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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Pérdida de sensibilidad

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 4 de enero de 2007, 21:54 h (CET)
La humareda consecuencia de la disparatada y criminal explosión en el cercano aeropuerto de Barajas, con sus trágicas consecuencias, oscureció el panorama mundial que se divisa desde las alturas del macizo central ibérico donde esta columna tiene asentado su observatorio. Más, la actualidad por muy mediatizada que se encuentre no puede anestesiar la sensibilidad, que no sólo es la facultad de sentir, propia de los seres animados, sino, “la capacidad de respuesta a excitaciones, estímulos o causas”.

El hombre de hoy se siente orgulloso de la maravillosa tecnología que le depara vivir en los comienzos del Siglo XXI. Pero no pude cegar su sensibilidad ante el crimen o la muerte de un solo hombre sea cual fuere su grado de desarrollo biológico, involución de facultades, o los crímenes que se le imputen. La justicia en la sociedad islámica se sirve de los castigos corporales así como de la pena capital. En EE.UU. la ejecución, sofisticada, también es habitual en gran parte de su territorio. Sorprende esta coincidencia, y que, con ello, ambos permanezcan ignorantes de que el principal de los derechos humanos es el de la vida, y que, por ello, la pena de muerte ha de ser abolida.

El repugnante espectáculo difundido por todos los medios, de la ejecución de Sadam Hussein, no puede ser ocultado por humaredas, ni ser ignorado por el gesto de mirar hacia otro lado favorecido por las celebraciones entre fin de año y año Nuevo. Las actuales instituciones iraquíes son de incipiente desarrollo “democrático”, y de todos es sabida su instauración bajo la protección del ejército-más-poderoso-del-mundo, que al final quiso lavar sus manos sacando de entre sus propias prisiones al condenado por un juicio cuestionable, y cuestionado, y entregarlo a verdugos connacionales.

El sátrapa ejecutado “en directo” ha podido ser culpable de horribles matanzas, pero su derrocamiento fue provocado cuando se quiso convencer al mundo de que ocultaba unas armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. Esa equivocación justificó una guerra con miles de víctimas y en cuyo inicio se pisoteó al Consejo de Seguridad de la ONU. Ese difundido cadalso en el tétrico amanecer del penúltimo día del año, ha complicado hasta lo insospechable la paz en las tierras de la anciana Mesopotamia, que, tras los treinta años de tiranía sunní, se arrastran, después de la invasión, en una sangrienta guerra civil.

Tal vez, como en una película bélica, se ha querido incluir en el guión, como final feliz, la muerte del “culpable” de la actual tragedia iraquí. Pero, no ha sido ficción, sino una muerte provocada y difundida como un acto más de barbarie. Lo es porque ningún ser humano tiene derecho de privar de la vida. Entre la justicia, el odio, y la venganza existe un tortuoso camino que la ebriedad, como en cualquier ocupación humana, hace muy peligroso de recorrer. En nuestros días, y como un logro de la civilización, existe un Tribunal Penal Internacional (TPI) para juzgar los delitos contra la humanidad, y, donde cualquiera que hubiese sido la condena que recibiera, el mundo la recibiría con satisfacción y tranquilidad. La cadena perpetua es una pena bien conocida y capaz de mantener apartados de la sociedad a los individuos que vulneran los derechos más sagrados sin caer en la barbarie a la que se ha asistido. La sensibilidad manifiesta su respuesta, fisiológicamente, desde la sensación de los pelos de punta, hasta el vómito.

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