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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Un pacto contra ETA

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 9 de enero de 2007, 22:10 h (CET)
Aceptando los contactos con ETA mientras seguía la kale borroka, seguían las extorsiones y se producían robos de armas el Gobierno de Zapatero enviaba a los terroristas un mensaje equivocado. Las claras señales de conformismo y debilidad que enviaba Zapatero y los ciudadanos rechazábamos proporcionaban a la organización criminal una sensación de fuerza y certeza en la victoria que le servían de rearme moral para hacerse fuerte en la mesa de negociaciones.

Para jugar una apuesta tan fuerte como la del Gobierno hay que tener mala leche. O al menos dar la sensación de que se tiene mala leche, hay que poner cara de ogro y aparentar estar dispuesto a comerse a los de enfrente. No se puede poner cara de Bambi en las ruedas de prensa y ofrecer al enemigo (enemigo, sí) un inacabable repertorio de sonrisas y palabras melifluas. Y mostrarse permanentemente a su disposición, como hacía el PSE, que pedía “un nuevo estatuto vasco que Batasuna pudiera aceptar”. Negociar puede ser saber ceder, sí, pero también saber resistir, amagar, presionar y asustar. Zapatero ha trasmitido la imagen de un pobrecillo dispuesto a perder toda la ropa en esta partida de strip-póquer en la que ETA le ha dejado con las guirnaldas inguinales al aire.

Ahora ya se acabó el tiempo de la negociación y empieza la hora de arrinconar a los asesinos y obligarles a negociar de nuevo, nadie puede creerse que con 200.000 votos detrás ETA va a desaparecer sólo por presión policial. Así llevamos treinta años y no tenemos cárceles ni jueces suficientes para tanto aspirante a etarra. Hay que perseguirlos y acorralarlos como estaban antes de empezar todo esto. Entonces será el momento de ver qué condiciones se les exigen para creer que esa vez van en serio, que no es una nueva broma siniestra, que realmente aceptan las condiciones que les impone la Democracia, el gobierno del pueblo.

En este momento urge un acuerdo, mejor entre todos los partidos pero sobre todo entre los dos grandes que reúnen a la gran mayoría de la que está hecha España. Urge que entre los dos se pongan de acuerdo para cercenar el paso de quienes se alimentan de nuestra sangre. Y ambos tienen la obligación de facilitarlo. Ambos.

El PP no puede empeñarse en ponérselo difícil al PSOE, no debe centrar su oposición en ponerle palos en las ruedas, debe facilitar el acuerdo en la seguridad de que España saldrá ganando. Y el Gobierno y su partido deben esforzarse en ello porque son muchas más las cosas que les unen que las que les separan o las que les unen a los partidos minoritarios. Empezando, como ya he dicho muchas veces, por una misma concepción de España.
El pueblo puede ser generoso con ambos si logran ese acuerdo pero, en la seguridad de que sus diferencias serán perjudiciales para todos, aquél que resulte ser responsable de un supuesto fracaso debería esperar lo peor de los ciudadanos: el rechazo.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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