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Oriente Próximo: guerras convencionales

Eugenio Satanovski
Redacción
lunes, 18 de diciembre de 2006, 23:21 h (CET)
Todavía hace un poco más de diez años todo parecía indicar que Oriente Próximo sería una zona de paz y prosperidad.

Hoy, en cambio, puede considerarse optimista aquel que pronostica guerras convencionales, pero no nucleares en esta región. Baste echar un vistazo a lo que ocurre en los países mesorientales y sus vecinos más próximos.

Irak se ha convertido en una zona de anarquía y terror. Kurdistán iraquí de hecho se independizó. Lo único que disuade de proclamarlo como Estado soberano es el peligro de enfrentamiento con Turquía. El resto de la geografía iraquí, después de que se retiren las tropas de ocupación, con alto grado de probabilidad sería repartido entre caciques locales sunitas y chiítas, así como entre los grupos integristas estrechamente vinculados a Al Qaeda. Los países lindantes con Irak (Irán, Siria, Arabia Saudita y Jordania) podrían intentar estabilizar la situación, pero su propia situación interna tampoco es estable. La única excepción es, quizás, Irán, la única democracia parlamentaria estable en Oriente Próximo islámico. Esta democracia no deja de cobrar pujanza, aumentando su influencia en Irak y en la zona del Golfo Pérsico en general, en Siria y el Líbano. Pronto Irán diseñará su propia bomba nuclear. El problema fundamental radica en evitar el conflicto militar entre Irán e Israel, lo que es poco probable en caso de que se mantenga la política de los actuales dirigentes iraníes.

Los territorios palestinos constituyen una fuente de amenaza no sólo para Israel sino también para Jordania y Egipto. La idea de crear el Estado palestino sirvió tan sólo de pretexto para que la élite palestina obtuviera y robara los recursos financieros asignados por organismos burocráticos internacionales. Las enormes sumas obtenidas por los palestinos a lo largo de decenios hicieron no competitiva su economía, generaron una corrupción de proporciones alucinantes y convirtieron Palestina en una especie de Harlem mundial que vive de subsidios. Sólo en medio de un riguroso control militar se podrá acabar con el terrorismo, reconstruir la economía y la infraestructura social en Palestina. Pero ya ningún vecino de Palestina desea acometer la solución de sus problemas y convertirse en “ocupante”.

Israel, mientras tanto, ha entrado en la fase de crisis política que ha afectado a todas las ramas del poder. Los intentos por instaurar la paz causaron víctimas en vez de proporcionar seguridad. Los israelíes ya no dan crédito a los políticos norteamericanos ni europeos, pensando con razón que aquellos están dispuestos a sacrificarlos en aras de beneficiar sus propios intereses. El plan “paz a cambio de territorios”, experimento que montó la élite gobernante israelí, condujo a quiebra su propio país. Ahora todo intento de retirar asentamientos israelíes de Cisjordania o de las Alturas de Golan se enfrentaría con una obstinada resistencia de sus habitantes, colocando a Israel al borde de una guerra civil. Al propio tiempo, por paradójico que pueda parecer, la amenaza iraní movió a los árabes e israelíes a pensar en una alianza político-militar.

Mientras tanto, en toda la región, desde Pakistán hasta Turquía, desde Egipto y Sudan hasta Argelia y Marruecos los integristas se movilizan, y su protagonismo político no deja de crecer.

En el Líbano ellos intentan llegar al poder. En Afganistán lo están retomando. En Somalia y Palestina, después de asumir el poder, consolidan sus posiciones. En toda la región crece la persecución de las minorías étnicas y religiosas, aunque en la ONU ello fundamentalmente se le recrimina a Israel, donde, en comparación con los países vecinos, la situación de estos grupos es casi ideal. En Oriente Próximo, el mayor peligro lo corren los cristianos. En el Líbano todavía luchan por sus derechos, pero se ven obligados a huir de Palestina e Irak.

Muchos ejércitos del área son más débiles que los grupos armados integristas, mejor armados y adiestrados. Crece el peligro de proliferación de armas de destrucción masiva, incluidas no sólo la biológica y la química, sino también la nuclear (desde Pakistán). No tiende a disminuir la producción y exportación de la droga que “sustenta” la economía afgana. Sobre este telón de fondo parecen males menores el peligro de desintegración de Sudán, el problema de extinción de la dinastía gobernante en Omán y la inestabilidad de regímenes en varios otros países.

Sufrió fracaso la política aplicada por las “grandes potencias” y sus aliados hacia Oriente Próximo. La impotencia de la ONU, de las fuerzas de paz de toda clase, de la Administración USA, etc. evidencian a toda persona de criterios objetivos la bancarrota de la política y la diplomacia practicadas por la comunidad internacional. Los errores que se cometen de generación en generación, los estériles intentos de poner en práctica unas teorías desatinadas elaboradas hace medio siglo, la incomprensión de las realidades locales, el ajuste de la actividad política de uno a los intereses electorales en su propio país, no hacen sino agravar la situación. Con tanta más razón de que los políticos y los medios de comunicación social dedican la mayor atención al conflicto palestino-israelí que en realidad es un enfrentamiento periférico y el menos sangriento del área.

Millones de personas son atrozmente exterminadas o se convierten en refugiados no sólo en Oriente Próximo. Pero precisamente los problemas de Oriente Próximo las élites gobernantes de los países del área pretenden resolverlos a costa del resto del mundo, incluyendo a costa de Europa. Pero no se trata de conservar la herencia europea sino del derecho de los europeos a la vida. Carecen de sentido los intentos de llamar al orden por vía democrática a las personas que aprovechan la democracia única y exclusivamente en sus propios intereses. La democracia puede obtener victoria sobre extremistas y terroristas sólo moralmente y a título póstumo. Los norteamericanos y sus aliados intentaron trazar otro derrotero y seguir actuando bajo la consigna de propagación de la “democracia”. En su tiempo Winston Churchill acertó al decir: “Toda la historia mundial enseña que cuando los países son fuertes, no siempre son justos; pero cuando desean ser justos, ya no tienen fuerzas”. Ese es el problema.

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Eugenio Satanovski, presidente del Instituto de Oriente Próximo, para RIA Novosti.

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