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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Lo mejor posible

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 4 de enero de 2007, 21:54 h (CET)
“Despacito y buena letra:
el hacer las cosas bien
importa más que el hacerlas.”


Antonio Machado

En tiempos difíciles, lo único aconsejable es hacer las cosas bien. Y precisamente la tentación es hacerlas mal o por lo menos no cuidarse de su calidad. Cuando se ve que las estimaciones son vacilantes, que se elogia o se vitupera por motivos que no tienen nada que ver con el valor de la conducta o de la obra; que -sobre todo- se administra el silencio de tal manera que se pasa por alto lo importante, como si no existiera, y se habla interminablemente de lo que no tiene más realidad que esa, la de “dar que hablar”, es fácil pensar: ¿Qué más da? y abandonarse, o plegarse a las demandas de los que, según piensan “hacen la opinión”.

Pienso estrictamente lo contrario. Cuando se dan esas condiciones, es absolutamente necesario hacer las cosas lo mejor posible. Y empleo esta expresión porque es aplicable a todos los niveles de excelencia y no supone ni requiere ninguna genialidad, ni siquiera unas dotes excepcionales. Siempre he creído que las dotes son relativamente secundarias, y que lo importante es lo que se hace con ellas. Y esto está al alcance de todos, y por eso somos de ello responsables.

Todos los que quieren tener las ideas claras debieran repasar en su memoria lo que ha sucedido -en España ante todo, pero se puede generalizar, o trasladar a otros países- a lo largo del pasado siglo, para no tomar las cosas desde muy lejos. Véase qué figuras, qué autores, qué obras han parecido eminentes y han recibido plena iluminación; considérese qué ha pasado con esas obras o personas al cabo de algunos decenios; se advertirá que una parte de la realidad actual; cuando se vuelven los ojos a lo que estuvo en primer plano de la atención, en muchos casos resulta injustificable, increíble y uno se pregunta por qué se le dio importancia.

En cambio, otras figuras públicas, otros libros, cuadros, músicas, ideas, películas, crecen al cabo de los años, suscitan admiración, entusiasmo; y lo que es más, esperanza. Invariablemente se reconoce en esos restos del pasado una alta calidad, un esmero en su realización, un grado de autenticidad que los salva del peligro de marchitarse, de ser algo “anticuado”.

Si dejamos el pretérito y volvemos los ojos al presente, cabe ejercitar la imaginación y adivinar qué será en los primeros decenios del siglo XXI de lo que ocupa nuestro escenario público. No es muy difícil. Háganse las cuentas de lo que ha sobrevivido, por ejemplo, del primer decenio del régimen que imperó desde el final de la guerra civil, para tomar magnitudes comparables. ¿Qué figuras públicas merecen nuestra estimación, o simplemente nos parecen interesantes? ¿Qué artistas nos parecen valiosos? ¿Qué libros de entonces seguimos leyendo? ¿Qué ideas, qué juicios resultan respetables, incluso a los ojos de sus propios autores, de manera que los recuerden y repitan?

Pero lo interesante no es separar lo que ha perecido de lo que sobrevive, sin encontrar qué tenía esto último para asegurar su pervivencia. Invariablemente aparecerá la calidad. Y esto nos pone sobre la pista del núcleo de la cuestión, de lo que conviene ver claro.

Pero quiero salir al paso de un error que sería peligroso, que invalidaría todo lo que hasta ahora he querido decir. Al mostrar la coincidencia de la calidad con la pervivencia, no me he propuesto sugerir que debemos buscar la calidad para asegurar la perduración. Este cálculo sería incorrecto, porque nunca se lograría esa calidad si se la persiguiera animado por la creencia de que “trae cuenta”. Ante todo, porque casi nunca trae cuenta, al menos durante mucho tiempo; en segundo lugar, porque las cuentas, en casi todo lo humano, suelen ahuyentar la calidad. Es bien claro que así sucede en el amor y en la amistad, pero también en todo lo que, por contener un elemento de creación o inspiración, se acerca a esas realidades: la literatura, la ciencia, el arte; y también la política, si merece llamarse así.

Sin una dosis de desinterés, de lirismo, de íntima efusión, la calidad se evapora. Nada se puede esperar, de un amor, de una amistad personal, de un libro, un cuadro, una teoría, un proyecto de vida pública, si eso falta. El acierto, lo que hace posible la supervivencia, no se puede buscar directamente, ajustando las cuentas; es, como decía Aristóteles del placer, “un fin sobrevenido”, algo que cae sobre nosotros, inesperadamente, cuando hemos buscado otra cosa. Y como dijo el poeta: “Quiéreme porque te quiero” / no es lo que dice el querer / cuando es querer verdadero. / Las palabras verdaderas / del querer son las que dicen / “te quiero aunque no me quieras”.

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