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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El prodigio andaluz

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 9 de enero de 2007, 22:12 h (CET)
“A distinguir me paro
las voces de los ecos”


Antonio Machado.

Probablemente Andalucía es, de todas las porciones que integran España, la que tiene más acusada e inconfundible personalidad, y más inmediata complacencia en sí misma; ha existido lo que se puede llamar “andalucismo”, aunque alguno de los más finos y hondos andaluces hayan desconfiado de él.

Andalucía produce una impresión de elegancia. Ha sido tan activamente española, que toda España parece andaluza. El andaluz se inserta en España apaciblemente a través de Andalucía, sin que se le ocurra siquiera que las cosas pudieran ser de manera distinta. Y eso, no se olvide, con una conciencia tan aguda como justificada de ser “diferente”; más aún, de ser “único”.

Andalucía ha “invitado” a todos los españoles a participar en su expresión original; y así ha conseguido la interpretación andaluza de España entera. La sustantividad de Andalucía ha permanecido a lo largo de siglos, desde mucho antes que España, y ha cruzado distintas formas históricas y culturales, manteniendo un núcleo persistente a través de fenicios y romanos, visigodos y árabes, beréberes y castellanos. Andalucía ha ido aceptando- creo que ilusionadamente- los destinos que la historia le ha ido proponiendo; por eso hace muchos siglos que, diferente y segura de sí misma, con gentil compás de pies, se incorporó a ese destino común de la gente española.

A mitad del siglo pasado han ocurrido varios cambios en el tratamiento de Andalucía. Tengo la impresión de que la mayoría son superficiales y casi siempre originados fuera de Andalucía. Ha empezado a querer olvidarse de la soberana belleza de Andalucía, esa belleza intrínseca de todo lo andaluz. Ha habido una manifiesta voluntad de reducirse a los aspectos negativos de Andalucía. Se ha intentado hacer una Andalucía lamentable, lacrimosa, subsidiada, tan de pandereta como la que siempre nos había exasperado; la única diferencia es que esta nueva pandereta lleva crespones negros.

El espesor histórico de Andalucía es fabuloso, entre dos mil y tres mil años, según las comarcas o ciudades. El prodigio andaluz es que todo es actual y a la vez viejísimo, inmemorial. Sin embargo, casi todo lo que se dice ahora por los que pretenden interpretar políticamente a Andalucía se puede “datar” y data de unos pocos decenios, tal vez de tres decenas de años: algo que nada les hubiese dicho a los andaluces que han hecho Andalucía siglo tras siglo, y que están ahí en el presente, dándole su tremenda realidad.

Andalucía ha tenido siempre una complacencia abierta en sí misma. Abierta, porque invita a todos a participar en su placentera realidad y tiende a derramarla fuera de sí misma. Andalucía ha estado siempre encantada de su condición (aunque no de su situación); de lo que era, aunque estuviera descontenta de cómo le iba.

Se ha estado ensayando una interpretación plañidera de Andalucía, que no se limita a reconocer sus males, pasados o presentes, sino que olvida sus prodigiosas calidades, sus valores, sus recursos fabulosos. Con pretexto de lo que le falta, se hace almoneda de lo que tiene; y sobre todo de lo que es.

A nadie que se haya vuelto a Andalucía con amor e inteligencia se le han pasado por alto sus limitaciones, sus estrecheces, sus males, a veces angustiosos. Añádase a esto que Andalucía no ha actuado unitariamente casi nunca; de cada provincia se ha apelado a un Madrid distante y no muy enterado. La recuperación de la personalidad unitaria de Andalucía parece esencial, condición de su prosperidad. Es menester que el andaluz, ante cualquier cuestión perentoria, tienda la mirada alrededor, por toda la extensión de Andalucía, y busque en ella los recursos, la inspiración, la fuerza. Es esencial conseguir la movilización, no ya de toda Andalucía, sino de todos los andaluces. En una palabra, la condición capital es la integración de Andalucía.

Es esencial que nadie sea desalentado; que no se prescinda de nadie. Por eso es esencial evitar todo negativismo, toda propensión al vinagre. Si Andalucía quiere tomar su personalidad global y afirmarla, con ello adquiere un compromiso de no pasar por movimiento mal hecho, de no tolerar la corrupción, la chabacanería, la indolencia, el desaliño. Es decir, no bastará con ser andaluz “de hecho” y de cualquier manera, sino de tal modo que la conducta de cada uno sea digna de esa pretensión, de esa afirmación.

Y, por supuesto, tal exigencia excluye el aldeanismo, el provincianismo, la desfiguración de la realidad como si Andalucía existiera sola y por sí, sin tener que ver con el resto de España y, a través de su totalidad, con el resto de Europa y el mundo. Eso significaría la recaída en el peor de los males de Andalucía, causa principal de sus desigualdades sociales, de su penuria económica, de la pobreza que obliga a tantos andaluces a abandonar su tierra natal.

La expresión “venido a menos” traduce maravillosamente un estado de ánimo y una situación real que se dan en ocasiones: venido a menos de un estado anterior, sí; pero también a menos de lo que se es. Desde ello, desde la afirmación de eso que se es, aunque se haya decaído, se puede intentar la ascensión, la recuperación de la verdadera realidad. Y como dijo el poeta: “Es la hermosa Andalucía, / esa que hoy lucha esperando / salga de la noche el día”.

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