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Etiquetas:   Ni éstos ni aquéllos   -   Sección:   Opinión

Necesaria la unidad

Juan Pablo Mañueco
Juan Pablo Mañueco
domingo, 7 de enero de 2007, 22:24 h (CET)
LA ESCALADA de la violencia terrorista con el atentado de Barajas y la intensificación de la lucha callejera en el País Vasco demuestra más que nunca la necesidad de que las fuerzas constitucionales se agrupen en la defensa de unos valores comunes.

La Constitución precisamente los señala: democracia, consenso, superación de antagonismos trasnochados, autonomía y solidaridad entre las Comunidades Autónomas.

Mientras esos criterios han estado en vigor las cosas han funcionado medianamente bien en España, durante casi treinta años. Sería cuestión de analizar y corregir las causas por las que esos valores de unidad de acción han desaparecido en esta legislatura.

Y, a mi entender, es el PSOE de Zapatero, o mejor dicho, es Zapatero al frente del PSOE, el que ha quebrado una línea de probada coherencia.

Intentar gobernar contra la mitad de España, aliándose para ello con cualquier grupo que le procurara estabilidad, aunque fuesen precisamente los más opuestos a los valores constitucionales es un error que debe corregirse. Por esa vía no puede construirse nada estable y no se está construyendo. Gobernar con ERC en Cataluña. Gobernar con el Bloque en Galicia. Hacer ofertas constantes de “diálogo” a quienes nunca han querido dialogar, sino imponerse, como es el caso de ETA, no es una política sensata.

El Partido Socialista Obrero Español ha tenido un proyecto de España. El zapaterismo, no. Al menos, no se le ve por ningún sitio, por más esfuerzos que uno haga.

Sus aliados naturales son, o deberían ser, aquellos que comparten valores constituciones semejantes a los que el PSOE tenía. Pero Zapatero se empeña en buscarlos precisamente en el campo contrario. ¿Está a tiempo de rectificar o, definitivamente, ni aprende ni quiere aprender lo que a todas luces parece obvio?

En cualquier caso, es necesaria la unidad. Con o sin Zapatero. Pero hacia un rumbo coherente.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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