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Etiquetas:   Escultura   -   Sección:   Revista-arte

Oteiza, el genio creador

Julia María Carvajal
Redacción
domingo, 31 de diciembre de 2006, 23:00 h (CET)
Recuerdo la última vez que le vi, apoyado en la barandilla del puente, frente al Ayuntamiento, al otro lado de la ría, contemplando su escultura, era un día del año dos mil tres, año en el que murió, se inauguraba en Bilbao su obra “Variante ovoide de la desocupación de la esfera”, en un espacio público. Tenía esa mirada perdida que tienen las personas que parecen no estar ya aquí, esa luz en los ojos que viene de muy lejos, y sin embargo nace en su interior, eso que llamamos “el genio creador”.

Dos años después, el Museo Guggemhein de Bilbao le dedicó una exposición retrospectiva, que el pasado mes de Diciembre de dos mil seis, y hasta el treinta de Mayo de dos mil siete, podrá verse en Madrid, en el Museo Reina Sofía, y a continuación viajará a Nueva York.

La ministra de cultura, Carmen Calvo, inauguró la muestra, a la que calificó como “un homenaje que permitirá colocar a Oteiza en el lugar que ocupa dentro de la modernidad”, en cuanto a la obra la definió como “una búsqueda constante de la esencia y de la reflexión filosófica”.

Jorge Oteiza es uno de los artistas más importantes del siglo veinte. Nacido en Orio, uno de los bellos pueblos costeros de Guipúzcoa en 1908, estudia en Madrid, donde antes de ingresar en la Escuela de Artes y Oficios, cursa tres años de medicina, abandona esta carrera, pero la bioquímica despierta su interés por la escultura, por la experimentación, lo que él llama “biología del espacio”.

Comienza a esculpir, y en 1931 obtiene el primer premio en el IX Certamen de Artistas Noveles Guipuzcoanos, en San Sebastián, con su escultura “Adán y Eva, tangente S= E/A.

En 1935 viaja a Sudamérica, realiza exposiciones en Santiago de Chile, en Buenos Aires y en Bogotá, simultáneamente se dedica a la docencia y a la investigación de la cerámica. Esta etapa de su vida será crucial y en ella publica “Carta a los artistas de América”, sobre el nuevo Arte de la posguerra, más tarde da a conocer en varias conferencias su planteamiento estético, “Informe sobre una estética objetiva” y “La investigación de la estatuaria megalítica en América” sentando así las bases de lo que sería el período más apasionado de su creación, su “Propósito Experimental”.

Regresa a su tierra en 1948, realiza las obras que avanzan hacia la búsqueda de “la fórmula molecular y ontológica para el ser estético”. En 1957 le fue otorgado el premio de Escultura de la Bienal de Sao Paulo, que es el galardón internacional más relevante en esta expresión artística.

Su influencia en las generaciones posteriores de escultores es muy grande, a pesar de que sus obras se han expuesto menos que las de otros artistas. Su obra, personal e incomparable, tiene sus raíces en las vanguardias artísticas de principios del siglo veinte como el cubismo, expresionismo, surrealismo y sobre todo el neoplasticismo y constructivismo, aunque su Arte está dotado, a la vez, de una especial sensibilidad hacia lo abstracto, espiritual y humanista.

Observando la obra de Oteiza se pone de manifiesto como lo singular, su carácter, el amor a su tierra, su música, su paisaje, puede llegar a ser universal, patrimonio de la humanidad. La evolución del artista se produce junto con la evolución del hombre, buscando en la prehistoria la base del constructivismo, la constante y eterna definición del espacio, para lograr una respuesta que justifique el ansia y la magia de la creación.

Su dialogo en permanente disputa entre el vacío y la materia, se convierte en una filosofía de vida, transciende el ámbito de la plástica, y le lleva a la investigación estética y lingüística, especialmente en torno a la cultura vasca, esta actividad queda reflejada en libros como “Quosque Tandem”, o “Ejercicio espiritual en un túnel” publicados en los años sesenta.

Aunque proyectó en 1953 el grandioso conjunto que forma la estatuaria de la Basílica de Aranzazu, no lo ejecutó hasta 1968, en esta obra los motivos religiosos se despersonalizan, las figuras se vacían y al abrirse al espacio se cargan de contenido espiritual. Este concepto desarrollado por Oteiza en la década de los cincuenta, responde a la constante experimentación en sus obras de “la naturaleza estética de la Estatua como organismo puramente espacial”.

Es también en esta época cuando comienza a trabajar en el tratamiento de la luz, practicando en sus esculturas unos pequeños orificios y perforaciones, completas o incompletas, que denomina “condensadores de luz”. De esta forma consigue que la luz penetre en la obra dando a esta una nueva energía.

Su experimentación le lleva, posteriormente, a realizar una serie de cortes con un disco, en pequeños bloques de piedra, las “piedras discadas” que le permiten revelar su estructura interior, y le sirven para lograr una mayor intervención del espacio en la masa, a través de la apertura de poliedros. El resultado de este proceso se plasma en algunas de sus obras más representativas, “Homenaje a Boccioni” y “Homenaje a Malevich”. Asimismo en estos años, finales de los cincuenta, realiza las obras que más fielmente representan las conclusiones de su trabajo sobre la desocupación del cubo, “Las cajas vacías”.

Jorge Oteiza relaciona el vacío de su obra con el de los “cromlechs de la prehistoria vasca, y toma una decisión: abandona la producción escultórica, porque llega a la conclusión de que” ya no se puede agregar escultura, como expresión, al hombre ni a la ciudad “.

Han de pasar trece años, durante los cuales Oteiza no ha abandonado su actividad de investigación en distintos ámbitos del Arte y la Cultura, para que retorne a la escultura. Entre 1972 y 1975 completa algunas de sus series experimentales. Sin embargo es a partir de 1980 cuando la obra de Jorge Oteiza comienza a recibir la atención que merece.

Instituciones y Museos empiezan a adquirir sus obras, en 1986 se le incluye en una exposición internacional de escultura en el Museo de Arte Moderno Georges Pompidou de Paris, y en 1988 sus obras se muestran conjuntamente en Madrid, Barcelona, y Bilbao, en una exposición organizada por la Fundación Caja Madrid. Ese mismo año participa en la Bienal de Venecia, ocupando con sus obras el pabellón de España.

“Siempre se parte de una nada que no es nada, para llegar a una Nada que lo es todo”…

No volví a verle, murió poco tiempo después, a pesar de que siempre lo deseé, nunca me atreví a hacerle una entrevista, y no fue la fama de su mal carácter lo que hizo que lo fuera posponiendo, sino la profunda admiración y el enorme respeto que me infundía estar delante de un ser humano genial, único e irrepetible, cuya aportación al Arte, al pensamiento, a la cultura en general, y a la escultura en particular es inconmensurable.

Hace tres años que partió para irse hacía otros espacios desconocidos, donde no sabemos si seguirá intentando redefinirlos, yo sigo viéndole, cada vez que cruzo el puente, apoyado en la barandilla contemplando su obra, iluminándola con su mirada, y entonces pienso, que no puede haber otra escultura en el mundo que tenga esa luz.

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