmoderna por las extravagancias de puesta en escena (el plano del protagonista cepillándose los dientes delante de un espejo filmado desde el interior de su propia boca, por ejemplo), pero en realidad, Marc Foster no intenta usurpar el territorio natural de Spike Jonze o Michel Gondry, sino que emplea todos los recursos antes mencionados para, bajo la forma de una comedia excéntrica, diseccionar la mecánica de funcionamiento de la propia industria de entretenimiento de la que forma parte, con sus paradojas, sus miserias y sus grandezas.

Lo curioso del caso es que precisamente por ello muchos analistas, sobre todo europeos, han practicado una especie de sinécdoque (ya saben, el todo por la parte) a la hora de repudiar el conjunto de la película única y exclusivamente por su happy ending, sin reparar en que ese desenlace aparentemente cobarde y conservador es el que llena de sentido el film y evita su ingreso directo en el cajón de sastre del “cine de coolto” (variante trendy del cine de culto de toda la vida avalada por Sofia Coppola, Wes Anderson y Charlie Kaufman, entre otros).

Cuando en la ficción el personaje de la escritora (una eficaz Emma Thompson), decide prescindir de lo que podría ser su obra maestra por piedad para con su personaje (un pavisoso Will Ferrell), Marc Forster está también prescindiendo de su gloria de autor por respeto al espectador medio, que durante hora y media se ha sentido identificado con un personaje de ficción y no desea ver sus expectativas traicionadas a causa de un excesivo celo rupturista y ególatra. De este modo, el convencional desenlace de Más Extraño que la Ficción adquiere una profundidad imprevista y termina haciendo del cliché una emotiva reivindicación de los artistas que, en un momento u otro de su carrera, han optado por entregarse a su público antes que a su ego, o, en otras palabras, una reivindicación del happy ending. ¿Acaso puede haber algo más transgresor que esto, a excepción de Mel Gibson? Yo creo que no. Y en consecuencia, creo también que el film de Marc Foster merece una oportunidad. Tal vez algunos de sus personajes estén desdibujados, tal vez algunos tramos de su guión coqueteen con la incoherencia, y puede que, incluso, no sea la comedia originalísima que promete ser, pero a cambio de todo esto, Más Extraño que la Ficción tiene algo de lo que carecen las llamativas filmografías de Kaufman y buena parte de sus amigos: valor. Más extraño, imposible.

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