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¿Qué hay de nuevo en la estrategia de Bush en Irak?

Marianna Belenkaya
Redacción
domingo, 14 de enero de 2007, 06:47 h (CET)
El presidente George Bush expuso, por fin, su largamente esperada nueva estrategia de acciones en Irak que en parte podría considerarse un esbozo de la nueva estrategia de EE.UU. a aplicarse en toda la zona mesoriental.

Pero el discurso del inquilino de la Casa Blanca no contiene ningunas tesis conceptualmente nuevas, por lo menos referentes a Irak. Lo que se modifica en este país es la táctica, pero no la estrategia.

Pero dos planteamientos del mandatario norteamericano no suscitan objeciones algunas. Primero: no existe una fórmula mágica para normalizar la situación en Irak. Segundo: el comienzo de la retirada de las tropas norteamericanas de este país en tiempos próximos no hará sino agravar la situación y, además, provocará el robustecimiento de las fuerzas extremistas en toda la zona del Gran Oriente Próximo.

Las demás tesis contenidas en el discurso de Bush son bastante cuestionables.

Por lo que a los cambios tácticos se refiere, se trata, antes que nada, de aumentar el efectivo orgánico de las tropas norteamericanas estacionadas en Bagdad, capital del país. Expertos en temas militares discrepan en cuanto a la eficacia de esta medida, ya que los pasos anteriores no condujeron a reforzar sustancialmente la seguridad en Irak. Pero Bush explica que mientras antes los militares norteamericanos e iraquíes, tras realizar una operación de peinado, abandonan el área, posibilitando de este modo el retorno de los extremistas, ahora, en cambio, las fuerzas de seguridad se mantendrán en sus posiciones. Precisamente para establecer un control absoluto sobre Bagdad se planea aumentar el efectivo orgánico de las tropas norteamericanas.

A qué precio se lograría establecer tal control y cuán eficaz sería, son temas aparte. Además, mientras antes los militares norteamericanos e iraquíes eludían entrar en áreas en que las tribus estaban enzarzadas en luchas intestinas, ahora el Gobierno de Irak les dio su consentimiento para hacerlo. De un lado, es una decisión acertada. Se trata de la obligación habitual de las fuerzas de seguridad de separar las partes enfrentadas. Pero, de otro, tal decisión arrastraría a EE.UU. en la guerra civil de Irak, lo que antes se pretendía evitar. Los demócratas en el Congreso USA ya expresaban antes semejantes recelos. Además, la neutralidad de los iraquíes, aun vestidos de uniforme militar, suscita serias dudas, ante todo entre la población iraquí. Añádase a ello la presencia de tropas norteamericanas. ¿No provocará todo ello el agravamiento de las luchas intestinas en Irak?

Pero Bush hizo ciertas reservas. Según el mandatario norteamericano, aun cuando la nueva estrategia surta el efecto deseado, los actos de violencia no cesarán, por lo cual es de esperar nuevas víctimas tanto entre los iraquíes como entre los norteamericanos. Es cierto, no existen fórmulas mágicas, es algo incuestionable.

Pero sí que es cuestionable la tesis, expresada por Bush, acerca de que precisamente debido la falta del efectivo orgánico y la limitación de sus acciones en unos u otros distritos de Bagdad hasta ahora no se haya logrado restablecer el orden en la capital iraquí. ¿Acaso ésta es la causa principal? Lo que causa una verdadera preocupación es que Bush no haya proferido una sola palabra acerca de los errores políticos y económicos cometidos por la Administración norteamericana en Irak y que en buen grado provocaron el caos en Bagdad. Lo demás son consecuencias, pero no el causante.

Pero de todas formas hay que hacerle justicia al presidente USA. En su discurso Bush no sólo hace mención de la táctica militar en Irak, sino también del aumento de la ayuda económica a Irak, de las medidas concretas para controlar el gasto de estos recursos. A tales efectos, el Departamento de Estado nombrará a un coordinador que supervisará el proceso de reconstrucción. Pero surge esta interrogante: ¿no se trata de legalizar sigilosamente el control norteamericano sobre la economía iraquí? Pero tampoco es algo nuevo e inesperado.

La única característica nueva del informe de Bush es, quizás, la definición de los plazos concretos (noviembre de 2007) en que los iraquíes, según él estima, puedan asumir plena responsabilidad por mantener la seguridad en su país. Pero esta fecha en modo alguno significa que EE.UU. puedan considerarse ganadores de la guerra de Irak. De la victoria en Irak, según cree Bush, se podrá hablar cuando la democracia se haya extendido a todo el mundo árabe.

A propósito sea dicho, es la primera vez que el presidente de Estados Unidos da una definición precisa a la democracia para los países del área. “Un Irak democrático no será perfecto, pero será un país que combate contra los terroristas en vez de darles refugio, un país que contribuirá a establecer un futuro de paz y seguridad para nuestros hijos y nietos”, expresó Bush. Estas palabras, quizás, son aplicables a todos los países del Gran Oriente Próximo. Y es en esta frase y en el número del efectivo orgánico en Irak donde está encerrada el sentido del discurso de Bush.

Su esencia consiste en que EE.UU. mantiene invariable su estrategia en Oriente Próximo. La Casa Blanca no traiciona a sus viejos aliados como Turquía, Egipto y monarquías del Golfo Pérsico. Tampoco cambian de actitud hacia Siria e Irán.

Contrariamente a los consejos formulados por el Grupo para el estudio de Irak, encabezado por el ex secretario de Estado, James Baker, y el ex congresista Lee Hamilton, quienes insistían, entre otras cosas, en incorporar a Siria e Irán en los esfuerzos por arreglar la situación en Irak, por enésima vez acusó a estos dos países de apoyar a los terroristas. Según él, la protección de la integridad territorial de Irak y la estabilización de la región frente a los desafíos extremistas pasan necesariamente por la solución del problema sirio e iraní. Es decir, hablando en rigor, Bush descartó la posibilidad de dialogar con estos países, poco menos al declararles la guerra.

Pero esto no significa que se trate de un golpe directo contra estos países. Al propio tiempo es evidente que EE.UU. se está preparando para una guerra eventual y está dispuesto a defender sus intereses en el área con empleo de la fuerza armada y no por vía negociada, elaborando fórmulas de compromiso. Según recalcó Bush, en el marco de las medidas encaminadas a robustecer la seguridad de Irak y proteger los intereses norteamericanos en Oriente Próximo, él planea destacar en el área del Golfo Pérsico un portaviones más, así como misiles Patriot. Esto deberá tranquilizar a “nuestros amigos y aliados”, dice.

¿Quiénes son estos aliados? La respuesta es bien sencilla: los países árabes del Golfo Pérsico e Israel. Tampoco hay muchas dudas en cuanto al país contra el que estarán apuntados los misiles Patriot. Es Irán.

¿Pero podrán realmente estas iniciativas de Bush sosegar a los aliados de Washington en el área? Los países árabes, sobre todo Arabia Saudita, quedarían muy satisfechos si EE.UU. no retira sus tropas de Irak. También les place mucho el que la Administración USA no haya invitado a Teherán a participar en el arreglo de la situación en Irak. Al propio tiempo, no les será de agrado el aumento de la tirantez en toda la geografía de Oriente Próximo, así como la repetida invitación de Bush a contribuir con mayor energía al arreglo iraquí. Ya sin estas exhortaciones están conscientes de que la derrota de Washington en Irak se traduciría en una catástrofe para toda la zona, pero no desean acometer la solución de los problemas generados por Estados Unidos. Hacen lo que consideran posible. No podrán hacer nada por encima de sus posibilidades, aunque, bajo determinadas condiciones, los países árabes podrían prestar alguna ayuda a Bush. El regateo apenas comienza.

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Marianna Belenkaya, RIA Novosti.

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