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Inoperancia de la fuerza armada, principal lección de 2006

Víctor Litovkin
Redacción
lunes, 8 de enero de 2007, 21:35 h (CET)
Los sucesos más relevantes de carácter militar acaecidos el pasado año 2006 han sido la derrota sufrida en Irak por las tropas de coalición con EE.UU. a la cabeza, el revés sufrido por el ejército israelí en el Líbano y el resurgir del movimiento talibán en Afganistán, pese a la presencia en este país de 20.000 efectivos de la OTAN.

Ocurre algo inverosímil. Los destacamentos de la guerrilla armados en el mejor de los casos de fusiles Kalashnikov, lanzagranadas y explosivos cargados en un coche cuando no ceñidos al cuerpo de un kamikaze ganan las guerras a ejércitos regulares dotados de moderno material de alto contenido tecnológico. A saber, sistemas sofisticados de comunicación y mando vía satélite, termovisores, radares que detectan cualesquiera objetos tanto móviles como estacionarios, así como a personas sueltas, medios de lucha radioelectrónica y armas modernas. Carros blindados, cazas, bombarderos, misiles crucero, en fin, todo lo que crearon los mejores proyectistas e ingenieros de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Pierden guerras los ejércitos cuyo adiestramiento absorbe sumas colosales.

Cuesta trabajo imaginar esta situación. Las tropas en que se gastan anualmente más de medio billón de dólares, o sea, igual que en todas las fuerzas armadas del mundo en conjunto, no pueden nada con mujahedines, el armamento de cada uno de los cuales apenas llega a costar cincuenta dólares. Tratemos de calar en este asunto.
El principal argumento que aducen los analistas militares al responder a la pregunta sacramental sobre la "inutilidad de la fuerza", consiste en que los modernos ejércitos regulares están destinados para combatir contra ejércitos análogos, pero no para pelear contra los guerrilleros, no importa cómo se los llame: terroristas, mujahedines, extremistas o insurgentes. Más aun, en la mayoría de los casos, todos esos así llamados insurgentes carecen de un centro de mando único. Actúan en grupos pequeños, sin coordinar sus acciones. Algunas veces cuentan con el apoyo de la población local simpatizante. Esa misma población engrosa sus filas. De día, un hombre es campesino u obrero vial y de noche, combatiente de la resistencia. Esta gente no entabla combate con grandes unidades militares, sino prefiere tender celadas, atacar a columnas en marcha o a pequeñas unidades cuando éstas hacen alto. También cometen atentados terroristas con explosivos suicidándose en calles y plazas de las ciudades ocupadas.

El principio de semejante táctica es bien sencillo: atacar, abrir un arrasador y retirarse rápidamente y en desbandada, estorbando al máximo la persecución. Así procedían los combatientes de Hezbollah. Así actúan los mujahedines afganos, los combatientes de Talibán, Al Qaeda y de otros grupos terroristas, incluyendo en Chechenia.

Los teóricos del arte militar incluso inventaron un nuevo término para designar esta clase de acciones de combate: guerra asimétrica. Pero de momento no han ideado cómo triunfar en tal guerra.

Se puede obtener victoria sobre cualquier ejército regular, sobre cualquier Estado, máxime si pelean dos contingentes de nivel tecnológico tan distinto: el Ejército de los EE.UU. de comienzos del siglo XXI versus el de Sadam Husein, atascado a mediados del siglo XX y extenuado por décadas de sanciones económicas. Pero es imposible someter a un pueblo, aun cuando en su seno se libren luchas intestinas. Porque siempre llegará un momento en que todos los grupos, clanes y comunidades se unirán para hacerle frente al agresor, aun sin darse cuenta de que están unidos por una meta común.

Así ocurrió en Afganistán, donde las tribus que durante siglos estuvieron enzarzadas en las luchas intestinas, de la noche a la mañana se unieron para hacer frente a las tropas soviéticas. Hoy actúan juntas o por separado (por clanes, comunidades) contra las tropas de la OTAN. Esta lucha también tiene un carácter esporádico, mal organizado, acentuándose cuando las tropas de la OTAN empiezan a fastidiarles demasiado, alterando los usos y costumbres seculares, imponiendo la democracia de corte occidental, un concepto absolutamente ajeno a los países islámicos. Esos países ya tienen su propia democracia. Su norma fundamental consiste en que todas las personas de una tribu viven en obediencia absoluta al cacique, dispuestas a inmolarse por él y por las tradiciones legadas por los antepasados.

Involuntariamente vienen a la mente las palabras de Vladimir Lenin que ya van cayendo en el olvido: "Jamás se podrá vencer a un pueblo, en que la mayoría de los obreros y campesinos haya tomado conciencia de defender a su poder, al poder soviético". Si sustituimos las referencias al "poder soviético" por las a la religión, valores nacionales tradicionales, modo de vida secular, veremos que Lenin tenía razón. Será triste la suerte de aquellos que no deseen tomar en consideración estas verdades inconcusas. Ese reproche es aplicable en plena medida a la actual Administración EE.UU.

Los amigos de EE.UU. (Rusia incluida) advertían a Bush de que la guerra contra Irak, y tanto más bajo un pretexto inventado, podría acarrear consecuencias impredecibles. Pero el inquilino de la Casa Blanca desoyó esta advertencia. Tampoco quiere prestar oído a las recomendaciones contenidas en el informe de la comisión presidida por James Baker. La derrota sufrida por el Partido Republicano en las elecciones al Congreso USA no lo indujo a sacar conclusiones radicales. Mientras tanto, el número de soldados norteamericanos que murieron en Irak se precipita hacia la fatal cifra de 3.000. Y la retirada de Estados Unidos de este país, no importa si se produce este año o dentro de 3, no hará sino provocar un caos todavía mayor, pero ya no en Oriente Próximo sino más allá de su geografía...

La inoperancia de una superpotencia e incluso de toda una coalición de potencias a las que les falla el sentido de la medida y de la responsabilidad política ante sus ciudadanos y los de otros países desemboca en una desgracia común. Es una de las tristes conclusiones que sacamos del 2006.

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Víctor Litovkin, RIA Novosti.
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