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“La historia de ‘Como la sombra que se va’ ha tirado de mí continuamente mientras la escribía”

Entrevista al escritor Antonio Muñoz Molina
Herme Cerezo
martes, 9 de diciembre de 2014, 08:50 h (CET)



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Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Su obra narrativa comprende ‘Beatus Ille’, ‘El invierno en Lisboa’, ‘Beltenebros’, ‘El jinete polaco’, ‘Los misterios de Madrid’, ‘El dueño del secreto’, ‘Ardor guerrero’, ‘Plenilunio’, ‘Carlota Fainberg’, ‘En ausencia de Blanca’, ‘Ventanas de Manhattan’, ‘El viento de la Luna’, ‘Sefarad’, ‘La noche de los tiempos’, ‘Nada del otro mundo’ (relatos) y ‘Todo lo que era sólido’ (ensayo). Ha sido galardonado, entre otros, con los premios Príncipe de Asturias de las Letras, Nacional de Literatura (dos veces), de la Crítica, Planeta, Liber, Jean Monnet de Literatura Europea, Méditerranée Étranger, Jerusalén y Qué Leer, concedido por los lectores. Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive entre Madrid y Nueva York y está casado con la también escritora Elvira Lindo.

A pesar del fresco, el sol pintaba con gracia la plaza de Rodrigo Botet de Valencia. Era martes, primera semana de diciembre. El agua de la fuente fluía con regularidad, sin demasiado alboroto, desde los surtidores que circundan las tres figuras centrales. Algunos transeúntes aprovechaban la bonanza para hacer un alto, ocupar alguna de las mesas libres y tomar algo en la cafetería de la esquina. El portal número 4 de la plaza, cerrado en doble hoja, se erigió como fondo improvisado para retratar a Antonio Muñoz Molina, de pie, exento o apoyado en el murete lateral. El escritor jienense acababa de llegar a la ciudad del Turia, a bordo del AVE, para presentar su nueva obra, ‘Como la sombra que se va’, editada por Seix Barral, en la que narra los diez días que James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, pasó en Lisboa durante su fuga, tratando de conseguir un visado para viajar a Angola. Ya en la cafetería del Hotel Ayre Astoria, sentados en cuadro con otros colegas, a modo de tertulia del mediodía, compartimos unos minutos, que supieron cortos, hablando de la novela y de su experiencia escritora.

Como comienzo, Muñoz Molina dejó constancia de que la voz narrativa era la suya propia. “Soy muy claro en estas cosas: el narrador en primera persona soy yo y la que aparece ahí es mi vida sin trampa ni cartón”. La coincidencia o la casualidad, o quizá ninguna de ambas cosas, quiso que la segunda novela del escritor jienense, ‘El invierno en Lisboa’, y la última, ‘Como la sombra que se va’, tengan como escenario común la capital lisboeta. De alguna manera y sin proponérselo, la ciudad ha actuado como disparador efectivo para contar dos historias distintas. “Resulta curioso observar como a lo largo del tiempo Lisboa ha formado parte de ambas novelas. Sin duda los chispazos iniciales de donde arrancan las historias proceden de sensaciones muy primitivas. Hasta que no escribí ‘El invierno en Lisboa’ yo no había estado nunca allí y en ‘Como la sombra que se va’ Lisboa se yergue como eje absoluto de la novela, hasta tal punto que ésta no existiría sin ella, porque precisamente lo que hace que la historia fragüe como construcción narrativa es la ciudad. Lisboa ha servido para fusionar la estancia de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, con los dos viajes que hice: uno para comenzar a escribirla y otro para terminarla”.

VERDAD Y VEROSIMILITUD, REALIDAD Y FICCIÓN
Habitualmente, los escritores se preocupan porque las historias, reales o no, resulten verosímiles para los lectores, capaces de hacerles emocionar hasta el punto de que asuman a pie juntillas lo que el narrador les cuenta. “Hay una diferencia entre la realidad y la ficción que consiste en que la ficción puede utilizar elementos de la realidad, todos los que quiera, pero la realidad no puede hacer lo mismo. Es como el periodismo, los que escribimos en prensa deberíamos tener la limitación de que lo que contamos sea verdad. Podemos jugar con la diferencia que hay entre ambas cosas, pero para emitir juicios necesitamos saber que la información que manejamos es fehaciente. El escritor suscribe una especie de contrato con el lector. Si rompe las normas, se carga la historia. El lector ha de disponer de suficientes elementos para discernir si lo que se le cuenta es ficción o no. Otra cosa distinta es que la ficción nos permita acceder a otro tipo de conocimiento”. Muñoz Molina traslada su forma de pensar a lo concreto, a ‘Como la sombra que se va’. “En la forma introspectiva y en la información general de los personajes de la novela, no me he permitido ni un gramo de ficción. Ahora bien, cuando me coloco en la conciencia de Martin Luther King utilizo material que he obtenido de lugares bien informados, pero lo que él piense me lo estoy inventando yo. Como decía antes, creo que es muy importante saber dónde está la ficción y dónde no”.

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LA AUTOFICCIÓN
La autoficción, entendida como la alianza ambigua ente la autobiografía y la ficción, se caracteriza porque narrador y autor se identifican en un mismo personaje. Antonio Muñoz Molina, sin embargo, no lo tiene tan claro. “No sé qué significa autoficción. Hay veces que escribo ficción conscientemente y otras no ficción. Eso es algo que se ha venido haciendo a lo largo de la Historia de la Literatura. Ya estaba en ‘La Política’ de Aristóteles, donde el filósofo decía que él narraba las cosas como fueron y la poesía las contaba como deberían ser. A mí me gusta tocar registros distintos al escribir, porque disfruto mucho variando. En mi novela ‘Ardor guerrero’ quise contar una experiencia en primera persona y era importante para mí hacerlo así, porque aquello tenía una dimensión pública y no podía mentir, ya que se trataba de una memoria. Si hubiera mentido, habría hecho trampa con respecto a las reglas de juego que yo mismo me impuse. En ‘El jinete polaco’ y otros libros construí personajes que, en cierta manera, se parecen a mí pero son inventados. Todo esto no tiene nada de autoficción, es ficción en todo caso autobiográfica”. Y es que la escritura es una manifestación artística de enorme riqueza. “Todo eso son las distintas e interesantes posibilidades que ofrece la Literatura, que se pueden utilizar o no, y lo que da textura a un escrito es que pueda funcionar del mismo modo con distintos registros”.

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‘COMO LA SOMBRA QUE SE VA’
En toda novela hay un primer momento. Un flash, un punto de arranque. En ‘Como la sombra que se va’, también. “El hallazgo de la estancia de James Earl Ray en Lisboa desató en mí una curiosidad enorme, una curiosidad ni objetiva ni histórica, esa sensación distinta que te lleva a escribir una novela. Y te sientas a hacerlo porque la historia te atrapa y te araña, porque intuyes que en su interior existe algo que sólo puede ser tuyo”. Pero esta novela tuvo unos antecedentes que, finalmente, y quizá en contra de lo esperado, condujeron a su escritura definitiva. “Hace cinco años escribí un artículo sobre este asunto. Después incluso pensé en escribir un cuento o una historia inventada más corta. Lo empecé y lo he incluido en el segundo capítulo de la novela, es la historia de un tipo caminando por la calle que llega a la Plaza del Comercio en Lisboa. Sin embargo, al descubrir la cantidad tan grande de documentación que existía sobre este asesino, cambié la naturaleza del proyecto por extensión y porque no hacía falta inventar nada. Existe un informe de la PIDE, la policía secreta de Salazar, sobre James Earl, en el que se describen sus movimientos, los lugares por los que pasó y los que frecuentó. Este material le añade una enorme riqueza al relato y demuestra el carácter novelesco de lo real. Sí, porque hay historias en la realidad que no necesitan para nada a la ficción”. Pero aunque los datos manejados sean reales y ciertos, ‘Como la sombra que se va’ es una novela. “No es una biografía del asesino, sino una novela. Y lo es porque, aunque se base en un personaje real, al introducirte en su conciencia, estás construyendo ficción. Cuando escribes una biografía te sientes limitado, los datos que manejas son concretos y tu trabajo consiste en contrastarlos con la realidad. En este caso, la información era inmejorable y hay momentos en los que me introduzco en su conciencia y no sé nada más. La narración también incluye pasajes ficticios, completamente inventados por mí”. Resulta emocionante deambular por los territorios que James Earl Ray transitó un tiempo atrás. “En realidad, más que una emoción, es la sensación que te impulsa a escribir. Hubo un instante en el que me di cuenta de que, entre el apartamento en el que yo me encontraba y el lugar donde él se alojó, había poca distancia. Eso despertó enormemente mi curiosidad, porque vi que la separación que existía entre lo que él vivió y lo que yo había leído sobre su persona se podía romper. Es el acicate para escribir. Sin eso no habría novela”. Cuando Muñoz Molina recorrió calles por las que el asesino de Martin Luther King había transitado sintió una conmoción especial. “Descubrí una pensión en la Travessa do Fala-So, al final de una escalinata, a la que el asesino había acudido. Saber que allí estuvo el tipo y que subió la misma escalera que yo es una atracción muy irracional, muy poderosa, extraordinaria”.

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LA HISTORIA QUE TIRA DEL ESCRITOR Y EL VACÍO FINAL
A veces las novelas tiran del escritor, a veces sucede lo contrario. En otros casos, la escritura discurre con altibajos, con sobresaltos, a trompicones. Aquí ocurrió lo primero. “En mis novelas nunca hago guiones, me dejo arrastrar. Esta historia era tan poderosa que me tenía atrapado. Al escribir un libro sientes varios momentos de arrebato. Uno al comienzo, cuando descubres e intuyes una forma. Otro a la mitad, cuando percibes que la escritura te atrae irremediablemente. Lo que ha ocurrido en ‘Como la sombra que se va’ es que la escritura tiraba continuamente de mí y yo me preguntaba cómo podía estar tan atrapado por la historia. Como experiencia subjetiva es increíble observar que vas descubriendo cosas que te hacen falta para proseguir. Parece que alguien te las pone delante para que las encuentres”. Esta sensación ha perseguido a Antonio Muñoz Molina hasta en el último aliento del libro. “En el capítulo final de la novela, cuento que dejo de escribir tras pasar todo el día haciéndolo y que salgo a dar una vuelta. En cualquier otro libro eso pasa y ya está, a fin de cuentas el escritor escribe y sale a airearse, pero en esta ocasión noté que hacía falta reflejarlo en el texto, es decir, tenía que estar todo, incluso lo que aconteció después de terminar la escritura”. Al contrario de lo que les sucede a muchos escritores, Muñoz Molina no sintió ningún vacío al finalizar su trabajo. “En el proceso de escribir, tú sabes cuál es la última frase, porque has cerrado ya el arco que abriste al comenzar, y aunque luego regreses al texto para reescribirlo, ya no avanzas en el camino de lo incierto. Reescribes pero sin la sensación de acabar porque ya has terminado. Por eso, cuando envié las últimas correcciones a la editorial, sabía que era lo último que hacía y no tuve ninguna sensación de vacío”.
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