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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

La huerta sin defensor

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 21 de enero de 2007, 21:47 h (CET)
Cuando se llega a la ciudad de Valencia por aire es posible divisar la perfecta geometría que dibujan en el suelo los campos de huerta que la rodean. Pero este espacio secular de nuestra tierra cada día va empequeñeciendo dando paso a una cosecha mucho más fructífera: la del ladrillo. La Huerta, comarca que rodea a la ciudad y que coincide con la que podríamos denominar su Área Metropolitana, tiene una extensión de más de 600 Km cuadrados, 43 municipios y un millón y medio de habitantes siendo la tercera mayor aglomeración urbana después de Madrid y Barcelona. Este espacio es una herencia de los largos años en que los árabes poblaron estas tierras y los conflictos que se entablan entre los usuarios del agua de las acequias son dirimidos cada jueves a las puertas de la Catedral en el viejo Tribunal de las Aguas que data de la época de la conquista de Valencia por Jaime I y que nunca fue anulado ya que incluso siguió funcionando cuando Felipe V derogó los fueros de Valencia.

La huerta de Valencia inició su decadencia a raíz de la terrible riada que en Octubre de 1957 asoló la ciudad. Ante la necesidad de desviar el primitivo cauce del río Turia, que atravesaba la ciudad, se realizó una obra faraónica para desviar las aguas creando un nuevo cauce que en su construcción se engulló miles de hanegadas de tierras de cultivo. Después llegaría la explosión demográfica y el incremento de la emigración interior haciéndose necesaria la construcción de nuevas viviendas a costa de eliminación de parte de esa huerta tan cantada y pintada por diversos artistas. La barraca, vivienda habitual en este espacio huertano, perfectamente descrita por Blasco Ibáñez en su novela del mismo nombre hoy ya es una entelequia y se pueden contar con los dedos de una mano las que todavía se mantienen en pie. El agricultor, siempre pendiente del cielo y de la meteorología, hoy mira más hacia las páginas que explican el Plan de Ordenación Urbana de su Ayuntamiento para ver si sus terrenos pasan de rústicos a urbanizables y así deja de doblar la cintura cada mañana para recoger las lechugas. Lo malo es que, por regla general, los que sacan tajada de estas situaciones suelen ser algunos especuladores que creen que las lechugas nacen con el plástico en que vienen envueltas en las grandes superficies.

Ante esta muerte anunciada un grupo de ciudadanos presentó hace algunos meses 118.000 firmas ante las Cortes valencianas favorables a una iniciativa popular para que los políticos protegieran lo que todavía queda de huerta. Pero la mayoría popular del parlamento valenciano vetó aquella iniciativa. Posteriormente dos grupos ecologistas intentaron a través de la vía judicial que se obligara a la Conselleria de Cultura a incoar expediente de bien cultural para la huerta y así salvarla. Estos días se ha conocido la sentencia del Tribunal Superior de Justicia donde se viene a decir que es inviable proteger la huerta dada su extensión, complejidad y suma de intereses que hay en juego. Yo me quedo con esto último, con la suma de intereses que hay en juego y que son muchos. Hoy ya hay pueblos en esta comarca donde se pasa de una a otra localidad sin que los edificios dejen de acompañarnos. Los pueblos de alrededor de la gran ciudad siguen creciendo debido a la carestía de los pisos en la capital y muchos ayuntamientos ven como una fuente adicional de ingresos la construcción de polígonos industriales.

Así que con este panorama hablar de la huerta es ya la crónica de una muerte anunciada. Tal vez lo que hace falta son nuevas ideas para afrontar el problema. Se podrían establecer rutas a pie y en bicicleta por los caminos que rodean los campos, visitas a alguna vieja alquería donde se podría establecer un museo con viejos aperos, excursiones escolares para que los niños conocieran “in situ” todo aquello que ni tan siquiera ven en televisión y olvidaran por unas horas la “play station” o campos de aprendizaje para aquellos jóvenes que quisieran dedicarse a la agricultura. Todo esto no incrementara las arcas municipales pero a los políticos los votamos para que tengan imaginación para resolver los problemas. Y la defensa de la huerta es uno y no pequeño.

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