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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La libertad de juicio no se vende ni se compra

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 17 de enero de 2007, 10:43 h (CET)
La moda nos quiere dar un aire de astronautas. En verdad no se si para volvernos cósmicos o cómicos. Así, la Dolce & Galbana, ha abierto la semana de la moda masculina de Milán con un hombre que viste chaquetones y pantalones metalizados. La estampa nos viene a pedir de boca, puesto que es la viva imagen de un mundo que sobrepone el dinero a cualquier otro bien. La verdad que tampoco nos pintan muy celeste los futurólogos el año. La proclama ha comenzado con un aviso alarmante: será el más caluroso de la historia. Por si acaso, Europa anuncia que pone en marcha su plan energético para liderar la nueva revolución industrial con los objetivos ineludibles de asegurar el suministro energético, la competitividad de la industria europea y el freno al cambio climático, marcándose una serie de fines para los próximos años que buscan también impulsar la economía del Viejo Continente y elevar el bienestar, ya veremos si de todos, o si prosiguen en crecida las desigualdades y la lidia se queda sin liderazgo.

Vamos de anuncio en anuncio, como de oca en oca, y tiro porque me revientan algunas noticias. Me parece esperpéntico, en este universo sideral y en esta tierra metalizada de monigotes, que nos anuncien drogas que borran los malos recuerdos. Sin duda, será peor el remedio que la enfermedad. Todas las huellas vividas, unas veces con la cruz a cuestas y otras sin ella, al fin y al cabo, contribuyen a hacernos más fuertes. Una cabeza sin memoria –lo dijo Napoleón Bonaparte- es como una fortaleza sin guarnición. Personalmente, me niego a ser expulsado del único paraíso, que para bien o para mal, nos enriquece la libertad de juicio. Que cada cual crea lo que quiera y propague lo que estime, pero que no se deje expropiar una parte de sí; la memoria, tan necesaria para tener criterio. Desde luego, una ejercitada memoria es la mejor brújula para el discernimiento.

Ejercer el juicio significa observarlo todo, lo que nos parece bueno, menos bueno o diabólico. Seria absurdo, imprudente y cretino por nuestra parte, dejarnos llevar la libertad de raciocinio, lo que somos. Al contrario, pienso que hay que abrir más que nunca los ojos para ver y robustecerse de recuerdos para emprender con fuerza caminos adecuados. Es cierto que la vida sería un infierno si todo se recordase. El secreto está en saber elegir con libertad, no en que me elija alguien lo que debo olvidar, los horizontes a los que deseo llegar y los sueños que deseo revivir. Y en todo caso, quizás como usted lector amigo prefiera sufrir, pero tener retentiva que es el sello de la sabiduría. A veces suele dolernos no tener memoria, cuando la verdadera lástima es no tener pautas personales.

Creo también que nos hace falta potenciar una adecuada memoria crítica, capaz de producir juicio, a la luz de la experiencia que dan los recuerdos, fruto de una autonomía a la que tenemos derecho todas las personas por el hecho de estar vivos, lo que también es cierto, exige responsabilidades a la hora de enjuiciar libremente nuestra específica vida. En efecto, esas drogas pregonadas no acallan nada, ni tampoco suprimen las infames vivencias, como cualquier narcótico, lo que hacen es anularnos y no respetar el ámbito más reservado de la persona. Una reserva que nos pertenece para actuar según el dictado de nuestra conciencia, tanto en las opciones privadas como en la vida social. Cuesta, pues, entender que el Estado permita estas intromisiones, directa o indirectamente, que rompen las más puras convicciones íntimas de cada uno.

A propósito de las persuasiones, cuenta el poeta alemán Heinrich Heine, que un amigo le preguntó cuál era el motivo por el cual no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas, a lo que le contestó: “Los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión” Es verdad, se precisan convencimientos comunes. El ejemplo lo tenemos ahora mismo en nuestra propia casa, una nación dividida por su política antiterrorista. La paz viste mucho, es muy fácil de pronunciar, pero es difícil de conjugar. Antes tenemos que tener claro la elección, el amor o el odio. Si todos vamos en la misma dirección, utilizando el mismo lenguaje, será más fácil ponerse de acuerdo y poder armonizar lo que la venganza puede destruir en un minuto y, en cambio, lo que el aprecio puede construir para una eternidad.

Es importante que no falten voces convincentes, amparadas en la poética sombra de la libertad de juicio, frente a concepciones o propuestas que bajo engañosos pretextos pretenden manejarnos a su antojo. Esa publicitada droga, que propicia el borrón y cuenta nueva con los malditos recuerdos, quebranta los más innatos principios éticos y conduce en realidad a un degrado del ser humano y, por ende, a la sociedad misma. Precisamente, dicen los entendidos, que una de las causas más importantes que empuja a los jóvenes y adultos a la experiencia de la droga es la falta de motivaciones claras y convincentes para vivir, el vacío de valores, la incertidumbre de que no valga la pena vivir, el sentido de soledad y de ocultación que se vive hoy en familia, donde uno de cada diez hogares en España sufre fuertes problemas de convivencia, según revela un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid. En vista de lo visto, fugarse para olvidar es toda una tentación, sobre todo para las personas más débiles.

Cuidado con los estímulos que llevan trampa. En menos que canta un gallo nos pueden quitar todo, incluidas las libertades individuales por las exigencias económicas, y hasta la libertad de pensamiento, que es la propia madurez humana. Existen múltiples ejemplos de esta concepción errónea de la libertad de juicio que, por desgracia, las estadísticas nos dicen que van en aumento como puede ser la eliminación de la vida humana por el aborto o la eutanasia. Cuando se pierde la cordura, la sensatez, la reflexión, el tiento, la mesura, lo más lógico es que nos topemos con la insensatez, la sinrazón y la torpeza. Me niego, pues, a que alguien, sea poder o apoderado, me robe la libertad de juicio poniéndome en vena la pastilla del olvido. Antes prefiero volverme granjero de los científicos británicos y cuidar gallinas capaces de poner huevos que contienen proteínas útiles para fabricar fármacos contra el cáncer y otras enfermedades. Por lo menos soy colono de vida y no colonizador de esclavos.

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