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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La verdadera democracia

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 14 de enero de 2007, 21:18 h (CET)
“¡Ay España, tu hermosura
qué de llantos acarrea!”


Jaime Gil de Biedma

Parece que en opinión de los hombres de nuestro tiempo la democracia es excelente: nadie se atreve a hablar mal de ella, apenas hay partido que no la reivindique y la haga suya, casi todos los regímenes la proclaman y la inscriben en sus títulos.

Esta universal “buena prensa” de la democracia hace dudar de la sinceridad de los elogios; son demasiados abstractos, y bajo ese nombre se esconden demasiadas cosas, dispares cuando no contrapuestas. Yo creo que la democracia es, en muchos sentidos, excelente, pero valdría la pena preguntarse por qué, es decir, en qué consiste su excelencia, y con qué condiciones. Y hay todavía una cuestión aún más importante: ¿cuáles son las relaciones de la democracia con la excelencia? Quiero decir, ¿en qué sentido la promueve y favorece o estimula? ¿O tal vez la amenaza, la disminuye, acaso en ocasiones la destruye? Si estuviésemos en claro, nuestra adhesión a la democracia sería más sincera, enérgica y eficaz; y sobre todo, cuidaríamos de que cumpliese las condiciones que intensifican la excelencia, evitaríamos los riesgos de que en nombre suyo se deteriore, de que el mundo y cada una de sus partes sean inferiores a lo que pueden y deben ser.

La excelencia capital de la democracia es que en nuestra época -no en otras, ciertamente- es el único régimen político que posee plena legitimidad. Todo gobierno que no sea verdaderamente democrático sabe que no es legítimo, que envuelve una dosis mayor o menor de ilegitimidad, violencia o fraude.

Más allá de la gravísima cuestión de la legitimidad, la democracia, cuando realmente existe y es fiel a su condición, es promotora de excelencia, en el sentido de que moviliza a todos los individuos que componen cada sociedad. Excluye la pasividad, la marginación, hace que todos sean en sentido estricto ciudadanos, con voz y voto, con participación real en los destinos del país. Siempre me ha parecido una falacia el razonamiento de los que protestan contra el principio “un hombre, un voto”, arguyendo la desigualdad entre los hombres, la injusticia que supone equiparar el voto del hombre o la mujer distinguidos por sus calidades con el de aquellos que tienen pocos méritos.

La democracia, rectamente usada, crea un vínculo activo entre el Estado y los ciudadanos, y significa una enorme elevación del nivel real de la humanidad que goza de ella. Pero todo esto es así cuando la democracia es vivida democráticamente, cuando es fiel a su inspiración última, que es el espíritu de libertad. Si esto falta, la democracia se desvirtúa y se convierte en un instrumento de destrucción de la excelencia. El dictador sabe siempre que lo es y tiene la conciencia intranquila; sabe que tiene el poder de hecho, que lo ha alcanzado por caminos turbios; que, aun en el mejor de los casos, es decir, cuando la dictadura se ha establecido para salvar una crisis gravísima y superar un estado previo de ilegitimidad, se trata de una situación provisional, precaria, que debe desaparecer cuanto antes para dejar paso a la legitimidad rigurosamente democrática. En otras palabras, el dictador sabe que debe abandonar el poder, cuanto antes mejor.

Por el contrario, cuando el origen de ese poder es democrático, y por tanto legítimo, es fácil caer en la tentación de ejercerlo dictatorialmente, y además con la conciencia tranquila, con desprecio de la opinión de grandes grupos -tal vez de la mayoría-, contando con la fuerza de los hechos consumados, y acaso irreversibles, solamente con la vaga zozobra de temer perder las elecciones siguientes, acaso confiando en la eficacia de los recursos de que dispone el poder, cuando se ejerce sin limitaciones ni miramientos, para impedir la consolidación de una opinión adversa, electoralmente eficaz.

Si esto ocurre, se produce una inversión del papel propio de la democracia: en lugar de ser un motor de la marcha hacia la excelencia, la debilita, desalienta, contamina. A veces, la mera extensión indebida del principio democrático, llevado más allá de la elección de los gobernantes, es una amenaza contra su excelencia. La exacerbación abstracta de la democracia la destruye. Y es que, como dijo el poeta: “Al toreo que ahora ves, / de tanto bajar los brazos / se le cae el alma a los pies”.

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