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Gerra del Líbano, ganada por Damaco y Teherán, y perdida por Washington

Marianna Belenkaya
Redacción
jueves, 4 de enero de 2007, 21:54 h (CET)
Hay guerras mundiales y locales. La guerra del Líbano no puede catalogarse ni entre las primeras ni entre las segundas. Está en el medio.

La operación lanzada por Israel más bien contra el movimiento chiíta Hezbollah que contra el Líbano como país, sin lugar a dudas, figura entre los 10 principales acontecimientos de 2006. En esta contienda Israel, lo mismo que Washington, sufrieron fuertes pérdidas. Como resultado, esta contienda cambió no sólo el área mesoriental sino todo el mundo. Sus consecuencias se dejarán sentir también en los próximos años.
No cabe la menor duda de que cada una de las partes involucradas tiene su propia cuenta de victorias y derrotas. Consiguientemente, las enseñanzas sacadas de la guerra son diversas para todos los participantes. Para los militares y políticos, para los israelíes (sean de derecha o de izquierda), para los libaneses (tanto miembros de Hezbollah como del bloque 14 de Marzo), para las autoridades de Teherán, Damasco, Washington, El Cairo, Riad, para las élites gobernantes y los musulmanes de a pie.
Evoquemos los hechos. El 12 de julio de 2006, combatientes de Hezbollah abrieron fuego contra las posiciones de los militares israelíes en la frontera entre el Líbano e Israel. Esta acción dejó un saldo de varios israelíes muertos y dos apresados. Dos semanas antes, el secuestro de un cabo israelí por extremistas palestinos había provocado el comienzo de la operación militar de Israel en la franja de Gaza. En relación con el incidente en la frontera israelí-libanesa, el primer ministro de Israel Ehud Olmert procedió de forma análoga: inició la guerra. Durante los 34 días que duró la contienda las bajas de Israel se cifraron en más de 150 muertos y unos 1.500 heridos; las del Líbano, en más de mil muertos y varios miles de heridos. ¿Quién ganó y quién perdió aquella guerra? ¿Qué puede considerarse victoria y qué, derrota? Las controversias sobre estos temas se mantienen hasta el día de hoy.
Empecemos por Israel. Al dejarse involucrar en esta guerra, los israelíes consiguieron, al término de la misma, cambiar radicalmente a su favor la situación en la parte norte del país. Los combatientes de Hezbollah fueron desplazados de la frontera israelí-libanesa, donde se acantonaron los militares libaneses y fuerzas de la ONU. De este modo fue obviada la amenaza permanente de bombardeos de las zonas norteñas de Israel desde el territorio del Líbano. Fue positivo asimismo para los israelíes el hecho de que la comunidad internacional se distrajera de los sucesos en Gaza y les diera carta blanca para realizar en esta zona operación militar. Ninguna resolución de la ONU condenó como tal la operación militar de Israel contra Hezbollah. Tan sólo se planteó el tema de empleo desproporcionado de la fuerza armada.
Además, durante la guerra Hezbollah no contó con el apoyo de la mayoría de los regímenes árabes. Todo lo contrario, muchos de ellos de hecho se pusieron del lado de Israel. De modo que para Israel los resultados de la guerra difícilmente puedan calificarse como derrota.
Pero el hecho mismo de que hasta el último día de la guerra el movimiento Hezbollah estuviera oponiendo una eficaz resistencia al más fuerte Ejército de Oriente Próximo y hasta se las arreglara para asestar golpes contra el territorio de Israel, causó una fuerte impresión en la comunidad internacional y desalentó a la mayoría de la población israelí. Sin lugar a dudas, la guerra propagandística Hezbollah la ganó.
Las habladurías de que ningún ejército del mundo podrá obtener victoria en la guerra de guerrillas, de que las bajas entre los israelíes no han sido muy altas, de que la economía y el régimen político de Israel pasaron la prueba de la guerra, no pueden remediar la situación. Si calamos en la esencia del tema, veremos que el problema no estriba en la confrontación entre Israel y Hezbollah. El verdadero problema consiste en que a raíz de la guerra los movimientos extremistas de toda laya vieron sensiblemente reforzadas sus posiciones en Oriente Próximo.
Desde luego, a ello contribuyó en sumo grado el caos en Irak y la inoperancia de EE.UU. en este país, pero la guerra del Líbano acentuó el efecto iraquí. Y, además, volvió a evidenciar la derrota de Washington en la lucha con Teherán por la influencia en Oriente Próximo.
Recordemos que durante la guerra, políticos israelíes y norteamericanos afirmaban que la campaña militar lanzada por Israel tendría por resultado el debilitamiento de las posiciones de Hezbollah en el Líbano. Dicho con más precisión, asestaría un golpe contra las posiciones de Irán en Oriente Próximo. Algo parecido se expresaba en relación con Siria.
Pero esto no llegó a ocurrir. Todo lo contrario, precisamente debido a las consecuencias de la guerra del Líbano, hoy, en Washington y Londres se discute a diversos niveles la posibilidad de atraer a Irán y Siria a la solución de los problemas de Irak, así como a los esfuerzos por mover del punto muerto el proceso de paz árabe-israelí. Sin lugar a dudas, Occidente no se apresura a perdonar a estos dos países todos los pecados que les imputa, pero de todas formas está consciente de la necesidad de entablar negociaciones con ellos. El problema radica tan sólo en los grupos de influencia que próximamente se impondrán en Washington. Esta capital hasta ahora no ha definido la política a aplicar en Oriente Próximo.
En relación con ello es muy sugestivo el comportamiento de Damasco que, a diferencia de Teherán, solía mostrar más cautela en el ámbito internacional. Pero hoy también las autoridades de esta capital hablan con Washington desde las posiciones de superioridad. El presidente sirio Bashar Asad, sin ir más lejos, en la entrevista con el periódico italiano Repubblica destacó que hace un año, EE.UU. trataba a Siria como a un país débil y de poca monta. Pero ahora, en particular, en el informe de Baker sobre la situación en Irak se reconoce el papel central de Siria. Más aun, Asad ya formula condiciones, diciendo que prestaría ayuda a EE.UU. en Irak a cambio del respeto de los intereses de Siria en Oriente Próximo. Se trata de la devolución de los Altos de Golan ocupados por Israel y de la situación general en el área, o sea, dejar de acusar a las autoridades de Damasco de entrometerse en los sucesos en el Líbano y en los territorios palestinos.
Según se desprende de lo expresado por Asad, el mandatario sirio no se propone renunciar al apoyo de HAMAS y Hezbollah, algo en lo que insisten EE.UU. e Israel. Por varias razones, no le conviene hacerlo.
La cosa es que en cierta medida el caos en Palestina es favorable para Damasco, ya que en estas condiciones, el arreglo en Oriente Próximo podría efectuarse sólo a través de Siria. Así las cosas, la lógica de Damasco ha de ser sencilla: si Occidente desea dar muestras de siquiera algunos éxitos en su política mesoriental, incitará a Israel a entablar negociaciones con Siria. Y si esto no llega a ocurrir, Damasco en todo caso no pierde nada. Hasta todo lo contrario, pues cualesquiera negociaciones suponen ciertas concesiones que, a la luz de la situación política interna, son indeseables para la élite gobernante tanto de Siria como de Israel.
Pero, a diferencia de los dirigentes israelíes que tras la campaña libanesa ni siquiera pueden permitirse entablar negociaciones sin presentar condiciones preliminares, sin hablar ya de las sucesivas fórmulas de compromiso, Asad, en cambio, sí que está dispuesto a iniciar el diálogo. Esta circunstancia le ofrece a Siria mayores posibilidades para la maniobra en sus relaciones con Occidente.
Por lo que a Hezbollah se refiere, en el momento actual, este movimiento no necesita mucho el apoyo de Siria, por lo menos, el político. Ya sin ese apoyo, la situación en el Líbano se desarrolla a su favor.
Hezbollah no reconoció su derrota en la guerra del verano. Simplemente abandonó la táctica de confrontación directa con Israel (en que de antemano se proclamó ganador) para centrarse en la situación interna en el Líbano con tal de ampliar sus poderes. Los enfrentamientos entre la oposición (uno de cuyos líderes es Hezbollah) y la coalición gobernante que tuvieron por escenario las calles de Beirut en diciembre de este año, también son una de las consecuencias de la guerra con Israel. Y no cabe la menor duda de que Hezbollah se esforzará por sacar de ello el máximo provecho, lo que por enésima vez cambiaría la correlación de fuerzas en Oriente Próximo, fortaleciendo las posiciones de Damasco y Teherán en el área y debilitando a Occidente.
Quizás, es uno de los resultados (y al mismo tiempo enseñanzas) más interesantes de la guerra del Líbano, cuando no son Estados sino grupos aislados los que determinan la situación en la región. No son Irán y Siria los que ahora están alentando a Hezbollah. Es Hezbollah el que les está desbrozando el camino y arrastrando a ellos y a los demás a su juego. Una situación análoga se observa en Irak y, en determinada medida, en la Autoridad Palestina.

O sea, en esta región la comitiva desempeña gustosamente el papel del rey. El rey está representado por Teherán y Damasco, mientras que los demás se ven obligados a tomarlo en consideración. El rey no puede renunciar a la comitiva, pues de lo contrario dejaría de serlo. La campaña militar del Líbano no ha hecho sino acentuar esta tendencia. Y no es casual que muchos regímenes árabes apoyaran a Israel. La razón es bien sencilla: simplemente temían el reforzamiento de la oposición en sus respectivos países, es decir, la repetición del guión que hoy se está llevando a vías de hecho en Beirut. Resumiendo, puedo decir que el problema no radica en Israel ni en el Líbano. Los cambios en la correlación de fuerzas en Oriente Próximo de todas formas se habrían operado. Simplemente, el conflicto árabe-israelí es el motivo más cómodo para ello. Y la campaña militar del Líbano lo volvió a demostrar.

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Marianna Belenkaya, RIA Novosti.


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