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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La Navidad: Una catedral de virtudes que no debe viciarse

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 18 de diciembre de 2006, 23:21 h (CET)
Voy a poner el corazón en la palabra. Y dejaré que resucite el poema. Un niño esta tarde me ha extendido su mano y me ha suplicado algo más que una sonrisa. De pronto, ¡pensé!, podremos tener fiestas, ¡pero no tendremos Navidad! Después leí en la prensa que una docente había enviado a Jesús a la papelera. Juraré que venía contento de ver tantas luces que nos anuncian sueños lindos de amores, pero caí en la desolación. Me entristece pensar que los cristianos, al igual que el Niño Dios, no sean bien aceptados en algunos lugares. No entiendo esta “cristofobia”, cuando lo que se anuncia es amar al prójimo, repartir las viandas con el hambriento y hospedar a los pobres sin techo; vestir al que va desnudo y no encerrarse en el propio pedestal. Quizás nos falten doctores de la caridad y nos sobren cirujanos del desamparo.

Menos mal que hay un sector importante de la sociedad que hace valer sus derechos, a los que la fiesta cristiana de la Navidad les une, que hacen familia y se muestran solidarios. Es cierto que existen otras manifestaciones contrarias al espíritu navideño, a mi juicio absurdas, que en vez de llamar a la alegría y a la serenidad, incitan al derroche, como si el mundo se fuese a terminar. Por desgracia, para algunos si es verdad que finaliza, se juegan su propia vida a los chutes. Los consumos abusivos que a veces se producen por estas fiestas, donde no tiene cabida el portal de Belén, y si otros portales en los que entra el vicio por las cuatro esquinas, no son buenos. Más pronto que tarde pasan factura. Cuidado con bañarse hasta el alma de alcohol o con dejarse llevar por los típicos porros, sustancias estimulantes o pastillas de éxtasis. Está visto que al final se cae en la habitualidad. Todo este tipo de seductoras espuelas que se nos ofrecen ya en cualquier parte, se han abaratado tanto porque su enganche es cada vez más fuerte y más mortal. Su dependencia es brutal, cuesta mucho que la persona recupere su autonomía, el sentido de la responsabilidad y su capacidad para tomar decisiones.

No es mi intención desalentar a los viandantes en camino. La vida es un largo viaje en el que todo ser humano, vive la Epifanía como quiere, pero ¡oiga! que le dejen vivirla como quiera. Partimos de una realidad: nadie a lo largo de la historia ha permanecido indiferente ante la Natividad. Es algo mágico, el arte y las letras han crecido bajo esta estrella. Desde los primitivos autos a los Reyes Magos hasta los artistas más actuales, con sus conciertos navideños y sus músicas, los poetas con sus palabras, los pintores con su pincel de sueños, todos ellos han convertido el Advenimiento en tema trascendente. La Nochebuena sigue siendo la ocasión privilegiada para fraternizarse, a pesar de las fuerzas contrarias y de las familias desestructuradas. La verdad es que no hacen falta grandes inversiones para hacerlo, ni un crédito a tres meses sin intereses como anuncia algún centro comercial, sólo hay que pensar en el nacimiento de Jesús, en la sencillez y en la pobreza de Belén. Miren por donde, no fue en palacio alguno, donde el Creador restituyó dignidad a la existencia de todo ser humano. Ojalá que este inmenso don encuentre labios dispuestos a recibirlo y a ofrecerlo como así lo hicieron nuestros antepasados, más pobres que nosotros pero más ricos porque se saciaban de la Palabra.

Hoy las redes sociales, políticas y económicas revisten gran importancia para la convivencia, pero no hay que dejar a un lado la vestimenta humanista y espiritual. Es saludable que la España de las nacionalidades y regiones salvaguarde su patrimonio de valores, y en este sentido, la Navidad es una catedral de virtudes que no debe viciarse, reconociendo que ha sido, sobre todo el cristianismo mediante sus liturgias festivas, la fuerza capaz de conciliarnos. Sin duda, estas fechas son uno de los momentos más bellos y entrañables del año, en el que se manifiestan los más puros sentimientos. Alrededor de la liturgia navideña se han enraizado una serie de costumbres, como pueden ser los cantos populares y la construcción de belenes, que han contribuido a crear un clima de familia.

De ninguna manera podemos borrar las tradiciones, forman parte de nuestra vida, son una manera de hacer presente lo que ocurrió o lo que se acostumbraba hacer en tiempos pasados. Sería una actitud irrespetuosa con quienes nos donaron la vida, negarse a conocer por qué y para qué se llevan a cabo estas costumbres navideñas. Además, pienso, que un pueblo sin tradición es un pueblo vaciado que de venteado se muere. Es verdad que el espíritu navideño no está en los grandes almacenes, también se encuentra más allá del recuerdo de un hecho histórico, hay que buscarlo al igual que el poeta o el artista en el verbo, en el instante preciso, en la meditación del misterio.

Pienso que las familias tenemos hambre de novedades, queremos sorprendernos y sorprender, y nos olvidamos de los ingredientes del amor. Decimos que queremos amar y odiamos; queremos navegar por los ríos del tener, lo queremos tener todo y nos ahogamos en las deudas; queremos subir a los poderes más altos y no practicamos la solidaridad. Recorremos el tiempo en busca de lo permanente y nos descubrimos efímeros. En esta encrucijada de cada día, más que poseer, nos urge despertar a la auténtica Navidad. No sería un mal propósito honrarla con toda el alma y procurar conservarla durante todo el año. Ya ven, la cultura de nuestra sociedad secularizada y globalizada tiende a vaciar estas puras fiestas de su significado religioso y originario, y tiende a hacer perder a las familias su verdadera orientación y la importancia del Nacimiento de Jesús.

Por ello, celebrar su “cumpleaños” es un recuerdo vivo, tan fuerte que lo llevamos en el corazón. Yo también llevo grabadas en el iris, aquellas velas de Adviento que mi abuela me explicó, una para cada domingo. Tres –me dijo- son de color “morado”, no alegres, sino de penitencia... y nos indican que tenemos que “limpiar nuestra alma” durante el Adviento, con el arrepentimiento y la cuarta es “rosa”, alegre, del último domingo, con Jesús llenándote de su amor. Bajo esa nívea ternura, que es lo que realmente da fuerza, el que por nosotros quiso nacer no puede ser ignorado por nosotros.

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