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Opinión
Etiquetas:   Pandemia   Coronavirus   Humanización  

Me duelen los abandonados de mi patria

“Los índices de desigualdad son terriblemente altos”
Víctor Corcoba
jueves, 9 de julio de 2020, 08:17 h (CET)

El corazón del ser humano ha perdido pulso; y, apenas sentimos por nada ni por nadie, se ha endurecido como una roca, y solo nos movemos para darnos pedradas unos a otros. Deshumanizados como jamás todo se derrumba, muy poco se sostiene y se sustenta. El mismo aire de rencor, que respiramos por doquier, es una deshumanización total y una pérdida de conciencia a la vez, nuestra brújula orientativa ha dejado de ser el mejor cuadrante moral que poseemos.

Justamente, hemos de reconocer que andamos ciegos, disipamos lo conseguido hasta ahora, y hasta el buen ser del alma se pone en entredicho, siendo nuestro mayor tesoro. Convertidos en pedestales, dominados por la furia del dinero, también hemos perdido los sentimientos. No obviemos, que todo pasa factura, también el infortunio, el aislamiento, el abandono y la exclusión son campos de acción que tienen su reacción y, al fin, sus mártires y sus héroes. Arranquemos las espinas, pero ayudémonos todos a sobrellevar el calvario, y el linaje saldrá fortalecido.

Sin embargo, el empeño de los dominadores es bien claro, adormecernos y luego abandonarnos a nuestra suerte. Lo indecente y corrupto es lo que prolifera en este injusto mundo, desbordado por las maldades y retenido por la indiferencia de sus actuales moradores. Atrofiado nuestro interior, lo esencial se torna invisible a nuestros ojos, y no vemos o no queremos ver, la triste situación que nos circunda. Las torpezas reinantes confieso que me producen indigestión. Resulta que ahora, una mentalidad burocrática permite a las autoridades españolas eludir su responsabilidad en la erradicación de la pobreza y valora más el formalismo que el bienestar de las personas, acaba de asegurarlo un experto de la ONU en derechos humanos. También se ha mundializado la percepción de una distribución injusta de la riqueza. Desde luego, si cultivásemos más el corazón, nadie se sentiría abandonado y la fuente de la vida, tendría otros aromas más esperanzadores y vivificantes para toda la especie.

Realmente, el espíritu inclusivo comienza por uno mismo. Los abandonados llaman a nuestra puerta cada día, y nos piden otras actitudes más justas, que nos armonicen. Ya está bien de sentirnos dejados por las manos de nuestros semejantes. Así no podemos avanzar. Únicamente la autonomía que se somete a lo auténtico conduce a la persona humana a su verdadero bien. No lo olvidemos. Por tanto, el escenario de los conflictos armados, el desigual reparto de recursos, la discriminación de género, lo que nos indican es un cúmulo de maldades, un desinterés del propio individuo por sus similares, comenzando por los gobernantes, que no suelen llevar a buen término aquello que predican a todos los vientos, al menos para ganar votos. ¡Cuántas falsedades vertidas! Ciertamente, vamos inmersos en la continua paradoja de la necedad. Mientras en una parte del mundo, aquellos que diariamente multiplican sus deseos, derrochan millones de toneladas de alimentos, en otra parte sufren hambre. Son, precisamente, estas contrariedades las que nos ahogan nuestras propias entrañas, dejándonos sin sensibilidad alguna para entenderlo y hablarlo.

Sea como fuere, tenemos que volver al universal lenguaje del ánimo, si en verdad queremos sentirnos comunidad, ser familia, vivir enraizados a un tronco humanista. Pensemos en esas enseñanzas que son las que nos dejan huella, y que no son las que se hacen moviendo intereses, adiestrando mentes, sino aquellas que se cultivan corazón a corazón. Está visto que solos no somos nada. Esto, indudablemente, requiere de otro cultivo interior, quizás menos egoísta, pero cuando los alarmantes niveles de abandono escolar temprano son tan verídicos, difícilmente las generaciones venideras van a poder discernir. Viéndome por los rincones de la patria mía, confieso que me entristece, lo que acaba de indicar el experto de Naciones Unidas, ante todo porque es cierto y lo verídico es lo que es, y continua siendo verdad aunque se diga de otro modo, o se esparza de otra manera: “los poderes públicos han fallado mayoritariamente a las personas que viven en la pobreza”.

Cuánta dejadez y tomadura de pelo. Resulta más que evidente que los derechos sociales y económicos rara vez se toman en serio, aunque la clase política los injerten continuamente en sus planes de gobierno y los nombren frecuentemente en los discursos. Ciertamente la red de protección social de España ya era completamente inadecuada antes del COVID-19, pero desde entonces la pandemia ha puesto en evidencia tantos engaños y falsedades, que nos estamos quedando como verdaderos gansos del simplismo callejero. Ahí está en el abandono de nuestros mayores, la falta de humanidad; en el abandono de nuestra juventud con una tasa de desempleo que representa más del doble del promedio de la Unión Europea, la carencia de que los jóvenes puedan sentirse útiles y realizados; en el abandono de nuestros niños, muchos de ellos sin hogar alguno, la falta de ternura hacia los que son la expectativa del mundo; en suma, el maldito abandono nos está atormentando, pero hacemos bien poco por liberar a las gentes de su miseria.

Permítame el lector que haya soltado este río de lágrimas, pero me duelen los abandonados de mi patria, ya que muchas personas tienen un puesto mal remunerado, a tiempo parcial o temporal y perciben un sueldo insuficiente a todas luces para atender sus necesidades básicas. Con razón los índices de desigualdad son terriblemente altos y los correspondientes indicadores se sitúan muy por encima del promedio de la Unión Europea. Por eso, es menester que volvamos todos a cumplir con nuestros deberes. Necesitamos acogernos y recogernos laboriosos, encontrarnos y reencontrarnos activos, querernos y amarnos sobre todo lo demás. Está bien el pan de cada día, pero el amor es el que nos entusiasma a vivir y nos enloquece a luchar. 

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