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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Benjamines de Dios

Antonio García-Palao
Redacción
domingo, 14 de enero de 2007, 06:47 h (CET)
Se me parte el alma cuando veo un perrito abandonado a la intemperie. Se me parte el alma cuando miro a los ojos de un animal que sufre. Se me parte el alma cuando sé de la crueldad humana con los más indefensos. No hay derecho. Tanto sufrimiento provocado. Tanto dolor sin sentido.

La paciencia del cielo con el hombre sólo es comparable con el dolor que éste provoca a los animales. Pertenecer a la cruel raza humana empieza a avergonzarme.

Mirar para otro lado cuando se maltrata y sacrifica a millones de animales a diario para alimentar a una civilización que conoce la agricultura, la alimentación vegetariana, la ciencia e incluso la imposible viabilidad para una vida sostenible de la masiva y perniciosa explotación ganadera, al margen de los riesgos para la salud a costa del horror en los mataderos, pone de manifiesto su falta de sensibilidad, empatía y compasión con el que sufre, así como su torpe y escasa inteligencia. También evidencia que no está dispuesto a sacrificar su paladar por el bienestar de millones y millones de terneros, cerdos, cabritos, pavos, pollos, corderos y cientos de especies del mar, de la tierra y el aire.

Dónde está su sensibilidad para admirar la vida. Dónde su respeto por el infinito milagro de la naturaleza. Para qué los vivos colores de los pájaros del paraíso, de los peces tropicales, del vuelo majestuoso del águila. Para qué los documentales sobre el Serengueti, la selva del Amazonas o las profundidades del océano. Para qué la convivencia con animales domésticos. Todo parece en vano.

O no nos quedan lágrimas o ya no somos capaces de ver el dolor en los ojos de un toro ensartado por la infame espada, por la lanza festiva del populacho, por la banderilla hortera de colores o la pica vil del cobarde jinete.

Para qué tanto letrado. Para qué el arte y la cultura. Para qué tanta política de medio ambiente. Lamentablemente como siempre, para nuestro único y propio bienestar y provecho, aunque vivamos rodeados de cadáveres, violencia y crueldad inenarrable.

Por eso, retengo el pecado del hombre mientras tenga desgarrado mi corazón. No perdono su ofensa contra la vida mientras no entregue sus afilados cuchillos y se postre de rodillas ante sus víctimas inocentes, como tampoco me olvidaré mientras viva de rogar al cielo por ellos, mis pequeños y amados hermanos, alma de la tierra maltratada, benjamines maravillosos de Dios.

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