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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Tocando el resbaladizo tema de la Iglesia

Sin duda alguna el nuevo pontífice ha marcado un antes y un después dentro de la curia, tanto la vaticana como la del resto del mundo
Miguel Massanet
martes, 2 de diciembre de 2014, 08:05 h (CET)
Verán ustedes, si uno quiere dar su opinión particular sobre cualquier tema, lo primero que debe hacer, si no está obligado a prestar “fidelidad” a un “amo” determinado o depende, para poder vivir, de estar subordinado a unas determinadas directrices; es, sin duda alguna, no dejarse amilanar por “el que dirán” o prescindir, sin el menor temor, de lo que opinen sobre aquel asunto determinado el resto de ciudadanos que, evidentemente, tendrán el derecho a opinar lo contrario en un Estado donde existe la libertad de expresión.

Siguiendo esta línea y aún sabiendo que el tema religioso es siempre un camino lleno de arenas movedizas, de falsas interpretaciones y de múltiples y peligrosas facetas, ante las cuales es muy posible que, sin pretenderlo, el opinante toque las fibras sensibles tanto de los descreídos como de los creyentes si se atreve a decir lo que realmente piensa al respecto. Sin embargo, sin pretender más que expresar una opinión subjetiva y confesando no ser un especialista en la materia, tengo la impresión de que, como parece que afirman algunos en un polémico libro acabado de aparecer, la elección del actual Papa, Francisco I, quizá fue precedida de una campaña organizada por varios cardenales que consiguieron el acuerdo con Bergoglio. Se trata de un libro, cuyo autor es el periodista británico Austen Ivereigh, en el que se habla de que el cardenal británico Corman Murphy O’Conor, el alemán Walter Harper, el belga Grodfried Daneels y el alemán Kart Lehmann, en los días que precedieron al cónclave en el que fue elegido papa en el 2013, consiguieron “el acuerdo” del actual Papa para ser designado. Posteriormente se pusieron a trabajar en una fuerte campaña de promoción de Jorge Mario Bergoglio.

Sin duda alguna el nuevo pontífice ha marcado un antes y un después dentro de la curia, tanto la vaticana como la del resto del mundo. Se muestra muy crítico con determinadas costumbres vaticanas y está llevando a la práctica una auténtica revolución dentro de la afianzada y excluyente curia italiana, que tenía copadas muchas de las funciones fundamentales dentro de la administración y finanzas del Vaticano. Algunos creen que ha logrado crearse potentes enemigos, que no están de acuerdo con todas las innovaciones que Francisco I está llevando a cabo y, menos todavía, con respecto a temas teológicos o ecuménicos como los pasos que está llevando a cabo para conseguir la unificación de la iglesia católica, la ortodoxa, la judaica y la misma iglesia Anglicana, presidida por la reina Isabel II de Inglaterra y bajo la dirección del señor arzobispo de Canterbury ( centro focal de la comunidad anglicana). Por otra parte, su concepto social de la política, sus ataques al capitalismo y sus ideas igualitarias han conseguido que, en diversos sectores conservadores de la sociedad, se tenga la impresión de que se trata de un Papa “comunista”, con ideas demasiado avanzadas y poco adecuadas para el modelo de sociedad que se pretende para la UE.

Lo cierto es que, en su reciente conferencia en Estrasburgo, ante una audiencia multicultural y representantes de la política de toda Europa, las palabras pronunciadas por el pontífice Francisco I tuvieron, además de una profunda significación religiosa, un cierto tinte revolucionario. Tanto es así que, el ubicuo, Pablo Iglesias de Podemos, a diferencia del resto de miembros de su grupo en el Parlamento Europeo, que abandonaron la sala cuando el Papa inició su discurse, él permaneció escuchándolo con tanto entusiasmos que, al finalizar, prorrumpió en aplausos y gritos de alabanza al Papa. Fue tanto el fervor con el que acogió las palabras de Francisco I que se mostró dispuesto a visitarlo en el Vaticano o a que, el Papa, lo visitara en su domicilio en Madrid. Tengo que admitir que, como católico, me siento como si estuviera en la cuerda floja, porque no acabo de entender que, después de tantos siglos de hablarnos de los herejes, de lo malísimos que son, de las excomuniones a quienes participan en sus ritos y hasta en los impedimentos para contraer matrimonio con alguna persona de otra confesión religiosa; estas prisas, estos abrazos, estas participaciones en sus ritos, estas declaraciones de unidad no dejan de sorprendernos. ¿Si debía hacerse, por qué los anteriores pontífices no lo hicieron? ¿qué pasa con todos aquellos judíos, protestantes, o renegados que fueron castigados por la Inquisición por el simple hecho de no querer convertirse al catolicismo? Si antes era pecado, ¿puede el actual Papa, de un plumazo, borrarlo?

No decimos que no esté bien la unidad, pero nos parece una tarea casi imposible que compaginemos a quienes no aceptan la virginidad de la madre de Dios; los que nos hablan de que Jesús tenía otros hermanos, aquellos que no creen en que en la Eucaristía esté la carne y sangre de Dios o los que no aceptan que la sexualidad y sus distintas prácticas sean pecado sólo porque los Mandamientos lo digan. Puede que exista, dentro de la actual Iglesia, una especie de aceleramiento, como si ahora las prisas les hubieran entrado y de un golpe se quisiera recomponer lo que durante siglos se ha ido estropeando. O la Iglesia empieza por entonar un mea culpa, reconociendo que, en diversas materias, puede que hayan exagerado en su valoración y represión o es muy posible que, como ya está sucediendo, los fieles cada día sean menos, más críticos, y poco dispuestos a que sea la Iglesia y no la palabra de Cristo la que fije lo que ha de ser reprobable y lo que no.

Debemos confesar que, en un principio, la elección del papa Francisco I nos pareció un acierto y una bocanada de aire fresco muy conveniente para una Iglesia anquilosada en un pasado inmovilista y necesitada de una remozamiento que la pusiera a la altura de los tiempos que corremos, actualizando la doctrina de Cristo para situarla lejos de la civilización de aquel Siglo I y sus costumbres y técnicas arcaicas, para actualizarla a la problemática moderna. No obstante, no podemos dejar de advertir en el papa Bergoglio, en su persona humana y no en su condición de Sumo Pontífice de la Iglesia, unas ciertas tendencias hacia un obrerismo que nos recuerdan mucho las doctrinas del peronismo y que, en ciertos aspectos de la política, puede que nos evoquen, más de lo que nos gustaría, a la actual presidenta de la Argentina, señora Fernández de Kirchner.

Puede que el querer solucionar, de una vez, los problemas de pobreza en todo el Mundo( problemas que, por desgracia, siguen siendo los mismos que, as través de los siglos, se han venido reproduciendo; sólo que, en la actualidad, gracias a las nuevas técnicas de comunicación, son más conocidos en todos los países del orbe), le impela al Papa a forzar la marcha y, sin darse cuenta o a propósito, chi lo sá, parece que propone un cambio social que tiene mucho que ver con aquellos regímenes que, como se ha venido demostrando a través de los años, han propugnado la estatalización de la economía, la socialización de la miseria, la renuncia al progreso y un sistema igualitario que, siempre, ha precedido a los grandes fracasos nacionales y fiascos económicos, propios de los infumables regímenes comunistas del anterior telón de acero.

Es posible que veamos las cosas desde un prisma equivocado, pero también cabe la posibilidad de que, quien ha vivido tantos años en un país sujeto al peronismo, acostumbrado a las actitudes dictatoriales de un gobierno de izquierdas, haya tenido una percepción poco clara del Capitalismo que, si bien debemos reconocer que ha creado grandes monstruos económicos, nadie podrá negar que también ha contribuido, de forma determinante, al progreso de las naciones y a la mejora del nivel de vida de sus habitantes, en aquellos lugares en los que este sistema se ha implantado. O así es como, desde la óptica de un ciudadano de a pie, se ve con una cierta perplejidad ciertas complejidades del Vaticano. Claro que “doctores tienen la Santa Iglesia” ¡pues sí!
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