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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Cuando las instituciones cohabitan con el separatismo

“Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía.” Jean Jacques Rousseau
Miguel Massanet
domingo, 7 de diciembre de 2014, 19:47 h (CET)
Debemos reconocer nuestra incapacidad para poder asimilar la política que sigue nuestro Gobierno en el espinoso tema catalán. No podemos entender que, cuando los políticos catalanes han venido diciendo, por activa y por pasiva, cuales son sus verdaderas intenciones respecto a sus relaciones con el resto de España, todavía los haya que parecen no haberse enterado, que prefieren hacerse los desentendidos o, lo que todavía resulta más alarmante, que esconden la cabeza detrás del ala por miedo a tener que recurrir a los remedios que la Constitución tiene meridianamente establecidos para afrontar semejantes situaciones de rebeldía. Por desgracia, ya nos vamos acostumbrando a que nuestros mandatarios usen pantalones con elásticos, para que les resulte más fácil bajárselos cada vez que, los separatistas catalanes, les lanzan un órdago, al que se ven incapaces de responder como correspondería, si fueran unas personas que tienen lo que se debe tener y que no están dispuestas a que, España, tenga que presentar la otra mejilla en cada ocasión en que, un zarrapastroso y desleal funcionario de la Generalitat catalana, se atreve a poner en duda la unidad de la nación española. Pero, si ya conocemos a la perfección los demonios que andan sueltos por el palacio de la Moncloa; donde la vicepresidenta Soraya parece que lleva la vara alta y que, sus condicionamientos de mujer liberada aparentan llevarla a creerse bien informada de lo que sucede en Catalunya y, lo que, todavía, es más preocupante, que insiste en actuar como si tuviera en la mano la verdadera solución milagrosa, para lograr que los separatistas catalanes renuncien a sus pretensiones. Lo que acaba de ponernos en guardia y nos deja perplejos es lo que está ocurriendo con la otra institución más valorada de la nación: la monarquía. Hacía tiempo que no nos referíamos a ella, quizá porque pensábamos que, al bisoño monarca, se le debía de dar un espacio para que pudiera establecer sus propias maneras, demostrar su apego a la actual Constitución y dejarnos ver todo lo que se escondía detrás de su apuesta y egregia figura.

Por desgracia, aparte de una serie de medidas de ahorro establecidas para la casa Real, que nos parecen muy bien; seguimos teniendo la sospecha de que sigue demasiado influenciado por las opiniones de un sector de sus amigos y, especialmente, de su señora esposa; que nos hacen barruntar que el monarca se ha dejado influenciar, más de lo que sería deseable, por unas ciertas ideas progres y populacheras que, aparte de su evidente formación en temas trascendentales que afectan al país, quizá le mantienen en una postura equívoca en otros temas en los que quisiéramos verle más implicado; demostrando con más énfasis su compromiso con la unidad de España y la necesidad de que, los preceptos constitucionales, sean respetados por todos los españoles. Debería intentar dejar bien claro que la unidad de España debe ser indiscutida e indiscutible, y que, en ello va, a estar siempre contra cualquiera que pretendiera destruirla.

Tenemos la impresión de que está tan plenamente dedicado a recomponer la imagen, tan perjudicada, de la Monarquía; intentando, con todas sus fuerzas, recuperar la simpatía del pueblo y el carisma que, don Juan Carlos, tuvo en los primeros años de su reinado; que pudiera ser que no le resulte grato ( y quizá doña Leticia se lo haya inculcado) tenerse que manifestar demasiado firme y tajante el en tema catalán; pensando que, si se muestra condescendiente y equidistante de los protagonistas del conflicto, pudiera ser que pudiera aspirar a ser monarca de dos naciones, la española y la catalana. Hablando en serio, no llegamos, como ciudadanos de a pie, a entender que las instituciones se lo cojan con papel de fumar cuando se sabe que, si cuaja cualquier forma de independentismo en Catalunya, lo que va a ocurrir es que la metástasis será inmediata, comenzando por el País Vasco y afectando, una a una, al resto de autonomías. No caben juegos ni pasividades criminales que pudieran dar opción a semejante desastre nacional. Solo la valentía y la decisión pueden acabar, de una vez, con tanta amenaza y pitorreo.

Al respeto y con todos los respetos por SM la Reina Leticia, debemos de comentar que parece que, desde que su esposo el Príncipe, fue designado como Rey del país, parece que se ha tomado demasiado en serio lo de su realeza y debe haber pensado que, el ser reina, la obliga a convertirse en un trending topic de la moda mundial; en lo que parece que está obsesionada; de manera que, en sus actuaciones oficiales, tiene el aspecto de haberse transformado en una figura de cera, vestida a la dernière y con un envaramiento que no permite que ningún músculo de su cara pueda moverse ni ninguna curva de su anatomía perder el sentido de la verticalidad; lo que, cuando anda, da la impresión de haberse tragado un palo, algo que le resta naturalidad y cercanía, dos cualidades imprescindibles si lo que aspira es a hacerse simpática y querida por el pueblo llano.

Mucho nos tememos que, habiendo fracasado las negociaciones secretas del Gobierno con la Generalitat, con la vergüenza nacional de que se celebrara la consulta por el derecho a decidir, planteada por los separatistas; cuando se han roto, de puertas para afuera, los contactos entre ambas partes, el señor Rajoy y su vicepresidenta, hayan decidido pedirle a SM Felipe VI que haga las gestiones acerca de Mas y los separatistas, para buscar un punto de encuentro que les permita solventar esta difícil situación en la que, la cobardía de unos y la insensatez de los otros, ha metido a España entera. No le vemos sentido a que, el Rey, menudee sus viajes a Barcelona, con cualquier excusa, cuando hace unos meses las visitas de la realeza a Barcelona eran escasas. Hoy mismo, hemos visto una fotografía, en un medio de Barcelona, en el que el Rey conducía un vehículo, por la fábrica SEAT, y sentado a su lado, el señor Mas se mostraba locuaz y sonriente mientras, su real acompañante, sonreía con gesto de complicidad. ¿De verdad, es esta la imagen que se quiere dar, cuando cada día uno u otro de los gobernantes catalanes, lanza palabras de reto, desafío y críticas a España y a sus autoridades? ¿Es esta la pretensión de dar sensación de normalidad, riéndoles las gracias a quienes no quieren seguir unidos al resto de españoles y lo han demostrado desobedeciendo al TC y a los tribunales de la nación?

La situación es esta: en unos meses elecciones autonómicas y, en un año, legislativas. Los nacionalistas saben que ganando tiempo pueden tener más posibilidades cuando, en las legislativas, es posible que las izquierdas se hagan con el gobierno y perciben que esto les va a favorecer. El señor Rajoy y su gobierno piensan exactamente lo mismo y prefieren ahorrarse, como han hecho con la ley del aborto, las dificultades de afrontar ambos temas que, sin duda, resultan espinosos para cualquiera que deba bregar con ellos. Los españoles, que residimos en Catalunya, abandonados a su suerte en un país extranjero y sujetos a ser considerados una minoría de “indeseables”. España rota, si es que los de Podemos no acaban por arruinarla por completo. ¡Bravo por nuestras instituciones, han conseguido rematar lo iniciado por Rodríguez Zapatero! Y ¿qué nos queda a los infelices que hemos clamado en el desierto? Rezar.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie vemos como, día a día, las esperanzas de seguir siendo españoles se van esfumando.
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