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For favor, no me envíen SMS

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 23 de diciembre de 2006, 09:15 h (CET)
Sí, ya sé que ustedes van a decir que me he puesto ñoño y melancólico, y también que me estoy haciendo mayor. Más mayor. Pero es que desde hace unos años se está desarrollando en mí un rechazo a las fiestas navideñas, pido perdón.

Cuando llegan estas fechas me vienen a la cabeza momentos de mi infancia, santa infancia ya tan lejana, y la comparación es más odiosa que nunca. Melancólico y ñoño, ya digo. Cuando yo era niño la Navidad era una celebración social y costumbrista, como ahora, pero también y sobre todo, íntima y familiar al mismo tiempo. Había para su celebración una causa próxima a los sentimientos más nobles del ser humano que nos impelía a reunirnos, a estar alegres y satisfechos dentro de la precariedad de aquella época y satisfacer a los demás, causa de la que ahora a veces se prescinde.

La Navidad era entonces un regocijo íntimo que se celebraba en familia, nunca empezaba antes de que los niños de San Ildefonso dieran la señal de partida con su salmodia habitual. Su monótona letanía burlaba puertas y ventanas y llegaba hasta las calles heladas por las que transitábamos camino de la escuela. Sólo entonces empezaba aquella Navidad que todos llevábamos esperando tanto tiempo, sobrecogidos por la emoción y misterio que la envolvía.

Hoy en cambio, época de prisas y ansiedad, la Navidad empieza cuando le da la gana al Corte Inglés y generalmente suele ser una larga etapa que va desde que acaban los “ocho días de oro” hasta que empieza la “quincena fantástica”. Yo ya he visto colocar los adornos urbanos de mi ciudad a 31 de octubre. El acto familiar más importante de la Navidad actual es acudir en masa el domingo por la mañana al hipermercado, zapatos de tacón y chándal de firma por delante, a llenar el carrito. De lo que sea. Cueste lo que cueste.

Consumir frente a vivir, ésa es la diferencia. Antes vivíamos la Navidad, en singular y con mayúscula. Ahora consumismos las navidades, plural y minúscula. Las consumimos. Hemos pasado de una sociedad ingenua en la que cualquier pequeña novedad provocaba general satisfacción a otra permanentemente insatisfecha aunque deje vacíos los hipermercados, y en ese ¿avance? hemos ido desprendiéndonos estúpida y banalmente de algunas de tradiciones y sentimientos que venían siendo usuales, sustituyéndolos por otras costumbres extranjerizantes y en buena parte laicistas, para estar en consonancia con los tiempos zapateriles. ¿Por qué todo lo extranjero tendrá entre nosotros ese predicamento? ¿Por qué las canciones, los relojes, los electrodomésticos, las modas y todas las cosas importadas nos gustan más que las nuestras? ¿Por qué esa rendición incondicional ante todo lo que viene de fuera?

¿Por qué no nos bastan nuestras tradiciones? ¿Por qué necesitamos colgar de nuestros balcones ese horrible hombre del saco vestido para llamar la atención, ese espantajo con pinta de Papá Noel enano que más parece sanguinolento piojo reventón? ¿Por qué parece que nos ha invadido una horrorosa plaga de papanoeles de trapo dispuestos a escalar todos los edificios de la ciudad? ¿Por qué necesitamos llenar de horteras luces multicolores las fachadas, ventanas y balcones de nuestras casas particulares? ¿Quién ha convocado esta competición de vulgaridad, mal gusto y ordinariez? ¿Qué necesitamos demostrar a quién? ¿Por qué?

Y la última moda salida de la estupidez colectiva, esa nueva tontuna social que consiste en enviar miles de SMS navideños y de fin de año con el único afán de descubrir quién es el más ingenioso de la clase, el que inventa la consonancia más tosca y provoca las mayores risotadas de la pachanga familiar. Cuando se acercan estas fechas los dueños de las empresas telefónicas deben frotarse las manos con la chocarrería colectiva, millones de SMS que pueblan el éter yendo y viniendo de teléfono en teléfono sin parar, reclamando nuestra atención entre sobresalto y sobresalto, con estúpidas rimas incongruentes, con deseos artificiales, con buenas intenciones de cartón piedra.

Por favor, que no, que no me anden enviando SMS, ya ven que estoy ñoño y melancólico. Ya vale.

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