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Sábado en URGENCIAS y en La Romareda

Herme Cerezo
Herme Cerezo
sábado, 23 de diciembre de 2006, 10:52 h (CET)
Sábado 16 de diciembre, las 3 post meridiam. Una anciana, casi nonagenaria, llega al Servicio de Urgencias de un hospital público de Valencia, cuyo nombre no quiero citar. Procede de un ambulatorio de guardia, provista de un diagnóstico probable, con la intención de que le practiquen una ecografía rápida, según recomendación de la doctora de guardia, “si comienza el circuito reglamentario, médico de familia, especialista, citación para las pruebas, etcétera, va a tardar mucho más”.

En la puerta se arremolinan, inquietos, un montón de personas, de pie, fumando cigarrillos o hablando por los celulares. Sus rostros están desencajados, serios o, al menos, nerviosos. Bajo el parasol de la entrada, una ambulancia, con la bodega abierta, muestra sus intimidades. En el vestíbulo, hay más gente, gente que se mueve, que no fuma porque no puede, que se irrita y parlotea, como los de fuera, a través de sus celulares ― parece demostrado que sin estos adminículos no sabemos manejarnos, ¿qué hacíamos antes, cuando no existían? That’s the question, the big question ― y otros enfermos, en sillas de ruedas, con neuralgias, fiebres desmesuradas, esguinces, mareos, vómitos ... A un lado, una cabina telefónica, en paro forzoso, enmudecida por los celulares, preside la escena. Distribuidos por toda la estancia, pegados sobre el alicatado antiguo y espeso de las paredes, unos carteles anuncian una huelga de médicos durante los días 21 y 22 de diciembre. Los galenos protestan y afirman, con todo respeto, que cobran menos que un fontanero, un electricista o un albañil. A Recepción se asoman varias personas, SIP en ristre, que aportan los datos que les piden desde el otro lado del mostrador. En el Triaje, una doctora se afana por encauzar las patologías a donde corresponda: pediatría, traumatología, medicina interna, etcétera. De vez en cuando, “fulanito de tal acuda al box uno; menganita de cual, acuda al box seis”, zumban los altavoces. Las y los auxiliares zigzaguean por direcciones imprecisas e imprevistas (depende del momento, de la hora, del cansancio, de la urgencia, de la gravedad). Los guardas jurados tratan de impedir el acceso de personas ajenas ― como si del paddock de un circuito de fórmula uno se tratase ― a la zona de boxes y la azafata de información, con terno azul y cara imposible, atiende lo mejor que sabe, lo mejor que puede, lo mejor que le dejan, las preguntas, “¿sabe algo de mi marido? Vinimos hace tres horas y aún no nos han llamado”, de los familiares que pululan a su alrededor.

A la anciana casi nonagenaria que llegó a las tres, la reclaman a las cuatro para que se acerque el Triaje. El facultativo de turno escucha las respuestas a sus breves preguntas. Toma nota, “en cuanto sea posible le llamarán al box para ser atendida, mientras tanto aguarde en la Sala de Espera”, y les invita a salir.

La Sala de Espera es de dimensiones regulares, rectangular, capaz de albergar algo menos de cien personas, dotada de asientos de plástico, plantas artificiales, un televisor y máquinas de comida y bebida. El familiar estaciona a la anciana, como si fuese un turismo, en una esquina. Sale a estirar las piernas, vuelve a leer los pasquines y empieza a pensar que, tal vez, los médico lleven algo de razón con su protesta. Pero todavía ignora cuánta, cuánta razón, claro.

La espera se prolonga. El tiempo pasa lento en URGENCIAS. Es un tiempo distinto, otro tiempo. En el papel no se percibe, pero cuando se vive, sí. El “en cuanto sea posible” dura exactamente tres horas y el familiar y la anciana contemplan un completo repertorio de calamidades: una joven con un flemón, cinco o seis ambulancias habitadas por pacientes graves, menos graves e inconscientes, una pareja de guardias civiles que llevan a un compañero enfermo, gente joven con esguinces o brazos rotos, un pakistaní lesionado en la columna tras un accidente de coche, niños con fiebre y convulsiones ... Es preferible no seguir.

Están en ayunas, así que mejor tomar algo. La anciana y su familiar, a golpe de euros, comen rosquillas y beben agua de las máquinas expendedoras. Luego, con infinita paciencia ... se desesperan, se obnubilan, se aletargan.

A las siete, “fulanita de tal, pase al box nueve”, avisa el altavoz. La anciana y su acompañante se sobresaltan y olvidan su letargo: la llaman, por fin, sí, es a ella. Una doctora, morena, joven, la atiende espléndidamente. Un reconocimiento completo que comprende toma de tensión, palpaciones abdominales, análisis de sangre y unas placas. En menos de media hora, todo concluye. Ahora sólo resta esperar los resultados de las pruebas, especialmente las de los análisis. La espera es el deporte nacional en URGENCIAS. Los enfermos continuamente baten récords en esto. Suena un celular y el familiar de la anciana atiende la llamada. Cuando termina, consulta su reloj: ya son las ocho. Le cuesta recordar cuánto tiempo llevan allí. Pero aún queda un buen trecho.

Las rosquillas entretuvieron su apetito sólo por un rato. Así que el acompañante sale a por unos bocadillos. Regresa con ellos. La anciana come la mitad del suyo. No tiene hambre, sólo quiere regresar a casa. Le importa un bledo lo que tenga. El familiar, poseído por el tedio, engulle su bocadillo y el resto del otro. Después arroja los desperdicios en una papelera y sus ojos tropiezan de nuevo con los carteles de la huelga. Es indudable que la porción de razón de los galenos ha aumentado desde su lectura anterior.

Mientras, la comitiva que atraviesa la puerta de URGENCIAS sigue incesante: un hombre, que ignoraba que le iban a ingresar, es ingresado, hay runrún de toses, amagos de vómito, estornudos, ojos vidriosos, miradas desvaídas, conversaciones dudosas. El nivel de voz sube, “silencio, por favor”, ruegan los altavoces una y otra vez. En algún campanario cercano dan las diez. La gente, impaciente, dirige sus miradas hacia el monitor de la Sala de Espera, pero el fútbol no aparece. Los canales que ofrecen el partido del Valencia no se reciben allí. Así que los futboleros, sanos o enfermos, miran resignados a los Simpson sin sonido ― aunque el televisor tuviera voz, el barboteo de las conversaciones no permitiría escucharlo ―, luego anuncios y más tarde un programa del corazón.

Las once ya son historia. Hace un rato que ha marcado el Valencia en La Romareda. “Ha sido Angulo”, anuncia una mujer que escucha el partido en un emepetrés. Las ventanas de URGENCIAS hace mucho rato que miran a la noche. Y todo sigue igual. El flujo de enfermos urgentes es incesante. “Últimamente, es siempre así, todos los días”, aclara una voz anónima. En la toldilla de la entrada, unos adolescentes sudamericanos, tal vez ecuatorianos, probablemente peruanos, ataviados con gorras de béisbol, deportivas blancas y cazadoras exóticas, se fotografían con sus celulares para entretener la espera; una mujer de rasgos agitanados trata de dormir a su bebé hasta que le llegue el turno; un enfermo canoso sujeta su cabeza con la palma de la mano. Hay en su rostro un gesto resignado, de derrota, de sumisión triste. “Llevo aquí desde las doce de la mañana”, declara otra voz anónima, mientras un joven embutido en un chándal rojo palpa su abdomen y se queja de tanto en tanto, “hay que esperar los resultados, chaval” le tranquiliza su padre.

Va a sonar la media noche cuando llaman a la anciana nonagenaria, “fulanita de tal ...etcétera”. La ve la misma doctora que la reconoció. “Una importante retención de heces, propia de personas de edad avanzada, es lo suyo”, informa al familiar. Le receta una lavativa, disfrazada con un nombre mucho más técnico, más científico, más indescifrable. Le pide disculpas por la demora y comenta que los días 21 y 22 se va a sumar a la huelga porque “a seis euros la hora de la guardia, ya me dirá usted. La señora que limpia mi casa gana más que yo. El nuevo hospital que están construyendo tendrá televisión de plasma en todas las habitaciones y nosotros, a seis euros la hora”, añade y repite. Y el familiar comprende que un hospital no es un hotel de recreo, sino un lugar de sanación. Que, sin duda, la distracción también es interesante, pero no es lo primordial y que mejor utilizan los recursos en cosas útiles.

La mujer casi nonagenaria y su escolta familiar, se cuelan en un taxi y abandonan las URGENCIAS rumbo a casa. Llegan cansados, con hambre de cama y, sobre todo, con la irrefutable certeza de que algo pasa en la sanidad de la Comunidad Valenciana. Cuando se acuesta, el familiar recuerda los panfletos del paro médico de los días 21 y 22 y descubre que, ahora, ya sabe cuánta razón tienen los médicos para protestar: mucha. Menos mal que el Valencia ganó, aunque sólo por cero a uno.

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