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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ataque violento a casas particulares

Jesús Ricart
Redacción
domingo, 21 de enero de 2007, 18:54 h (CET)
En los últimos tiempos, las nuevas bandas de malhechores ponen los pelos de punta a los residentes de urbanizaciones aisladas. No solo a ellos, cualquiera que viva en una casa desprotegida, en unos bajos dentro de un bloque, en un domicilio sin protección, en una zona vacacional, tiene motivos de inquietud. Saber que estas nuevas tandas de ladrones andan sueltos nos modifica los hábitos. Tenemos que dar doble paso de llave a las puertas de la calle y poner candados a las cancelas, estar alerta a los ruídos extraños e, in extremis, mirar de reojo a las caras de desconocidos.

El modelo social en el que vivimos ha sido, es y no dejará de continuar siendo el de una sociedad peligrosa. Lo ha venido siendo por multitud de motivos, a los que recientemente hay que añadir el del asalto violento a las casas, con secuestro, intimidación, robo, y en los casos peores, tortura y muerte, y sus consecuencias traumáticas de larga duración. Los municipios no tienen dotaciones suficientes para la custodia y cuando algún residente asaltado se defiende a tiros es enviado a la cárcel adoptándose una medida totalmente antipopular y nada juiciosa. A nadie le gusta que le toquen sus cosas o que le entren en casa sin permiso, a robárselas. Sin embargo eso ha venido sucediendo a una cierta dosis controlable. El problema se incrementa cuando la sociedad desarmada se encuentra en la total indefensión. Ni las leyes funcionan ni las autoridades saben a qué atenerse. Estamos a merced de quien quiera atacarnos, quitarnos lo que tenemos consolidado, a menudo con duros esfuerzos, sin que el sistema legal ni las policías (muchas pero mal avenidas y nada coordinadas) sirvan de otra cosa más que de levantar acta de lo sucedido. España se ha convertido en un país donde venir a delinquir o donde hacerlo resulta barato para el delincuente pillado in fraganti. No hay ningún delincuente profesional que no sepa que puede pagar con años de cárcel por sus fechorías pero en sus previsiones, incluso esto le puede salir más a cuenta que seguir el camino del respeto o del trabajo. Camino este más que improbable, sea dicho de paso. La causa profunda de la delincuencia está en la misma estructura social que no proporciona trabajo a todos ni las condiciones de dignidad suficientes para la vida. Detrás del criminal, y no es para justificarlo, hay una sociedad incapaz de dejar de segregar las razones del crimen.

De ese aumento del peligro doméstico se van a beneficiar las empresas que instalan alarmas o puertas blindadas, también las compañías privadas de seguridad. Está incidiendo en la psicología urbana y en la concepción de diseño de un tipo de urbanizaciones recintadas y con vigilancia. Y sobre todo, está incidiendo en la cultura general en la que el otro foráneo como enemigo potencial es más verdad que nunca. Cabe prever que va a darse una conexión directa entre el aumento de xenofobia y la falta de resolución de los casos de violación de los domicilios por la negligencia de las autoridades. A los vecindarios les queda la posibilidad de autoorganizarse y poner su propia vigilancia, como ya se hace en otras ciudades de otros países y también se ha experimentado en algún barrio de Barcelona. Experiencias éstas dudosas, habida cuenta del no poder legal de intervención del vecindario contra una banda que delinque. La configuración de una sociedad urbana en permanente guardia tampoco es una forma digna de vivir. Bastante trabajo nos da cubrir nuestras necesidades y conseguir un estatuto de existencialidad adecuado como para encima estar permanentemente con un ojo abierto para que no vengan a por nosotros.

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