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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La oración del Dalai Lama

Antonio García-Palao
Redacción
jueves, 21 de diciembre de 2006, 23:25 h (CET)
El ser humano está hoy tan ocupado que no tiene tiempo para reflexionar sobre la vida. Está tan abducido por el trabajo, la publicidad y la prisa que no es capaz de ver la macabra realidad que se oculta tras el bistec del mediodía. Tiene tan anestesiada la consciencia que ya no empatiza con nada.

La vida ha dejado de maravillarnos. Ni hay camino ni se hace camino al andar. Nada deja huella. Todo va a la basura. Sólo importa consumir. Llenar el buche y el tiempo con lo que sea. Pasar página. Olvidar. Que nada motive, si acaso que alucine.

Se desconoce el placer de la virtud, del verdadero conocimiento, de la libertad interior. Nada se sabe del espíritu. Sólo de la sinrazón. Lo sensible es para los raros. Lo que vende es la violencia, la fuerza bruta, el ruido, lo vulgar, lo primario.

El consumo llena el vacío interior. La insoportable levedad del ser se cura enraizándose con la tradición, aunque sea a costa de la vida de criaturas inocentes en las plazas de toros. Cualquier santo servirá para sacrificarlos en su honor en las fiestas populares y lavar así el pecado. Una licencia de caza legitima el acto de matar por deporte.

Pero hay esperanza. La oración preferida del Dalai Lama reza: "Mientras exista el espacio, habrá seres sensibles y yo estaré allí para ayudarlos". Y es ahí donde entra en juego la razón de ser del indefenso, la víctima inocente, el pacífico. Su vocación es la maestría, su impronta la humildad, su motivación la esperanza en un abrazo fraterno con el opresor ignorante. Su mejor lección, despertar la empatía. Porque la empatía desarrolla la compasión, y ésta mejora la vida favoreciendo la bondad, la comprensión y mitigando los sentimientos violentos y destructivos.

Occidente ha alcanzado cotas fabulosas de bienestar social, de espíritu democrático, de avances tecnológicos que son un modelo a seguir por muchos pueblos de la tierra, pero no ha despertado aún a la imperiosa necesidad de abandonar el consumo de carne como alimento. Budistas, Hindúes, Jainistas, así como otras confesiones y pueblos a lo largo de la historia (Esenios, Pitagóricos, Gnósticos, primeras comunidades cristianas y judías y un largo etcétera) abrazaron el vegetarianismo como forma de vida, respetando la vida de los animales como hecho imprescindible para el desarrollo armónico y espiritual de la humanidad.

Sin esta condición, las conquistas occidentales no evitarán que los acontecimientos se precipiten para todos, desestabilizando el medio natural hasta llegar a la eliminación paulatina de las especies, incluida la humana y con ella su cultura, sus logros y sus prisas.

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