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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate: víctimas del terrorismo con pasaje de segunda clase

Raúl Tristán

viernes, 12 de enero de 2007, 11:03 h (CET)
No voy a hablarles del malogrado "proceso", ni de zapateros ni rajoys, ni de los políticos y sus intenciones, las visibles y las subterráneas.

Dos ciudadanos ecuatorianos han muerto, víctimas de la barbarie terrorista. Dos hombres que emigraron, dejando atrás a su país, a sus amigos, a sus familiares, para venir a España a trabajar, a conseguir un empleo, más o menos digno, con el que sostener a los suyos.

Dos personas han muerto y, sin embargo, este país sigue centrando su atención en "el proceso" y su situación actual.

El terrorismo es un problema pendiente de nuestra democracia, inmadura hasta que no se logre superar esa lacra. Es una cuestión que amenaza a los españoles, a su seguridad, a su integridad física, a su estabilidad emocional. Y muchos españoles creían que, tras esta tregua, un horizonte de paz definitiva iba a abrirse.

Pero también es cierto que esa esperanza, erigida sobre arenas movedizas, se ha visto derribada repentinamente por un atentado que ha causado dos víctimas mortales. Aunque ciertos sectores de la opinión pública, de los agentes sociales, de la ciudadanía, parecen querer pasar por alto estas dos tragedias, obviándolas, olvidándolas, tratando la información que a ellas se refiere como si pasaran de puntillas, con una asepsia tan carente de sentimientos, de expresiones de rabia y de dolor, que llega a parecer que las ignoran ex profeso con ocultas y aviesas intenciones.

Algunos nos hemos hecho eco de este curioso fenómeno, y nos hemos dividido en ciertas facciones que apoyan razones o causalidades que, en determinados aspectos concretos, pueden llegar a rozarse pero que, en otros, difieren en grado sumo. Los más, no quieren ver, y niegan ese vacío emocional, ese extrañamiento de los sentimientos, esa ausencia absoluta de manifestaciones emotivas y callejeras, de griterío y de manos alzadas.

Así, entre los primeros, los hay que justifican esta aparente indolencia apelando al shock sufrido por una sociedad que esperaba el fin del terrorismo y que, de la noche a la mañana, se ha topado con la realidad más tangible, más ineludible y ahora es como si no quisieran aceptar esa realidad que les abre los ojos, y la negaran, confiando en que todo sea una triste pesadilla de la que van a despertar, de un momento a otro, gracias a las palabras tranquilizadoras de un Presidente del Gobierno que sigue adelante como si nada hubiera ocurrido. Como si se tratara de dos víctimas más de un accidente laboral, de esos que a diario salpican las páginas de nuestros diarios, y de los que nadie se sorprende tampoco.

Yo me inclino, sin embargo, por una segunda explicación. Un patético motivo que debiera llenarnos de vergüenza, pues mancilla la proverbial solidaridad del pueblo español: los muertos no son nuestros muertos, son extranjeros, muertos de Ecuador, cadáveres fuera del armario de nuestra tierra, casuales habitantes de nuestro país. Esos muertos son considerados víctimas de segunda clase, daños colaterales, que diría el cowboy yankee, reducibles a una indemnización, un funeral rápido y una concesión de nacionalidad a las familias. Pero que todo pase pronto, sea breve y, sobre todo, silencioso, que no se arme revuelo, que pase desapercibido el hecho de que hay varias familias destrozadas que lloran sobre los restos de dos hombres cuyo único pecado fue venir a buscarse la vida a un país que, en cierto modo, los ha ninguneado.

Desde esta tierra, madre de Hispanoamérica, mi apoyo, mi solidaridad, mi cariño, para esas familias y sus muertos, que son los nuestros, no lo olvidemos.

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