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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El incremento de la libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 28 de diciembre de 2006, 14:42 h (CET)
“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos”.


Miguel Hernández

Pocos negarán los avances de la tecnología en los últimos cincuenta años. No es menester insistir demasiado en ello. El hombre actual tiene una sensibilidad especialmente aguda para lo social y lo económico; el adjetivo compuesto “socioeconómico” tiene tal vigencia que ha venido a convertirse en un tópico en un lugar común; pero no desdeñemos demasiado los tópicos, porque en ellos se expresan algunos rasgos esenciales de cada tiempo.

Estamos en la era de la prosperidad, y lo que es más interesante, de la prosperidad general; la economía ha encontrado lo que se llama desde Kant “el seguro camino de la ciencia”. Y al hablar de técnica y de desarrollo económico no es posible olvidarse de los computadores, ordenadores o cerebros electrónicos, el invento más importante de nuestra época. Con ellos, más que con ninguna otra cosa, la humanidad ha realizado ese “paso a otro orden de magnitud” que es la característica de los últimos cincuenta años.

Pero la significación de los ordenadores no es primariamente científica o técnica o económica, sino que afecta a la misma condición del hombre: a su libertad. Los ordenadores son, en efecto, el más fantástico instrumento de liberación del hombre; hacen por él casi todas las cosas penosas que antes hacía y muchas que simplemente no podía hacer; salvan, en cantidades prodigiosas, lo que constituye la sustancia de la vida humana: el tiempo.

El hombre será, gracias a los ordenadores, cada vez más libre. Se entiende, si -hay que intercalar un gran “si”-, usando una vez más de su libertad, quiere. La fabulosa potencia demiúrgica de los ordenadores tiene que ser usada, manejada, interpretada por el hombre; no suple al hombre, sino que lo prolonga y potencia; es él quien decide qué van a ser, qué van a significar los ordenadores; por eso, esos instrumentos de liberación pueden ser los grillos con que se sujete los pies y manos, los grandes esclavizadores. Depende de que el hombre opte por la libertad o por la servidumbre, por la invención o por el plan recibido desde las oficinas, por la imaginación y la elección o las decisiones desconocidas cuyo anuncio y ejecución se espera pasivamente.

Sería ingenuo desconocer u ocultar que la libertad está en crisis en el mundo, que su existencia está amenazada de mil maneras, que está en juego. Innumerables hombres de muchos países “quieren andar juntos, lana contra lana y la cabeza caída”, como decía un gran filósofo español; han buscado -y naturalmente, encontrado- “un pastor y un mastín”. En esos países ganaderos, los jóvenes -y esto es lo más grave- no han conocido la libertad, no han hecho la experiencia real de ella, y en rigor no la desean ni la echan de menos: no sabrían que hacer con ella; y por eso, en sus sueños “inconformistas” propenden a imaginar lo mismo que conocen y están viviendo, solo que pintado con un color distinto.

Pero hay muchos países en que eso no pasa. Hay muchos en la que la gente no se pregunta “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué vamos a hacer?”; en que no esperan a que la pantalla de televisión o las páginas de un periódico les digan qué va a ser de ellos, sino que lo deciden; en que no aguardan a que le marquen el camino, sino lo buscan, lo eligen, lo siguen por su pie. El horizonte de la libertad tiene oscuros nubarrones; pero si compara la situación del mundo con la del inicio de siglo anterior, en estos primeros años del siglo XXI, lo que se impone con absoluta evidencia es el incremento de la libertad en el mundo. La democracia no es ciertamente vigente en todo el mundo, pero la idea de democracia sí, hasta el punto de que los menos demócratas no se atreven a decir que no lo son, y llaman democracia a sus sistemas, previa su invalidación por un adjetivo tranquilizador: orgánica, popular, dirigida, etc. Y los adjetivos son eso, adjetivos: puede confiarse en que un día no lejano se desprendan y dejen exenta, la realidad sustantiva de la democracia. Y es que, como dijo el poeta: “Mira si será sencillo: / lo que primero está verde / luego se pone amarillo”.

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