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Opinión
Etiquetas:   Ana Obregón   Psicología   Familia  

Sufrimiento que acompaña a la muerte

Para que la muerte de un hijo no provoque un trauma emocional requiere coraje
Octavi Pereña
lunes, 29 de junio de 2020, 08:08 h (CET)

“Preocupados por <b>Ana Obregón</b>. No ha pasado un mes desde que perdió el hijo y su familia se preocupa por sus mensajes”, escribió <b>Albert Domènech</b>. El mismo periodista sigue redactando: “Ha pasado casi un mes desde que <b>Álex Lequio</b> ya no está, y la actriz parece que ha quedado atrapada en un pantano de dolor y de tristeza y más después de perder también a su perra <i>Luna</i>, su fiel compañera y uno de los nexos de unión más fuertes con el recuerdo de <i>Aless</i>, como se hacía decir”.

Poco después del fallecimiento de Álex, <b>Ana Obregón</b> escribió: “Perder un hijo es morir y tener la obligación de vivir”. El periodista cita a <b>Teresa Moratalla</b>, sicóloga clínica: “Y si atendemos a los especialistas en el duelo, no le falta razón. La pérdida de un hijo es lo peor que se puede tener, porque no es coherente con el ciclo de la vida de las personas, perder un hijo siempre va después”.

Refiriéndose al hijo perdido <b>Ana Obregón</b> escribió: “Ahora solo pido que pueda volverlo a abrazar muy pronto porque lo encuentro insoportablemente a faltar”. <b>Ana Obregón</b> como tantos padres que pierden a un hijo en los albores de la vida encuentran insoportablemente a faltar al hijo que los ha dejado. El futuro de los padres que han perdido a un hijo, ¿tiene que ser de perenne tristeza y dolor? No forzosamente tiene que ser así.

<b>Marck Littleton</b> narra la siguiente historia: “Una misionera en Pakistán lo pasó muy mal cuando perdió a su hijo de seis meses. Una anciana punjalí fue a visitarla y le dijo: “Si eres un huevo tu aflicción te hará dura e insensible. Si eres una patata saldrás blanda y maleable, flexible y adaptable”. La misionera comenta que aunque le pueda parecer extraño a Dios, muchas veces le pido: Oh Señor, hazme una patata”. Cada vez hay menos tolerancia al dolor en esta sociedad nuestra que se recrea en la superficialidad y el hedonismo de los anuncios publicitarios. Se busca el confort inmediato y no se lo encuentra.

Cuando alguien pierde a un hijo y considera injusta la pérdida, que no se lo merece, se rebela contra Dios y lo culpa de la supuesta injusticia. Es un huevo que el dolor endurece. La pena que le corroe los huesos hace que su vida se convierta en un infierno. Haga como hizo la misionera que prestó atención a las palabras que le dijo la anciana punjalí diciendo a Dios que no quiere ser un huevo duro para pasarse la vida arrastrándose en una queja continua, siendo infeliz y desgraciado. Si no crees en Dios pídele al Padre de nuestro Señor Jesucristo que te conceda el regalo de la fe.

En el momento que el velo de la incredulidad que te impide ver desaparece, estarás en condiciones de poder pedirle a Dios que te convierta en una patata que el dolor ablanda, y te hace moldeable y flexible. Encontrarás en Jesús el Consejero que cura la herida de tu corazón y transforma el rencor contra Él en un oasis de paz y tranquilidad inexplicables.

Nuestra sociedad educada en el hedonismo, es decir, para complacer las exigencias del cuerpo, le impide alzar los ojos hacia el cielo de donde le vine el socorro que desea cuando la necesidad apriete. Una sociedad educada en el materialismo, que solamente cree en lo que los sentidos pueden palpar, al Dios Invisible que no se le puede analizar en un tubo de ensayo, se puede hacer presente por la fe en Jesús. Entonces la persona hedonista se convierte en un ser espiritual capacitado para invocar a Jesús que le libera del materialismo insatisfactorio. “Invócame en el día de la angustia, te liberaré, y tú me honrarás” (Salmo 50: 15).

En el momento en que Dios deja de ser un Dios desconocido, extraño y ausente, para convertirse en un Ser personal, cercano, amoroso, consolador, misericordioso, en un Padre sensible a las necesidades de sus hijos, entonces el alma angustiada está en condiciones de solicitar su ayuda. “Con mi voz clamaré al Señor, con mi voz pediré al Señor misericordia. Delante de Él expondré mi queja, delante de Él manifestaré mi angustia. Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda. En el camino en que andaba, me escondieron lazo. Mira a mi lado, y observa, pues no hay quien me quiera conocer, no tengo refugio, no hay quien cuide de mi vida. Clamé a ti, Señor, dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes. Escucha mi clamor porque estoy muy afligido” (Salmo 142: 1-5).

¿Por qué vivir con un dolor insoportable por la pérdida de un hijo o de un ser querido y permitir que el alma se marchite por falta de consuelo cuando en Jesús puedes encontrar el gozo y la paz de Dios que sobrepasa la comprensión humana?

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