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Patrón cultural

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 21 de diciembre de 2006, 10:47 h (CET)
¿Qué nos hace españoles? Pienso que porque hemos venido compartiendo, a lo largo de siglos, un patrón cultural común por encima de diferencias asumibles dentro de la unidad. Este patrón cultural estaba formado por unas instituciones comunes, ─familia, relaciones de parentesco, normas legales─, una religiosidad de raíz cristiana en la que con mayor o menor intensidad se aceptaba la existencia de Dios, otra vida después de la muerte, la figura de Jesús, de la Virgen y de los santos y la presencia de una Iglesia organizada y una historia común de grandezas y miserias, de victorias y derrotas.

La Ilustración atacó no tanto el sentimiento religioso, sino el papel preponderante de la Iglesia en la sociedad que pasaba del absolutismo al liberalismo, difundió los valores de igualdad y libertad como base de la democracia, dejó prácticamente intactas las instituciones básicas tradicionales de matrimonio y familia y realizó una obra legislativa y codificadora importante. El patrón cultural español siguió en pie. Las convulsiones de la primera mitad del siglo pasado dieron lugar a que se intentaran tres revoluciones, cualquiera de las cuales hubiera acabado con nuestro patrón cultural,: la comunista según el modelo de los soviets, entonces en auge, la utópica del anarquismo de Bakunin y la fascista conectada con Italia y Alemania. Aprovechando las circunstancias los nacionalismos periféricos creyeron que había llegado la hora de hacer realidad sus sueños. Vencidas las dos primeras intentonas revolucionarias en la guerra civil y la última abandonada al ser vencidos en la segunda guerra mundial los regímenes que la inspiraron, el régimen de Franco, frenó los nacionalismos y trató de mantener el patrón cultural tradicional aunque con las adaptaciones que el tiempo le iba imponiendo.

La transición a la democracia y sus variaciones legales no supuso una voladura de nuestro patrón cultural sino, al contrario, su modernización y fortalecimiento.

Pero la llegada al gobierno de Rodríguez Zapatero sí está provocando su destrucción desde dentro sin que se vislumbre una alternativa que pueda ilusionarnos. Se trata de una descarada perversión del lenguaje por la cual las palabras ahora significan cosas distintas a lo que pensábamos, pero el gobierno ha decidido que el que manda también puede modificarlas.

Por ejemplo la palabra matrimonio que todos comprendíamos como la unión de un hombre y una mujer ahora se aplica, desde la ley, a cualquier unión ocasional y efímera de dos personas del mismo o distinto sexo. (Lo de dos personas puede ampliarse cualquier día a tres o más).

La familia que para todos era un padre, una madre, unos hijos hoy puede ser también dos padres, dos madres y unos hijos engendrados artificialmente a partir de material genético de donantes conocidos o anónimos.

El respeto a la vida se ha trocado en que la gestación de un niño puede ser aceptada o rechazada y su vida eliminada sin mayor empacho, incluso puede utilizarse como material de investigación. Se ha inventado la palabra pre-embrión para manipular la vida humana sin complejos ni cortapisas. Esto en mi opinión es dinamitar estas instituciones básicas a cambio de promiscuidad y hedonismo.

Como las ideas religiosas pueden dificultar a este gobierno su tarea demoledora, hay que arrinconarlas, reducirlas al silencio y sustituirlas por una nueva religión, el laicismo radical. Reconocer la libertad religiosa por parte del gobierno exige una rigurosa neutralidad, pero este gobierno ha optado por establecer una educación de la ciudadanía como único referente moral, pasando por encima de cualquier otro derecho de los padres. A través de esta educación pretenden inculcar desde el parvulario que el sexo, la familia, la maternidad, la moralidad o la historia no son como siempre hemos entendido sino como quiere imponerlo este gobierno. Naturalmente se predica que lo científico es el ateismo y la negación de cualquier dimensión trascendente de la vida. Como dicen los científicos progresistas: Dios no es una hipótesis necesaria.

La historia es complicada y abarca demás un periodo muy dilatado. Mucha gente sabe poca historia pero al menos tenía claro que los musulmanes invadieron España e impusieron su religión y su cultura y costó siglos de guerras y esfuerzos devolverlos al norte de África de donde vinieron. Ahora se nos dice que debemos arrepentirnos de haberlos echado y que la reconquista de España fue una tarea insidiosa, según el Sr. Cebrián. Los buenos eran los moros y los malos los cristianos. Los buenos son los separatistas y terroristas vascos o los catalanes y los malos todos los demás españoles. Toda esta burda manipulación terminará creyéndosela mucha gente porque se presenta como desmitificación científica y progresista.

Lo mismo ha pasado con el Descubrimiento de América que siempre creímos una gloria de España y resulta que es un baldón del que tenemos que estar arrepintiéndonos cada día. No cabe duda de que en aquella conquista hay páginas negras y abusos, pero los españoles que ahora vivimos aquí ¿de qué tenemos que pedir perdón? Quizás los beneficiarios de aquellos abusos son los descendientes de quienes en la primera mitad del siglo XIX proclamaron su independencia y dejaron de ser españoles.

En esta onda demoledora estoy esperando que comiencen a desguazar la literatura del Siglo de Oro y ¿quién sabe? hasta que vapuleen una vez más a Don Quijote.

Los nacionalismos y sus delirantes historias, como la de Sabino Arana, han encontrado en este gobierno su mejor amparo. ¡Hay que desmontar España y luego ya veremos si hay que volverla a montar o no! Mientras que los nacionalistas apoyen a este gobierno con sus votos ¡que hagan lo que les plazca!, parece ser la consigna de los gobernantes.

Y para remachar esta impúdica manipulación se pergeña una Ley de la Memoria Histórica, para reivindicar una fantasmagórica legalidad republicana de la que se consideran herederos, que es una especie de “trágala” para arrinconar a la oposición que, por otra parte, no logra sacudirse de temores y complejos.

No sé si el Sr. Rodríguez Zapatero se considera un iluminado que podrá levantar una maravilla sobre las ruinas en que está dejando nuestro patrón cultural y la misma España. Desde luego estoy en mi derecho de desconfiar profundamente de todo este proceso.

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