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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Gozamos de la seguridad a la que tenemos derecho?

Miguel Massanet (Barcelona)
Redacción
jueves, 21 de diciembre de 2006, 23:24 h (CET)
Uno de los mayores bienes que se le pueden proporcionar al ciudadano de a pie es la seguridad. Si, a través de los siglos, alguna justificación ha tenido la existencia de un Estado ha sido precisamente por proporcionar a los miembros de la comunidad la protección que les garantice su integridad física y su reposo psíquico. Desde la primitiva tribu nómada hasta el más actualizado sistema de gobierno siempre han dispuesto de las instituciones, las personas y los medios adecuados para la protección de sus miembros. Es por eso que en el mismo momento que observamos que los cuerpos de la policía y la Justicia no son capaces de proporcionarnos este derecho fundamental, es cuando empezamos a desconfiar de la utilidad del sistema en el que estamos instalados.

Este preámbulo viene al caso en relación con los recientes hechos delictivos que vienen produciéndose en muchas localidades de nuestra comunidad catalana. Con auténtica impunidad una serie de bandas (muchas de ellas procedentes de la europa del este) perfectamente armadas, sin escrúpulos, haciendo gala de una crueldad innecesaria y bien organizadas, están causando el pánico entre los habitantes de las urbanizaciones objeto prioritario de la actividad depredadora de aquellos.

Es evidente que los afectados por estos sucesos se han apresurado a reclamar más seguridad, primero a los alcaldes y, apoyados por estos, a las autoridades competentes; sin embargo, no parece que sus peticiones hayan tenido éxito porque los asaltos siguen produciéndose con su secuela de daños corporales y robos. Lo curioso es que, al parecer, alguna de las autoridades se ha permitido decir que lo que deberían hacer los afectados, para defenderse de tal plaga, sería organizarse su propia defensa privada. Es decir, contratar servicios privados de vigilancia.

No obstante, vean ustedes como se siguen las contradicciones. Si los vigilantes detectan la presencia de uno o unos atracadores no pueden hacer uso de sus armas so pena de verse en graves problemas con la justicia. O sea, los atracadores pueden hacer uso de sus armas, pueden vapulear y abusar de sus víctimas y pueden robarles, amenazarles y vejarles, pero los atacados o, en su caso, los vigilantes privados –que tienen permiso de armas, pero no pueden usarlas (más que en casos extremos para defenderse) para detener al delincuente –. Uno se pregunta: ¿de dónde sacan las armas estos facinerosos?, ¿acaso las importan impunemente de sus países de origen?, o ¿las compran en España sin que la policía pueda evitarlo? Me gustaría preguntarles: ¿han intentado alguno de ustedes sacarse un permiso de arma corta? ¿No? Pues les aseguro que es tan difícil de obtener como conseguir un pasaporte para el Cielo. Es decir que cualquier ladrón puede conseguir un arma, pero un ciudadano honrado no tiene manera de hacerlo para poder defenderse. Y esto nos lleva a la siguiente cuestión: ¿si los que tienen la misión de protegernos no lo hacen?, ¿si uno se siente desvalido ante la amenaza de unos delincuentes?, ¿si las peticiones de ayuda no son tenidas en cuenta? Harán el favor de decirme: ¿cuál es la conducta que debe adoptar uno para protegerse? Les contesto: ninguna. Hay que aguantarse, porque si se les ocurre golpear, herir o matar a quien les ataca se las tendrá que ver con la Justicia que, les aseguro, se mostrará tan o más implacable que con los propios delincuentes.

Me cuestiono la justicia de unas leyes y reglamentos que permiten que el ciudadano se vea ante la indefensión más absoluta. Me cuestiono que un Juez detenga a un ciudadano por haber querido defender a una familia del acoso de unos criminales. Me cuestiono la necesidad de la existencia de unos cuerpos policiales que son incapaces de cumplir con su deber, y que reciben sus sueldos gracias a los impuestos que pagamos todos; y me cuestiono, en fin, la eficacia de unas Cortes legislativas que no son capaces de percibir las inquietudes de la ciudadanía enzarzadas en discusiones bizantinas y partidarias. Pero es predicar en el desierto porque nadie nos va a hacer caso.

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