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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Rocky Balboa': Stallone se confiesa

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
sábado, 21 de abril de 2007, 09:11 h (CET)
Se le pueden reprochar muchas cosas a esta sexta entrega de las aventuras cinematográficas del púgil Rocky Balboa. La primera de ellas, obviamente, es lo poco innovador de la propuesta, ya que pocas sagas dentro del mundo de séptimo arte resisten el desgaste lógico de un número tan elevado de secuelas. Luego, vendrían una larga retahíla de imperfecciones, desde el tono beatífico y autocomplaciente de ciertos diálogos, la reiteración a ratos cansina de la idea central del film (el paso inapelable del tiempo no debe impedirnos luchar por nuestros sueños), o la capacidad más bien limitada de Sylvester Stallone como actor, en especial después de los estragos que la cirugía estética ha causado en su rostro, ya de por sí agreste. Sin embargo, lo que jamás se podrá decir de esta película es que no está hecha con las entrañas, ni tampoco que su director sacrifique aspectos como la honestidad o la fe en su propia historia a favor de la comercialidad pura y dura. Y esto, en los tiempos que corren, suple con creces todas las carencias que pueda tener el film.

A diferencia de otros remakes, reactualizaciones o secuelas tardías, Rocky Balboa va más allá del ejercicio de nostalgia como forma fácil de ganar dinero, (sin renunciar a ninguna de las dos cosas, puesto que la película destila nostalgia por arrobas y está ingresando cuantiosas sumas de taquilla en todo el mundo), a través de la analogía metacinematográfica que el ex marido de Brigitte Nielsen establece entre la carrera del sesentón boxeador Rocky Balboa, de quien el mundo parece haberse olvidado tras disfrutar de lo lindo en el pasado con él, y su propia carrera artística. Esta coartada obra un milagro doble: por un lado, justifica argumentalmente la resurrección de la franquicia sin que nada chirríe demasiado, y por otro, permite a un Silvestre Stallone en horas bajas demostrar que no estaba engañando a nadie cuando en las anteriores entregas de Rocky reivindicaba el derecho de todo hombre a experimentar en sus propias carnes el sueño americano, con lo que, una vez más, queda de manifiesto que no todo lo que nos vende Hollywood son ilusiones vanas para mantenernos aletargados en nuestras butacas.

Más que filmar una historia ya vista mil veces, Stallone se lo juega todo a una sola carta y teje con cada plano de su película uno de los ejercicios de autoconfesión más conmovedores, valientes, y por encima de todo, honestos, de los últimos años. Cuando los grandes escritores recomiendan a las nuevas generaciones que escriban sobre cosas que les toquen de cerca, es precisamente porque sólo de esa forma se logra trascender la representación y ahondar en la verdad. Las secuencias en la que Rocky Balboa cuenta una y otra vez las mismas anécdotas a los clientes de su restaurante, aquellas otras en las que posa forzando una sonrisa ante sus fans mientras éstos simulan golpearle, o los diálogos con su hijo, en los que éste le reprocha que jamás ha tenido vida propia por culpa de su celebridad, contienen, pese a su tono edulcorado, unas dosis inusualmente altas de sinceridad, y no es difícil imaginarse al recién resucitado actor, guionista y director protagonizándolas en la vida real.

Pero es que además de todo esto, Rocky Balboa está filmada con un exquisito pulso narrativo, cuenta con una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, repleta de nuevas variaciones para la ocasión, y funciona a las mil maravillas en lo que a sus aspectos más espectaculares se refiere. Tal vez el desenlace del combate esté lastrado por un exceso de sentido de lo políticamente correcto, pero después de todo lo que tuvo que soportar el pobre Sly en los ochenta por encarnar con desparpajo los valores más reaccionarios de su país, es normal que haya escarmentado. Con todo, me atrevo a decir que muy pocos osarán reconocer los méritos de su última película, aunque si la cosa estuviera dirigida por Clint Eastwood o Martin Scorsese, y que conste que ambos directores suelen gustarme bastante, otro gallo cantaría.

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