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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El separatismo y los intereses de Rusia

Alexander Pogorelsky
Redacción
sábado, 20 de enero de 2007, 23:27 h (CET)
En líneas generales, el reconocimiento internacional de los Estados autoproclamados del espacio postsoviético no sirve a los intereses de Rusia. Sin embargo, Rusia y toda la comunidad internacional tendrán que buscar nuevas vías de solución de ese problema.

Últimamente se torna más apremiante el problema de Abjasia, Alto Karabaj, la República Moldava de Transnistria y Osetia del Sur, esos Estados no reconocidos que surgieron inmediatamente después de desintegrada la URSS, los que a lo largo de esos 15 años han sabido conservar de facto su independencia. Este hecho se debe no sólo a la esperanza de próximo reconocimiento internacional de Kosovo que, en opinión de algunos expertos, podrá sentar precedente respecto a la solución del problema en general. Las elecciones presidenciales en Osetia del Sur y la República Moldava de Transnistria y el referéndum sobre la Constitución en Alto Karabaj, sin ser reconocidos por la comunidad internacional, demuestran la evidente activación de la vida política en esas repúblicas. Al mismo tiempo, en los países-“metrópolis”, Georgia, ante todo, se observa el afán de recurrir al uso de fuerza para recuperar los territorios perdidos, lo que, naturalmente, no podrá dejar de escalar la situación internacional en el área empeorando aún más las relaciones ruso-georgianas. Al parecer, esos 15 años devienen una prueba de firmeza de las repúblicas autoproclamadas, esos fragmentos minúsculos de la antigua URSS.

Es evidente que el problema de los Estados no reconocidos es, ante todo, un reto no sólo a Rusia sino también al resto de la comunidad mundial. Con frecuencia, en los documentos internacionales se mencionan como una simple enumeración el derecho de la nación a la autodeterminación y el principio de inviolabilidad de las fronteras. Sin embargo, el contencioso, hoy insoluble, entre ellos es capaz de torpedear la práctica internacional, relativamente estable, con respecto a los pleitos fronterizos territoriales y la integridad de los Estados existentes. Hay quien interpreta el esperado “precedente de Kósovo” como “ganzúa” sui generis capaz de abrir cualesquiera cerraduras fronterizas, poniendo en tela de juicio el sistema de fronteras configurado en Europa y el resto del mundo. Con más frecuencia, el cacareado “derecho a autodeterminarse y a separarse libremente” es un instrumento manejado por los aventureros políticos y extremistas. Es sumamente peligroso abusar de ese derecho, lo que atañe también a la Rusia actual y a sus vecinos: todo acto exitoso de separatismo en el espacio postsoviético podrá provocar el efecto dominó.

Indudablemente, el interés nacional de Rusia consiste en apoyar el principio de inviolabilidad de las fronteras y la integridad territorial dondequiera que fuere. Aunque ese principio no puede ser en absoluto universal y tiene sus restricciones. Por ejemplo, si el poder central y la “nación titular” practica una política discriminatoria respecto a las minorías étnicas, desprecia su derecho a la autonomía o, peor aún, aplica la política de asimilación rígida, de hecho tal Estado pierde el derecho a la integridad territorial. Se produce la violación de los derechos inamovibles del hombre, incluido el derecho a la vida en caso de recurrir al uso de fuerza para aplastar los movimientos nacionales. Entonces, el separatismo devendrá una forma de lucha por la supervivencia de las pequeñas etnias, por su derecho a la idiosincrasia y autonomía en el actual mundo pluricultural.

¿Cómo hallar ese sutil método que permita mitigar el más agudo contencioso del siglo? Probablemente, no hay soluciones universales. Sin embargo, existen varios principios de orden general que pueden sentar la base de cada solución concreta. En caso de cualquier conflicto semejante, habrá de predominar el principio de responsabilidad compartida y conciliación pragmática de los intereses tanto del Estado-“metrópoli” como del territorio que busca obtener independencia y reconocimiento internacional. Si es un Estado multinacional, se verá obligado a tomar en cuenta los derechos de todas las etnias que viven en su territorio. Semejante Estado no puede ser unitario ni etnocrático, con tanta más razón. Si la actual administración georgiana se niega a reconocer la autonomía de Abjasia y Osetia del Sur, no será de sorprender que esas ex repúblicas autónomas aspiren a la independencia, es decir, simplemente no se inscriben en la composición de Georgia. Al mismo tiempo, procede señalar que si a lo largo de mucho tiempo los institutos estatales de la entidad autoproclamada funcionan bien, si se respetan los derechos de las minorías étnicas, existen el consenso de las élites y la idiosincrasia cultural, se desarrolla sostenidamente la economía y el avance hacia la independencia sigue una vía pacífica y democrática, en base al sensato regateo y compromisos, la comunidad internacional podrá reconocerla en calidad de Estado independiente existente de facto.

Entretanto, desde el punto de vista objetivo, pese a toda la aspiración emocional de Rusia a ayudar a la autodeterminación de sus vecinos y a la obtención por ellos del reconocimiento internacional, semejante desarrollo del acontecer no sirve a los intereses de Rusia, y no sólo porque el peligro de separatismo no fuera superado en la propia Federación de Rusia. La obtención del derecho de sujeto internacional priva automáticamente a Moscú del monopolio sobre las relaciones de patrocinio con los Estado no reconocidos. Metafóricamente dicho, en la bolsa de “política internacional” pueden aparecer “nuevas apuestas” para ser utilizadas por los opositores de Rusia. ¿Quién podrá dar garantías de que al obtener el estatus oficial de sujeto de las relaciones internacionales, los no reconocidos ex “amigos de Moscú” no se pongan de cara a la comunidad euroatlántica?; pues este factor podrá ser una de las condiciones de su reconocimiento completo. Además, el peligro de conflictos armados, especialmente osetio-georgiano y georgiano-abjasio, podrá acarrear consecuencias imprevisibles al Cáucaso del Norte ruso.

Rusia habrá de estar más interesada en restablecer la integridad territorial de sus vecinos: Georgia, Moldavia y Azerbaiyán. Pero, lamentablemente, no se puede esperar aún que este proceso tome un cariz civilizado y pacífico. Por esto, Moscú tendrá que buscar e iniciar nuevos métodos de solución del problema de los Estados no reconocidos. Una de las posibles vías podría ser la creación de una asociación supranacional a título de la Unión Europea. En muchos aspectos, esta variante ayudará a resolver el problema de separatismo y regionalismo uniendo las “metrópolis” con los territorios ansiosos por separarse en el marco de una identidad más amplia y aceptable para todos. Pero ¿serán capaces los Estados y las élites del espacio postsoviético de mostrar suficiente madurez política para elegir esa vía?

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Alexander Pogorelsky, Director del Instituto de Europa Oriental,
miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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