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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

La ‘casta catalana'

Carmen Gutiérrez, Barcelona
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@DiarioSigloXXI
martes, 9 de diciembre de 2014, 09:23 h (CET)
Muchos están calificando últimamente a los políticos como ‘casta’. Tal apelativo puede ser exagerado pero en el caso catalán es cierto que la clase política constituye un grupo socialmente muy diferenciado. Es llamativo, por ejemplo, que los apellidos más comunes en Cataluña sean exactamente los mismos que en el resto de España: García, Martínez, López o Jiménez pero no haya casi políticos catalanes apellidados así.

La política catalana está controlada desde hace décadas por una serie de familias como los Pujol, Mas, Esteve o Roca, apellidos que se repiten en todo tipo de cargos. Es decir, una minoría, por cierto catalanohablante, está en la élite del poder controlando a una mayoría que somos castellanohablantes. Quizá no estemos ante una “casta” pero, sin duda, los políticos catalanes sí son un grupo privilegiado y distintivo.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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