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Opinión
Etiquetas:   La parte por el todo  

Si lo pensamos detenidamente

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 21 de enero de 2007, 12:57 h (CET)
En ocasiones, la desconfianza de la experiencia empuja a las personas a evitar todo contacto con sus semejantes. Hasta tal punto llega el recelo hacia los demás, que incluso toda relación con lo que a ellos nos recuerda nos provoca náuseas y angustia.

Los más osados no dudarán en romper con lo que eran y abandonar la vida civilizada. Esconderse en la ermita, vivir cerca de nada y enfadarse con uno mismo. No encontrar a nadie que quiera hacerles daño; renunciar, también, a quienes puedan hacerles algún bien.

Eso es lo que creía el islandés de una de las obras morales (Operette Morali) de Giacomo Leopardi. Aquél, era un viajero con una única meta: alejarse de todo. Durante su vida había comprobado cómo la interacción con otros hombres y mujeres le había supuesto la infelicidad.

Aunque él decidiese no ofender a nadie ni quererles ningún mal, observaba cada día que las ofensas, los ultrajes, los insultos, se convertían en práctica demasiado habitual en su contra. Ello le supuso la conclusión que nadie puede vivir en paz entre los hombres. Fácilmente sorteó el obstáculo; huyó de su compañía.

Entonces comprobó que ni ajeno a todo contacto con lo humano podía sobreponerse al dolor. Dos factores favorecían la nueva situación: su condición de ser humano (su cuerpo y su razón) y la naturaleza.

Por ese motivo viaja por todo el mundo intentando hallar un lugar en el que las inclemencias naturales no transformasen en un suplicio la vida del hombre. Sospechaba que, igual que los animales tienen un hábitat fuera del cual les es difícil y penosa la existencia, también el hombre había de tener un rincón del planeta acondicionado a sus necesidades.

Así, llega un día a un paraje deshabitado, y ante él se erige un enorme torso femenino. Inicialmente lo toma por una formación rocosa, pero descubre una figura enorme de mujer. Entablan una conversación sobre el motivo del viaje del islandés, que responde que lleva huyendo durante años de la naturaleza por todo el mundo.

‘Así es cómo la ardilla esquiva la serpiente hasta que se mete en su boca. Yo soy aquélla de la que huyes.’ El islandés queda desolado. Comprende que le es imposible huir de algo que le sobrepasa.

Más aún; no solamente le sobrepasa fuera de su cuerpo, sino que él mismo forma parte de la naturaleza y es, en esencia, naturaleza. No sólo eso, sino que, además, también su huida de la sociedad no ha sido exitosa -aunque no repare en este punto-, pues él es enteramente sociedad, y le resulta imposible deshacerse de su conciencia, custodio de la norma en nuestro pensamiento y nuestros actos.

La acción de la huida es un acto impulsivo, pero nada de lo que pretendamos dejar atrás está fuera, nuestro rechazo es hacia nosotros mismos. Podemos cerrar los ojos y encontrar consuelo en aliviarnos de lo externo, aunque, si hacemos caso a Pascal, ‘nada puede consolarnos, si lo pensamos detenidamente.’

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