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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¡Felicidades!

Felipe Gámez
Redacción
martes, 9 de enero de 2007, 22:12 h (CET)
“Los hartazgos de felicidad son mortales” dijo Baltasar Gracián. Algo así como “morir de éxito”, una frase más reciente entresacada del lenguaje palurdo de los políticos. El tema de la felicidad es recurrente a lo largo de la historia de la humanidad. Alguien nos ha descrito como máquinas en una búsqueda ciega de la felicidad. Eduard Punset es más cauto cuando enseña que *la felicidad se fragua en la ausencia biológica del mal (efectos mutacionales lesivos para la salud física y mental). Otros piensan que el cerebro no busca la felicidad sino que la sueña, la imagina o la crea con objeto de sobrevivir. Los simples creen que la felicidad se encuentra al cabo de una cuenta corriente mega astronómica, o al fondo del undécimo whisky, en una raya de coca o en el año que no traiga viernes. Algunos creen ser felices todo el tiempo (un tipo de tontos) y otros que nunca lo serán (otro tipo de idiotas). Los teóricos aseguran que la felicidad es el camino y los poetas, más delicados, que la felicidad puede beberse en una lágrima: “En tus ojos mi felicidad, / en los míos el recelo... / y una lagrima de soledad”.

Se mire como se mire la felicidad hay que tomarla en sorbos cortos, aceptando su naturaleza efímera. Su carta de presentación es en realidad una despedida, el beso corto y rápido del que se marcha dejándonos, con suerte, algunos faustos recuerdos. Estábamos en Sevilla y habíamos sido muy felices en una habitación de hotel. Al llegar ella dijo: será un fin de semana eterno. No la creí porque no supe que hablaba de la memoria. El domingo apurábamos la últimas horas y yo me quejaba: qué corta es la eternidad. No volvimos a vernos.
Alguna vez he pensado que vivir no es más que ir y volver de la felicidad... que a veces está en Sevilla, otras en Lisboa, las menos muy lejos y las más muy cerca, quiero decir en algún lugar del corazón (ahora se dice del cerebro, Punset). Como venimos de lejos trascribo un viejo proverbio chino con esta leyenda: "Si quieres felicidad para una hora, duerme una siesta. Si quieres felicidad para un día, vete a pescar. Si quieres felicidad para un mes, cásate. Si quieres felicidad para un año, hereda una fortuna. Si quieres una vida de felicidad, ayuda a los demás". ¿Son todos los chinos tan listos? Seguro que no. Hace poco alguien me dijo: “Quizá la felicidad sólo sea estar despierto para verla pasar y arrimarte a ella un ratito. ¡Un ratito, claro, porque si te quedas revientas!

“Una buena receta para ser feliz es no tener miedo”. Dice el Sr. Punset. El temeroso huye de la felicidad porque sabe que duele al acercarse, duele más al separarse de ella y duele, que te cagas si te quedas... porque según Gracián los hartazgos son mortales. Así que el refugio del lerdo es no hacer nada y ser torpe, huraño y desgraciado.

En muchos casos la felicidad es el efecto placebo de cualquier simpleza, el arte de exprimir la realidad para sacar a todo su gota de ámbar, la brizna de oro escondida, la sonrisa inesperada, la mano tendida para dar o recibir, la atención necesaria para ser agradecido, compasivo, generoso y no temer tanto a ser golpeado. Cuando una persona ha vivido suficiente ya conoce una felicidad honda y audaz llamada bienestar. El bienestar, como todo el mundo sabe, es una forma madura y tranquila de ser feliz sin hartarse.

He leído que dar luz es también dar sombras; que el éxito desde el punto de vista USA es una enfermedad del coco, grave; que la lógica se ha de manejar con cuidado porque tiende a crear ficciones y trampas como esta: si no eres el número uno eres el número cero; que la vida es corta y la felicidad busca esa puerta que inadvertidamente dejamos abierta; que no debemos preocuparnos por ser felices sino por SER; y que por regla general ser feliz se cumple con ver felices a los que amas. Y para terminar una buena frase de Blaise Pascal: “Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez”.

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