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Cooperación ruso-norteamericana en el espacio

Andrei Kisliakov
Redacción
domingo, 21 de enero de 2007, 20:40 h (CET)
El próximo 23 de enero se reunirán en Francia titulares de las agencias espaciales de los países que participan en el programa de la Estación Espacial Internacional (EEI), y hace todavía poco, más exactamente el pasado 26 de diciembre, el director de la Agencia Aeroespacial de Rusia, Anatoli Perminov, manifestó que Rusia no piensa participar en el programa norteamericano de exploración de la Luna.

A primera vista poco parece que estos dos hechos guarden relación el uno con el otro, sólo que el uno es positivo, mientras que el otro es de signo negativo por el mero hecho de contener una partícula negativa. Mas, lamentablemente, el problema no está sólo en gramática. En ambos casos se trata ante todo de las relaciones ruso-norteamericanas en materia del cosmos que hoy día distan mucho del optimismo eufórico de fines de la década del noventa. Es más, si las cosas siguen andando así, ya muy pronto ambas potencias terminarán por seguir cada una su propio camino en materia de la exploración espacial, lo que implica una inevitable carrera en todo.

¿Será posible que esto ocurra? ¿Qué tiene eso de malo si no se tratara del despliegue de armas en el espacio circunterrestre? Vamos a ver qué pasa.

Con todo respecto a los norteamericanos, en este caso concreto son ellos los promotores de tendencias separatistas. Una prueba de ello es, por ejemplo, la “Política Espacial Nacional de EE.UU.” firmada al cierre del año pasado por el presidente Bush. Para expresarla en dos palabras, diremos que el documento considera el espacio cósmico como elemento más importante de la seguridad nacional de Estados Unidos. La envergadura de esta nueva política es desde luego extraordinariamente amplia que va desde la oposición a los intentos de alcanzar el espacio por elementos indeseables, según, criterios norteamericanos hasta el despliegue de armas orbitales.

En otras palabras, nuestro socio principal en el ámbito de las exploraciones espaciales ha tomado una firme decisión de ponerse al frente de la cosmonáutica mundial. Cabe señalar que el componente bélico, por más terribles que sean las perspectivas de emplazamiento de armas en el cosmos, no es el principal. Es que desde hace más de 60 años vivimos ya con armas nucleares.

En realidad, Estados Unidos quiere en mayor medida encabezar los “sistemas activos” que en nuestra época desempeñan un papel de suma importancia en la economía y distribución de finanzas.

“Se ha anunciado que EE.UU. asumirá las funciones de líder mundial a fin de coordinar los trabajos a realizar para crear un sistema único de observación planetaria, lo cual no es la única prueba de las ambiciones “globales” de EE.UU. La exigencia de otorgar “acceso global” se hace extensiva también a toda la gama de radiofrecuencias y a los métodos de política de exportaciones. Los principios de dicha política han de emplearse para asegurar la supremacía tecnológica de EE.UU. sobre los demás países. Se propone arreciar el régimen de sancionamiento en la exportación de tecnologías sensibles y prometedoras, aumentar los requerimientos referidos a la protección y al mantenimiento en secreto de la información vinculada con el desarrollo de sistemas espaciales. Estos principios son difíciles de contestar, y ya ahora se intenta imponer a otros países condiciones discriminatorias de cooperación tecnológica, incluido el empleo de sanciones económicas. En estos términos comentó a fines del año pasado estas ambiciones estadounidenses el director de la Agencia Aeroespacial de Rusia, Anatoli Perminov.

En estricta correspondencia con la lógica y el carácter de las declaraciones norteamericanas, del programa de nuestro socio, por ejemplo, se ha borrado completamente la mención misma de la Estación Espacial Internacional y, según dice Perminov, “han desaparecido planteamientos concretos respecto a los programas de vuelos tripulados”.

Y eso que hoy días queda absolutamente claro que la EEI no puede explotarse a fondo por un solo país incluso con cooperación activa de los socios europeos. Rusia sola no está en condiciones de hacerlo. Pero desde hace mucho todo indica que los norteamericanos no ven la hora de ver expirar en 2010 el plazo de explotación de las lanzaderas para olvidarse con la conciencia tranquila de la EEI. Las esperanzadoras perspectivas de pronta celebración de un contrato de adquisición por la NASA de naves rusas “Soyuz” y “Progreso” a la larga no pasaron de ser perspectivas muy lejanas.

“Las negociaciones con la NASA sobre la adquisición de naves tripuladas “Soyuz” y cargueros “Progreso” se hallan en una etapa inicial” -, resumió a mediados de enero la Agencia Aeroespacial de Rusia. Dadas las relaciones económico-comerciales que distan de ser normales, nos resta sólo adivinar en qué puede traducirse esta “etapa inicial”. El hecho irrefutable consiste en que hoy en día la EEI sostiene a decenas de miles de personas que trabajan en las empresas del sector espacial de Rusia.

Pero, hagamos abstracción de la EEI para ver que en la cosmonáutica de Rusia existe un problema de carácter más general que en esta etapa es difícil y hasta imposible de resolver sin estrecha cooperación internacional. No es un secreto que han terminado los tiempos en que a los estudios espaciales se asignaban generosamente enormes sumas que en general servían a los objetivos políticos.

En nuestra época, en cambio, todo programa espacial se evalúa ante todo desde el punto de vista de perspectivas económicas que pueda prometer. Es justo sobre todo para los sistemas satelitales de comunicaciones, navegación, etc. Tampoco es un secreto el hecho de que, al poseer posibilidades excepcionales en materia de la construcción de cohetes, Rusia se mantiene en el primer lugar en número de lanzamientos de cohetes portadores, gozando de fama mundial en el mercado internacional de lanzamientos.

Al mismo tiempo, el amplísimo mercado potencial ruso de momento reacciona poco a las posibilidades de utilizar sistemas satelitales. Las causas de ello son bien lógicas: escasez de fondos. Pero los usuarios tanto occidentales como asiáticos son vulnerables a posibles presiones por parte del gran hermano de allende el atlántico que, según muestra la historia, difícilmente va a quedar callado.

Esto en caso de que no haya aspiraciones comunes.

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