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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Negociaciones sobre el problema nuclear Coreano: un revés equiparable con éxito

Dmitri Kosirev
Redacción
viernes, 29 de diciembre de 2006, 10:32 h (CET)
En Pekín terminó la segunda etapa de la quinta ronda de las negociaciones sextipartitas sobre el problema nuclear coreano.

A primera vista, su culminación tiene poco parecido con un éxito. Un representante del país organizador de la reunión, China, leyó en voz alta una declaración, en la que se señala la disposición de los seis países a llevar adelante el diálogo. Si alguien quiere caracterizar tal resultado de una semana de intensas conversaciones como un fracaso, no se puede prohibírselo.
Pero sí se le puede dirigir la siguiente objeción: tenemos un revés equiparable con éxito.

Primero, puede decirse que Pyongyang, el principal protagonista y participante de las negociaciones, ha escrito nuevas páginas de un manual para los futuros diplomáticos. En la práctica actual, no son muy frecuentes los casos en que se puede observar cómo en unas negociaciones un participante débil, si no obtiene victoria, por lo menos se defiende bien y durante mucho tiempo.

Segundo, en realidad en Pekín fueron contorneados y concretados los acuerdos a conseguir en el futuro. Además, son unos contornos muy reales.

Por ejemplo, Corea del Norte quiere normalizar relaciones con EE UU y concertar un tratado de paz, en vez del armisticio vigente, que fue firmado después de la guerra de 1950-1953. En este caso, Pyongyang promete hacer parar el reactor nuclear de Yonben, en que se obtuvo plutonio para las pruebas realizadas el 9 de octubre de este año, así como autorizará la llegada al país de inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Es de señalar que durante las negociaciones del año pasado, todos los participantes del proceso, incluido EE UU, reconocieron el derecho de Corea del Norte a utilizar energía nuclear con fines pacíficos.

EE UU por su parte le ofreció a Corea del Norte su plan del cese por etapas de su programa nuclear, que estipula el paro del reactor de Yonben y la realización allí de inspecciones de la AIEA. Al propio tiempo, Washington prevé darle a Pyongyang unas garantías de seguridad escritas o firmar un tratado de paz, en vez del actual armisticio. La segunda etapa, según la parte estadounidense, supondría otorgarle a la RDPC ayuda económica y humanitaria, a cambio de la revelación por Corea del Norte de todo su programa nuclear. Durante las siguientes dos etapas se realizarían una inspección total y la liquidación del programa nuclear militar.

Como vemos, los dos participantes clave de las negociaciones dicen en principio lo mismo, sólo no existe unanimidad respecto a quién debe dar el primer paso, y quién, el segundo. En Pekín no lograron eliminar este problema. Pero es obvio que se trata de un problema soluble.

Y tercero, en la ronda (o etapa) actual, se hizo realidad un sueño de Pyongyang: la delegación norcoreana conversó con la estadounidense a solas, en la mayoría de los casos. Los demás participantes (Corea del Sur, Rusia, China y el Japón) asumieron adrede el papel de comparsa, la que en caso de necesidad sujeta al solista por la cintura. La comparsa se necesitó en una etapa en que los dos solistas no querían ni ver el uno al otro. Quizás todavía es prematuro que la comparsa abandone el escenario, pero ello puede suceder tarde o temprano.

Sólo queda tomar una decisión radical: concertar ahora mismo los acuerdos que ya tienen contornos claros, o no hacerlo. La cuestión radica en si está preparada a dar tal paso la Casa Blanca. Pues lo de aceptarlo, significa para ella reconocer que la política de la actual Administración en el derrotero coreano estaba llena de reveses durante 6 años.

Pues cuanto están coordinando en Pekín - no importan las envolturas verbales que se utilicen - significa el retorno a los acuerdos entre Corea del Norte y EE UU de 1994. A Pyongyang se le promete ayuda energética y otra a cambio de renunciar a los programas nucleares militares y proseguir las reformas, que fueron empezadas entre 1999 y 2000, pero se frenan por la actual situación.
Mas lo acordado en 1994 fue un logro de la Administración del demócrata Clinton. Su sucesor, el republicano Bush, tras los primeros dos años casi de falta absoluta del diálogo con Pyongyang, decidió rechazar la política de los demócratas e intentar cambiar el régimen en Corea del Norte. Para comenzar, Bush anunció en otoño de 2002 que Pyongyang reconocía tener programas nucleares secretos. Pyongyang, que no hizo nada de eso (hasta hoy día no existen pruebas de la existencia de tales programas), se ofendió e intentó realizar tales programas. Pero hacia aquel entonces Washington llegó a comprender que resultaría demasiado caro y peligroso emplear métodos militares contra la RDPC. Así surgió una embarazosa pausa, que dura hasta hoy día.

De retomar actualmente la política de los demócratas, Bush reconocería su derrota moral, pero le devolvería a EE UU el papel de importante potencia en Asia del Este, el que fue perdido a causa de la política que aplicaba él. Es un dilema nada fácil. Mientras tanto las negociaciones sextipartitas están llenando la pausa.

Verdad que durante el año pasado, Washington intentó cambiar la situación, elevando las apuestas: congeló las cuentas de Corea del Norte de 24 millones de dólares en el banco BDA de Macao bajo el pretexto de luchar contra el blanqueo de dinero y la emisión de dólares falsos. Verdad que como siempre surgieron problemas con la demostración de ello. Pyongang a su vez elevó aún más las apuestas, dinamitando el 9 de octubre un explosivo nuclear.

La semana de las negaciones en Pekín se califica como un revés, porque Pyongang se niega a debatir oficialmente lo que sea mientras que sus cuentas permanezcan embargadas. EE UU a su vez no quiere reconocer su doble error: primero, sobre lo de Macao, y segundo, con respecto a toda su política coreana. En cuanto a la “respuesta coreana” en forma de explosión nuclear, a los expertos no les impresionó mucho ni esa prueba (desde el punto de vista técnico), ni los lanzamientos de los misiles balísticos coreanos, que la antecedieron.

Por todo ello, la pausa de 6 años proseguirá, y es de reconocer que Pyongyang tiene razón al afirmar que el problema no radica en el contenido del convenio, sino en que sólo los sucesores de Bush en la Casa Blanca podrán firmarlo.

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Dmitri Kosirev, para RIA Novosti.


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