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Etiquetas:   Política   -   Sección:   Opinión

Una concordia civil llamada España

“La nación más fuerte del mundo, es in duda España. Siempre ha intentado autodeastruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo” Otto Von Bismarck Canciller fundador del moderno Estado alemán
César Valdeolmillos
viernes, 5 de diciembre de 2014, 10:27 h (CET)
Aquel edificio al que hace 36 años se le pedía al Gobierno de Adolfo Suárez que cambiase las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; que cambiase los conductos de la luz, sin dejar de dar luz cada día; que se cambiase el techo, las paredes y las ventanas sin que el viento, la nieve o el frío perjudicasen a los habitantes del mismo, incluso se le pidió que ni siquiera el polvo que levantan las obras de remodelación manchasen a nadie; aquel moderno y confortable edificio que con tanto esfuerzo, voluntad y entrega por parte de todos en que fuimos capaces de convertir el arruinado e inservible caserón de la dictadura, ha servido para que los españoles vivamos en armonía el más largo período de paz, progreso y bienestar que España ha conocido y ha posibilitado a nuestro país, ocupar por derecho propio un lugar de preminencia en el concierto internacional.

Hoy habrá muchos españoles que por razón de su edad y porque nadie se ha encargado de explicárselo, que no tendrán idea de quien fue Adolfo Suárez y mucho menos de la magistral obra política que supuso, respetando escrupulosamente la legalidad vigente, sustituir los Principios Fundamentales del Movimiento por la Constitución de 1978, paraguas bajo cuyo refugio y amparo, a pesar de todo, hemos alcanzado el estado de bienestar del que todavía disfrutamos.

Aquella etapa en la que los españoles acometimos la compleja obra de transformar el lóbrego caserón —símbolo de la confrontación entre hermanos— en el cómodo hogar en el que todos podríamos convivir sin menoscabo de nuestras plurales particularidades, constituyó el gran debate nacional sobre nuestro futuro.

De la voluntad común de construir un mañana armónico en el que todos encontrásemos nuestro lugar, nació el diálogo sereno y sosegado que nos proporcionó la luz que necesitábamos para poder elegir con rigor y garantías la morada más adecuada y satisfactoria para todos los españoles. Ante España se abría un nuevo horizonte en él que habría de enmarcarse la Constitución de 1978.

La constitución de 1978 fue ratificada por el 88,54% de los votantes superando los dos tercios del censo electoral. Para sorpresa de propios y extraños, en aquella consulta, el pueblo catalán superó la media nacional, alcanzando el 90,46% los catalanes que votaron afirmativamente esa Constitución a la que ahora sus dirigentes califican de corsé o prisión y candorosamente afirman que no sirve porque las actuales generaciones no la votaron. Y es absolutamente incierto que los vascos no votaran la Constitución que conmemoramos. Por el contrario, el sí obtuvo en las tres provincias vascas 479.205 votos y el no, 163.191, lo que supuso un refrendo del 54,50%.

Fue el PNV quien promovió la abstención y por ella optaron 859.427 personas. Pero, el rigor de los datos, demuestra que la afirmación de los nacionalistas vascos, “los vascos no aprobamos la Constitución” es mentira.

La realidad es que en los nacionalismos, los símbolos tienen más importancia que las realidades, por ello los nacionalistas vascos prefirieron seguir jugando a no ser constitucionales españoles y a convencerse de que los fueros eran su única constitución. Pero la verdad de los datos es muy tozuda y como reflejan los mismos, el pueblo vasco, al igual que el catalán, eligió un camino muy diferente al de sus dirigentes.

La existencia de las leyes solo se justifica si estas están al servicio de la ordenada convivencia social de los ciudadanos y por tanto las mismas deben de ir acomodándose a la evolución de los tiempos.

Es posible que en el transcurso de los 36 años de vigencia de la Constitución, se aprecie la necesidad de revisar algunos aspectos de la misma, pero si como se demuestra a los ojos de cualquiera que quiera ver, la que fue la culminación de la gran obra de la transición, nos ha servido para alcanzar un progreso incuestionable, yo no hablaría tanto de una reforma, como de una actualización, atendiendo en la medida en que sea posible, no tanto a las a veces peregrinas y siempre interesadas de los partidos políticos, sino a las auténticas y reales necesidades de nuestra sociedad.

Hay quienes creen —y creo que lo hacen honradamente— que la solución de nuestros problemas territoriales pasa por una España Federal. Lo cierto es que nuestra primera Ley constituye un espacio de convivencia mucho más liberal que otros europeos ya existentes y tan generoso y avanzado, que recogiendo la reivindicación histórica de autonomía, encarnada desde comienzos del siglo por el despliegue de los nacionalistas catalanes y vascos, cedió un poder a las regiones mucho amplio que el del que gozan muchos estados federales europeos.

La experiencia nos enseña que el triunfo del federalismo radica en el principio de lealtad, que como se sabe se basa en el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien.

Desafortunadamente, ese principio ni se ha cumplido, ni al parecer hay voluntad de cumplirlo de cara al futuro por parte de los partidos nacionalistas. En 1978, con importantes renuncias por parte de todos, primó la voluntad del consenso. En la actualidad, con irrealizables y demagógicas pretensiones que nos harían desandar el camino recorrido, el único norte que orienta su brújula, es el de la ruptura, a pesar de las desastrosas consecuencias que a todos nos acarrearía.

Sin la existencia de un clima de preacuerdo generalizado que nos marque el rumbo hacia donde queremos dirigir esta nave a la que llamamos España, sino que por el contrario cada uno desea arribar en un puerto diferente, ¿Es posible, ni juicioso iniciar un viaje a ninguna parte?

Pienso que en estos momentos en los que muchos cuestionan la vigencia de nuestra Carta Magna convendría recordar lo que sobre la misma pronunció Adolfo Suárez:

“Con la Constitución, es posible lograr una concordia civil llamada España, donde convivan ciudadanos que, por tener diferentes opiniones, creencias o convicciones, se complementen entre sí. Quienes matan, secuestran y extorsionan, quienes optan por la violencia como método de actuación política, no son nuestros complementarios. Sólo son los destructores de los valores democráticos. El mal que procuran y el daño que infringen, nos lo hacen a todos”.
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