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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La envilecedora injusticia de la guerra

Vladimir Simonov,
Redacción
lunes, 1 de enero de 2007, 18:49 h (CET)
-Ellos tocaron a nuestra puerta, el padre se levantó de la cama para abrirla. Lo mataron de un balazo a través de la puerta, y luego dispararon contra él una vez más. Después, un soldado pasó dentro y nos disparó a todos nosotros. Fingí estar muerta, y él no se fijó en mí...

Son declaraciones de Safa Younis, una niña de 12 años de Irak, que fueron grabadas en vídeo en Hadita, poblado ubicado a 69 kilómetros al Norte de Bagdad, por la organización de defensa de los derechos humanos “Hammurabi”.
Ocho marines de EE UU están mirando estos días al cielo nocturno navideño a través de las rejas carcelarias. En el país comenzó el proceso judicial, al que la prensa local puso el nombre de “Baño de sangre en Hadita”. A cuatro marines se les imputa el “asesinato no premeditado” de 24 iraquíes, incluidos un anciano de 76 años, varias mujeres y un niño de 3 años. A otros cuatro oficiales y soldados los acusan de haber ocultado el crimen cometido por ese cuarteto.
EE UU llegó a la Navidad, época de nobles impulsos del alma y compasión al prójimo, con un proceso en que se investiga el más grande crimen militar en la historia de las guerras que libró el país.
En el banquillo de los acusados están no sólo unos asesinos uniformados, sino también la moral del Ejército de EE UU, la que no pudo mantenerse en pie ante la envilecedora injusticia de una guerra que se libra en un país ajeno.
El 19 de noviembre de 2006, en Hadita a primera vista no sucedió nada extraordinario: al borde de la carretera, por la que transitaba la patrulla motorizada del sargento Frank Wuterich (cuatro “hammer”, con una compañía de marines), explotó una mina de fabricación casera. Es una historia como muchas. Por tales explosiones y los gritos de los almuecines los iraquíes llegan a saber qué hora es.
A causa de la explosión pereció un estadounidense. Su muerte, banal al parecer, conectó algo en la conciencia de sus compañeros que provocó en ellos un ataque de locura. El sargento Wuterich dio la orden de “primero disparar, y sólo luego hacer preguntas”.
Al intuir que la tragedia que sucedió en Hadita podría dañar aún más la reputación de las tropas estadounidenses en Irak, los altos mandos se limitaron a informar evasivamente: “Sí, hubo explosión, pereció un efectivo estadounidense. En el tiroteo que surgió a causa de ello fueron matados varios iraquíes”. Y nada más.
Probablemente nadie se habría enterado de lo sucedido en Hadita, si el periodista local Taher Tabet al día siguiente no hubiese llegado con su cámara al lugar del crimen.
El vídeo desenmascaró cuanto intentaron encubrir los hombres de Wuterich: cuerpos de mujeres y niños en camisas de dormir con manchas de sangre, paredes y techos de las viviendas acribillados por balazos desde dentro, charcos de sangre en el suelo.
Todo ello hacía recordar la masacre de My Lai, aldea vietnamita, en que en 1968 un pelotón de EE UU fusiló y quemó a 500 campesinos. En Hadita, el Ejército de EE UU ha copiado su crimen de hace 50 años.
El vídeo grabado por Tabet llegó a la revista “The Time”, la que dio a conocer al mundo entero la tragedia de Hadita. Hace poco, el Estado Mayor General de EE UU reconoció por fin que en el poblado perecieron 24 iraquíes. El congresista demócrata John Murta supuso que Hadita provoque un escándalo aún más resonante y oprobioso que las vejaciones practicadas por carcelarios estadounidenses en la prisión iraquí de Abu Ghraib.
Es posible que así sea. Pero no importa tanto dónde se derramaron más sangre y lágrimas por culpa de los marines de EE UU: en My Lai, Abu Ghraib o Hadita. Importa comprender por qué, aunque pasan decenios, unas unidades elitistas de la más poderosa democracia industrial del mundo, que siente mucho respeto hacia sí misma, cometen contra ciudadanos extranjeros en sus propios países unas horrorosas fechorías que parecen estar fotocopiadas.
El Ejército tiene mucho parecido con el organismo humano en lo de reaccionar rápido a las circunstancias circundantes. Cuando esas circunstancias se hacen volar 25 veces al día con minas en las calles iraquíes, cuando los marines empiezan a experimentar el sentimiento de impotencia y culpa ante los rebeldes iraquíes que están defendiendo su propio país contra la invasión extranjera, cuando la teoría de Washington de colmar de los bienes democráticos a Oriente Próximo empieza a parecer una mala broma, el ejército ocupacionista está condenado a tener problemas con la moral.
La esposa de un sargento de la compañía que cometió barbarie en Hadita habló a los periodistas de una “total descomposición de la disciplina” entre los compañeros de su marido, “incluidos el consumo de drogas y alcohol y unas ceremonias vergonzosas”. Bajo esto último ella suponía, por lo visto, el happening organizado por la compañía en cuestión en los accesos a Fallujah. Los marines confiscaron caballos a la población local, vistieron una especie de togas romanas, hicieron resonar con ayuda de altoparlantes un heavy rock y organizaron unas carreras improvisadas en carrozas romanas, imitando escenas de la película “El Gladiador”.

Ello permite juzgar del estado de la moral propio de un participante típico de las expediciones militares que EE UU realiza en el exterior. Él se sentirá como un raciocinio supremo que está iniciando a los indígenas en la nueva civilización mundial, concebida a la americana. Al experimentar tal sentimiento, es fácil empuñar un M-16, entrar en una choza, matar a tiros a una familia de muchos niños que estaba durmiendo e irse con un vago sentimiento de lo incompleto del gozo recibido:

“Parece que esa niña iraquí me ha embaucado: sólo fingió estar muerta...”

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Vladimir Simonov, para RIA Novosti.


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