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En Oriente Próximo, Rusia desmpeñará el papel de mediador circunspecto

Mariana Beleñkaya
Redacción
jueves, 18 de enero de 2007, 21:33 h (CET)
El papel desempeñado estos años últimos en Oriente Próximo por Rusia es el de un mediador circunspecto.

En junio de 2006, al mantener conversación informal con un columnista de RIA Novosti, un diplomático francés dijo inesperadamente: “Ojalá mantuviéramos la misma actitud que Rusia hacia los problemas de Oriente Próximo”.

Tales palabras proferidas por un diplomático occidental, con tanta más razón por un francés, parecían asombrosas. Moscú y París se oponían a la política aplicada por Washington y Londres en Irak.

Pero Rusia y Francia divergían respecto a la evolución de la situación en torno a Siria y el Líbano. En virtud de los antecedentes históricos, Francia se comporta en Siria y el Líbano igual que EE.UU. en Irak, provocando de este modo conflicto interno en el Líbano y conflicto interregional. Y acaba por impedir a sí misma ejercer una eficaz misión mediadora. Mientras, los diplomáticos rusos mantienen contactos con todos. No ha sido casual que en diciembre de 2006, el primer ministro libanés, Fuad as Siniora, viniera a Rusia en busca de apoyo. Recordemos que la visita se efectuó varios días antes de las negociaciones ruso-sirias en la cumbre: entre los presidentes Vladimir Putin y Bashar Asad.

La postura de Rusia es invariable, trátese de Irak, Siria o el Líbano. La diplomacia rusa se pronuncia por impedir que la situación en el área alcance un punto crítico. Para Moscú es más importante mantener el equilibrio de fuerzas y la estabilidad regional que alcanzar un éxito espectacular, pero pasajero, parecido, valga el ejemplo, a la toma de Bagdad por los norteamericanos en 2003 (otra cosa es que ahora nadie sabe cómo arreglar la situación en este país).

Algo parecido a la crisis iraquí puede ocurrir en la zona Siria-Líbano, sobre todo si se van acrecentando las presiones sobre Damasco.

Rusia no está interesada en que en una región próxima a sus fronteras aparezca otra zona conflictiva. Y hasta el último momento Moscú procura elaborar fórmulas de compromiso, siendo problemático acusarlo de mostrarse especialmente benévola hacia una de las partes. Por ejemplo, en buena medida gracias a los esfuerzos aplicados por Rusia, Siria empezó a colaborar con la ONU en la investigación del asesinato de Rafik Hariri, ex primer ministro libanés. Moscú no ejercía presiones sobre Damasco ni lanzaba sonadas acusaciones contra sus autoridades, sino que mantuvo con esta capital un diálogo tranquilo, procurando atender asimismo los intereses sirios. Una táctica semejante Rusia intentó aplicar también en la Autoridad Palestina, al invitar a Moscú a los líderes de HAMAS para sostener negociaciones. No obstante, Rusia no ha logrado promover un diálogo entre HAMAS y Occidente. Las causas son muchas, incluyendo la renuencia de las partes de buscar fórmulas de compromiso. Pero esto no significa que Rusia no se haya esmerado por conseguirlo.

Moscú continuará aplicando enérgicos esfuerzos por diseñar fórmulas de compromiso internacionales para todos los problemas mesorientales. Han pasado a la historia los tiempos de la URSS cuya política en la zona estaba motivada por consideraciones ideológicas; igualmente ha pasado la década de los 90, cuando Rusia estaba a la estela de la política occidental y perdió sus contactos en el mundo árabe. Ahora, en cambio, mantiene un intenso diálogo tanto con los países con que cooperaba tradicionalmente como con socios nuevos, por ejemplo, con Arabia Saudita e Israel. Rusia está vinculada a Oriente Próximo mediante ambiciosos proyectos económicos y los intereses de su seguridad interna. Y no quiere permitir que todo esto sea amenazado debido a una crisis de turno en esta zona.

Hablando de crisis, no podemos dejar de mencionar Irán, un caso particular para la diplomacia rusa.

Las relaciones actuales entre Rusia e Irán podrían caracterizarse de “asociación estratégica limitada”. Ambos países simplemente no tienen otro remedio que promover tal cooperación en varias regiones importantes para ellos en lo político y lo económico: en Asia Central, el Mar Caspio, el Cáucaso.
Rusia e Irán desarrollan cooperación en estas zonas rigiéndose por los principios de pragmatismo sano y apoyo recíproco entre vecinos.

Es algo normal. En Asia Central, el Cáucaso e incluso en el Mar Caspio, donde están presentes tanto los intereses de Rusia como los de Irán, ellos no se enfrentan sino que se complementan.

He aquí un ejemplo fehaciente. Últimamente, Irán ha intensificado notablemente su expansión económica en Asia Central, zona tradicionalmente controlada por Rusia. Pero el Kremlin aclama sigilosamente este proceso, porque ahora no puede a solas cubrir esta región importante. Mientras, la naturaleza, como se sabe, no admite el vacío. Los cálculos de Rusia son bastante sencillos: cuanto mayor sea la presencia de Irán en Asia Central, tanto menor sería la de China, Estados Unidos y Turquía en esa misma zona.

Por lo que al Caspio se refiere, Irán es el único país que comparte plenamente la postura de Rusia sobre el estatus internacional de este mar, estatus que excluye plenamente la presencia de terceros países en su espacio. Moscú y Teherán también mantienen actitudes idénticas hacia los oleoductos y gasoductos a través del Caspio. Los demás problemas del Caspio ora son secundarios ora no son esenciales.

Sobre estos mismos principios ambos países estructuran su política también en la zona del Cáucaso.

Un tema aparte es Oriente Próximo. Ahora está en boga hablar de Irán como de jugador clave en esta zona. En opinión de la mayoría de expertos rusos, es absolutamente natural que un país como Irán, con su población, sus recursos y, por fin, con su historia, quiera desempeñar en Oriente Próximo un papel que corresponda a su protagonismo político. Las autoridades oficiales de Moscú también abogan por incorporar a Irán (igual como a Siria) en la solución de los problemas regionales.

Pero no más. Mientras, Teherán quisiera extender la “asociación estratégica” con Rusia a todo Oriente Próximo. Es decir, convertir la “asociación” en “alianza”, aunque sea nominal. Cuesta trabajo imaginar bajo qué condiciones Moscú aceptaría hacerlo.

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Mariana Beleñkaya, RIA Novosti.


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