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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Lady Di o los ricos y famosos que no saben morir

Raúl Tristán

martes, 19 de diciembre de 2006, 22:15 h (CET)
Varios millones de euros malgastados, 1.500 testigos importunados, muchos años invertidos en investigar las causas de un accidente seudocriminal, y que podrían haberse empleado en esclarecer miles de casos verdaderamente trascendentes.

Es el precio que la sociedad se ha visto obligada a pagar por la muerte, en un simple accidente de tráfico, de Diana Spencer y su compañero sentimental Dodi Al Fayed.

Cuando los medios y las gentes se empeñan con denuedo en inventarse una vida de cuento, lo consiguen hasta el punto de llegar a creerse sus propios embustes, engaños y mentiras.

Ni Diana era la princesa de los cuentos de hadas, "Lady Di" la renombraron, como para hacerla más etérea, más irreal, más próxima a las historietas animadas de Walt Disney; ni era una bella modelo (más bien, para el canon latino, parecía ligeramente hombruna en lo que a su rostro se refiere: delgado, anguloso)ni Carlos el ogro malvado, Dumbo Real, infiel hasta la saciedad; ni Dodi el chico bueno, el héroe valiente que viene a rescatar a la princesa, que le lanza su pañuelo, como prenda de amor, desde lo más alto de la torre del homenaje.

Ni Diana estaba embarazada, ni el chófer borracho era un espía, ni se urdía una conspiración internacional que implicaría a la Familia Real británica, ni los flashes de algún paparazzo provocaron el accidente ni...

Lo único que ocurre, en el patetismo de esta historia trágica, como muchas otras, es que Lady Di era un icono irreal, un símbolo inventado, un arquetipo encarnado por mor de una prensa rosa deseosa de vender millones de ejemplares de sus revistas, o publicar fotografías y vídeos, artículos y crónicas gracias a un personaje de ficción al que habían dotado de vida.

Diana Spencer, como Carlos, como Dodi, no son (o eran) sino personas reales, de carne y hueso, sobrepasados por un triste sino: lo ´publico de sus vidas, de sus virtudes y miserias, de sus defectos, de sus vicios, de sus deseos. Los medios se encargaron de crear un mito, una leyenda, allí donde no había sino una historia de amor/desamor entre dos personas: Carlos y Diana, un amor jamás consumado, diríase casi que platónico, entre Carlos y Camilla, y una relación hombre/mujer entre Diana y Dodi.

A la familia Spencer, y a la Familia Real, debería dejárseles descansar en su dolor (a la primera), descansar de las acusaciones infundadas vertidas contra ella (a la segunda), y respecto a la familia Al Fayed, haría bien en reconocer que Dodi fue víctima de un accidente de tráfico provocado por un chófer que conducía con más alcohol en sangre del que debiera, y por la temeridad de no llevar puesto el cinturón de seguridad.

Porque las víctimas de la carretera son miles y miles a diario, y nadie se toma la molestia de gastar semejantes sumas de dinero, o de emplear durante años a investigadores absorbiéndoles en un único y claro caso, porque la gente de la calle sabe que puede morir con dignidad tanto si les cae una maceta en la cabeza cuando por la mañana han salido a sacar a pasear al perro como si lo hacen rescatando niños de un albergue en llamas.

Porque la gente de la calle muere a diario sin ser objeto de homenajes, sin que nadie elucubre complots inexistentes, ni confabulaciones de extraterrestres venidos desde Alfa-Centauri para abducirlos.

La gente de la calle sabe morir de la única forma que le es posible. Y ya va siendo hora de que los ricos y famosos aprendan que la Parca nos llama a todos por igual, y que no van a ser ellos más que nadie, mejores también, especiales y únicos, a la hora de morir. Que se lo pregunten a Henri Paul.

Lo que debería hacer ahora Al Fayed es salir en televisión diciendo algo así como: cuando vayan ustedes en coche, no beban, circulen respetando las limitaciones de velocidad y lleven siempre puesto el cinturón de seguridad.

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