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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Laicismo genuino

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 11 de enero de 2007, 11:38 h (CET)
Mary Jane Wilkie, que dirige la enseñanza bíblica dominical en la Iglesia Episcopal de San Pedro de Morriston, Nueva Jersey, hace esta declaración que puede sorprender a muchos que se dicen cristianos y que les debería hacer reflexionar: “No soy una atea fanática ni una humanista secular farisaica. Soy una cristiana practicante. Creo, pero, que la Navidad debería borrarse de la lista de las fiestas oficiales de América…Una nación cuyo pueblo se adhiere de una manera rutinaria a la separación entre la iglesia y el estado, una Navidad oficial es hipocresía”.

Desde que me convertí a Cristo y de ello hace ya muchos años, la celebración comercializada de la Navidad no me dice nada porque ha perdido su valor cuando se la ha convertido en una fiesta oficial.

Nuestro País, según la Constitución es laico. El gobierno como tal no tiene color religioso. Sus miembros pueden o no practicar una religión. Cada ciudadano puede hacer en este sentido lo que mejor le parezca. La libertad de conciencia que ha permitido aflorar lo que uno verdaderamente siente en materia religiosa ha puesto al descubierto que el concepto que nos habían vendido de que España es un País cristiano, nada de nada. La evidencia de ello mueve a la Iglesia Católica a planificar una campaña publicitaria para conseguir que los padres inscriban a sus hijos en las clases de religión que se imparten en las escuelas. A la vez, estos padres desinteresados por la formación religiosa de sus hijos van como locos comprando palmas para llevarlas a bendecir juntamente con sus vástagos el domingo de ramos. También se dan prisa en celebrar la Navidad a lo grande. Grandioso contrasentido.

No puedo dejar de denunciar la incongruencia que representa que en las celebraciones oficiales que hacen entidades deportivas, profesionales, de jubilados, estamentos militares y de la policía…vayan acompañadas de un acto religioso. Es cierto que no se obliga a nadie a participar en dichos actos religiosos programados, en los estamentos militares y de la policía la cosa no está tan clara. También es cierto que muchos para no “desentonar” asisten a los mismos. Conseguir que alguien haga alguna cosa que no quiere hacer porque va contra su conciencia ocasiona graves daños morales porque convierten a los tales en hipócritas. Además, es muy peligroso porque produce efectos que trascienden el tiempo.

Las entidades laicas, no hace falta decir que también las que dependen del Estado, deberían plantearse seriamente la conveniencia de retirar los actos religiosos de las celebraciones que organizan. De este rechazo, la religión sería la más beneficiada porque sólo la practicarían quienes realmente saben lo que se hacen. Así recuperaría la credibilidad que ha perdido al convertirse en algo descafeinado a la que tienen acceso quienes no creen en nada.

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