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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

¿Va en serio el cambio climático?

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 18 de enero de 2007, 21:27 h (CET)
Son suficientes (¡) las dos semanas transcurridas del invierno que se vive en el hemisferio boreal para que el “cambio climático” se haya impuesto como tema de conversación y preocupación general. Hace unos lustros, en que la comunicación era menor, e inferior, por tanto, la divulgación de los conocimientos técnicos, se hablaría tan sólo de: ¡Qué invierno tan bueno es este!... Pero, en efecto, ahora toda la gente “sabe mucho”, y, en lugar de alegrarse por la bonanza climatológica, se comentan con inquietud las consecuencias “palpables” del cambio atmosférico. Hasta el 21 de marzo falta tiempo, y él se encargará de resumir si las anormales temperaturas se confirman como característica de la estación. No se olvide el viejo refrán de, que, “en febrero busca la sombra el perro”, lo que, desde antiguo, anuncia la llegada imparable de la primavera.

El argumento más contundente de que se sirven los “convencidos” de la realidad del cambio se obtiene de los datos que proporcionan los Institutos meteorológicos europeos que, tan sólo, cuentan con unos 180 años de existencia. Es decir, que, faltan las temperaturas, por ejemplo, de los doscientos años anteriores a su implantación, y, para ser más científicos, de las registradas, póngase por caso, en los últimos tres mil años. Ahí, ante esos datos, es cuando se podría hablar, de confirmarse, de un verdadero cambio climático en los 92,9 días de duración de un invierno. Además, como la vida media del hombre en nuestros días no es la de Matusalén, sino rondando el centenar de años, máxime, y fiándose de los datos registrados, se cumple aquello de que “ni los más viejos del lugar” recuerdan un invierno tan suave como el recién comenzado.

En consecuencia, el “cambio” tan traído y llevado se escapa de la medida del hombre. De ahí la alarma, rozando el terror, si a ello se le añade el complejo de culpabilidad de que la actual meteorología está motivada por la mano pecadora del hombre, o mejor dicho, del mal uso que hace de la Tierra que le fue confiada “para que reinara” sobre ella. Todo el mundo cree entender del agujero de ozono, de las nocivas emisiones de los países industrializados, del “protocolo de Kyoto”, etc. Así, el ser humano, que rara vez cumple los cien años, se atreve a vaticinar con petulancia teñida de catastrofismo eso de que la humanidad se está cargando el planeta. Cualquiera se hace una idea de las consecuencias del vaticinado deshielo de los polos que harán subir el nivel del mar, y, kilométricas costas veraniegas se inundarán cual tsunami por las aguas derretidas.

Más, si el hombre actual no es capaz de precisar la magnitud del cambio, caso de que se confirmase, tampoco debe, naturalmente, aterrarse por sus consecuencias. Tal vez, cien años, tan sólo den juego para apreciar pequeñas variaciones climáticas. Bastante esfuerzo está costando digerir una realidad palpable, la globalización y su consecuencia: una sola raza en un solo planeta. Esta evidencia, para unos, es ocasión de prosperidad en sus negocios, y para otros, motivo de llevarse las manos a la cabeza por la explotación del hombre por el hombre, a escala mundial. ¿Cómo digerir el cambio climático del planeta si no se ha podido asumir aún esa nueva realidad de que hay que compartir con todos, los bienes de la Tierra?

Por fortuna, el universo, del que este planeta es una mínima parte, no está hecho por manos humanas. Si no, que, como todo él, tiene un mismo creador superior y de voluntad omnímoda. Para los creyentes y para los que por difícil ignorancia o torpe intención no lo son, ese hecho cierto, además, tiene una característica singular y demostrada desde que los homínidos pululan por el planeta: esa Voluntad es providente, y la Providencia, como se le conoce, aunque el suelo tiemble a los pies del hombre hace que éste mantenga un natural optimismo. La Tierra tiene su historia trazada y sólo con las potencias del alma -inteligencia, memoria y voluntad- puede ser asimilada, aunque nunca comprendida.

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