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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una nación embrutecida o una nación anestesiada. Escoja usted

Miguel Massanet (Barcelona)
Redacción
martes, 16 de enero de 2007, 20:43 h (CET)
Quisiera hacerles participes de una idea que se me ha ocurrido con motivo de los sucesos que ultimamente han sacudido la arena política de nuestra Nación. Uno no deja de sentirse perplejo ante determinadas actitudes de nuestros conciudadanos, que sólo puedo entenderlas si admito que todos estamos afectados de un extraño síndrome, una nueva y rara enfermedad que no logro identificar con ninguna de las que los médicos han podido diagnosticar a través de los siglos, partiendo de Hipócrates. Me pregunto lo que hubiera ocurrido en los Estados Unidos, en Francia o en la sobria e inmutable Inglaterra si un Presidente del Gobierno hubiera quedado en la desairada posición en la que ha sido colocado nuestro señor Zapatero, después del doble fiasco de final de año. Los de la prensa se hubieran lanzado como hienas a su gaznate hasta dejarlo convertido en un cadáver político; los partidos de la oposición hubieran levantado oleadas de reproches y se le hubiera exigido la renuncia de su cargo; el pueblo se rasgaría las vestiduras y reclamaría elecciones anticipadas, y los representantes de la cultura afilarían su ingenio para escribir artículos que le sirvieran de simbólico ataúd.

No obstante, en la España de la furia, el país de las corridas de toros y la sangre ardorosa, de los crímenes pasionales y de los bandidos generosos, nada de esto ha sucedido. Una flema anglófila se ha extendido por sobre toda la ciudadanía ¿Tanto hemos cambiado los españoles para que los descendientes de aquellos que lucharon, con coraje y valentía, ante las tropas del general napoleónico Murat; se hayan convertido en meros rebaños de corderillos con horchata, en lugar de sangre, en sus venas? Es evidente que todo el coraje que nos quedaba se agotó con las manifestaciones contra el PP por lo del hundimiento del Prestige o el envío de las tropas españolas al Irak o, las manifestaciones “improvisadas” de la progresía ante las sedes de aquel partido el día anterior a los comicios. ¿Qué nos ha ocurrido a todos para que, de pronto, nos hayamos vonvertido en vergonzantes satélites del poder, incapaces de reaccionar ante un hecho semejante? A unos, los de la izquierda, ya lo sabemos: los resabios de la guerra que perdieron; pero y ¿a los otros?, los de la derecha de siempre: la abulia.

Si me lo permiten les voy a dar la explicación que se me ocurre. En España siempre nos hemos movido arrastrados por la demagogia de los extremos políticos. Ocurrió cuando el Frente Popular se apoderó del poder en febrero de 1936, donde unos pocos dieron lugar a un enfrentamiento con otros pocos que, en definitiva arrastró a toda la nación a la guerra. Sucedió en las guerras Carlistas y está sucediendo ahora mismo. Somos una nación de apáticos, de polemistas de café, de egoístas redomados; propicios a dejarnos anestesiar con facilidad por aquellos que dicen asegurarnos nuestro bienestar personal y, sin embargo, nos alejamos de cualquier idealismo, de la solidaridad entre nuestras regiones y de la exigencia de una ética colectiva. Todo nos va bien mientras no nos pidan que nos sacrifiquemos por los otros. ¿Qué hay un atentado en Barajas? ¡Qué se le va a hacer! Menos mal que no me ha tocado a mí. Pero, oiga usted, que han fallecido dos personas y se han producido daños incalculables. Bueno, pero esto ha ocurrido en Madrid y cae muy lejos de mi casa. ¿Pero, no siente usted hervir la sangre en sus venas? No, a mi lo que me importa es que hierva cada día la marmita en la cocina de casa.

No tenemos remedio, ha de comernos el desempleo; ha de afectarnos la crisis de nuestra empresa; han de acosarnos los deudores para que, entonce sí, nos levantemos indignados y nos manifestemos contra las injusticias sociales (las que nos afectan a nosotros, por supuesto). Entonces se han acabado las bromas y nos convertimos en amenaza para el orden público, en infractores de las leyes, en contestatarios contra el gobierno de turno. ¿De derechas o de izquierdas? Que más da: usted me arregla mi situación personal, usted me subvenciona y todo lo demás me importa un pito.

Creo que Zapatero ha debido de darnos a los españoles un bebedizo colectivo que, como la epidural, nos ha dejado groguis. Una vacuna contra la ira sana, que nos adormece y nos hace convertirnos en una legión de pazguatos, arribistas e incondicionales de la comodidad, entregados al carpe diem, y a los que nos importa un bledo todo lo que no sean nuestros propios intereses. Ahora sí, cuidese nuestro jefe de gobierno de que la economía no caiga en un bache y dejemos de disfrutar de ese paraiso económico porque, después, esté usted seguro, de que no le bastará toda la árnica del mundo para curar sus heridas. ¡Qué lástima que hayamos caido tan bajo! Solo me queda el triste consuelo de que la historia se lo demandará, ¡pero, tarde me lo fiáis!

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