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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Ahmadineyad

Isaac Bigio
Isaac Bigio
sábado, 20 de enero de 2007, 11:59 h (CET)
El presidente iraní Ahmadineyad visitó a Chávez y a los nuevos presidentes de Nicaragua (Ortega) y Ecuador (Correa). Mientras hacía un tour felicitando a los tres últimos mandatarios latinoamericanos electos (todos socialistas), la secretaria de Estado de EEUU (Rice) visitaba a vecinos árabes de Irán buscando aislarlo.

Ahmadineyad fue elegido presidente por 17 millones de iraníes hace 17 meses, pero el principal poder del país lo tiene el jefe supremo, el ayatola Khameini, quien es nominado por un consejo de clérigos, y quien ahora parece haber decidido cortarle las alas. En ese marco, 150 de los 290 parlamentarios han firmado un texto cuestionando ciertas políticas económicas.

Ahmadineyad puede estar pasando por su momento más crítico. Se enfrenta contra dos flancos. En casa hay quienes lo critican por tener una inflación de dos dígitos, mientras que se está provocando mucho a Washington. En la región hay gobiernos árabes que lo ven como un peligro mayor que el de Israel debido al crecimiento de su influencia en Siria, Iraq, Líbano y Palestina.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

El riesgo feminista

Hace unos días el arribafirmante escribió sobre los peligros del neomachismo
 
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