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Chantaje gasífero en Europa: mito o realidad

Borís Kaimakov
Redacción
domingo, 17 de diciembre de 2006, 05:28 h (CET)
Al intervenir ante los estudiantes de la Universidad de Moscú, el Ministro de Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, reprochó a Occidente por su competencia poco escrupulosa.

El titular compartió con los estudiantes, ajenos al protocolo diplomático, su preocupación con motivo de la “ideologización de las relaciones internacionales”. Al darse cuenta de que su auditorio no comprende el intríngulis de esta fórmula abstracta, Serguei Lavrov habló en el lenguaje propio de los negociadores del ámbito económico. Al comentar las acusaciones de chantaje gasífero que esgrime Occidente, el jefe del departamento diplomático dijo sin ambages: ”Tras ello se vislumbra la intención de Occidente de obtener acceso a los recursos energéticos de Rusia, sin ofrecer algo a cambio”.

Para nadie es un secreto que Moscú, consciente de su papel de “superpotencia energética”, reconsidera activamente los principios de las relaciones recíprocas con los consumidores de sus materias primas. Tras la brusca alza de precios del gas para Ucrania en enero, se puso en claro que para mantener sus pretensiones dirigidas incluso a los vecinos más cercanos, el Kremlin está dispuesto a sacrificar sus intereses políticos. Entonces, se logró hallar en breve un precio compromisorio con Kíev y en considerable medida gracias a la presión ejercida sobre Ucrania por los consumidores occidentales de gas ruso.

Es de suponer que Moscú planea discutir el problema de precios también con Bielorrusia. Puede ser que Serguei Lavrov no ha tenido en cuenta a Minsk refiriéndose a la necesidad de “ofrecer algo a cambio”. Pero está meridianamente claro que al Gazprom no le conviene la postura de Minsk respecto al paso de gaso-y oleoductos por su territorio, lo que provoca irritación evidente en Moscú. Aquí se examina abiertamente la necesidad de reconsiderar los precios de gas para Bielorrusia, por supuesto, en el sentido de su aumento.

El rígido diálogo energético que el Kremlin sostiene con sus vecinos suscitó en Occidente una ola de acusaciones de que, presa de sus ambiciones políticas, Rusia busca chantajear a Europa. Al parecer, las nuevas realidades económicas reanimaron en algunas capitales europeas el léxico de tiempos de la “guerra fría”, casi echado al olvido.

Naturalmente, la aspiración de Rusia a diversificar su política energética, sus actos y tono enérgico no pueden dejar de preocupar a los analistas occidentales. En efecto, cuando el jefe del Gazprom, Alexei Miller, habla de la posibilidad de abrir nuevos mercados de hidrocarburos en la Región Asia-Pacífico y Norteamericana, las capitales occidentales lo comentan preocupados. En un futuro inmediato, el Gazprom planea firmar un acuerdo con China y se estudian a fondo las posibilidades de suministrar gas líquido a EE UU. Se trata de nuevas realidades que han de ser concienciadas, pero en modo alguno de las acusaciones ni de chantaje económico. Alexei Miller afirma que Rusia “tiene todas las posibilidades de cumplir por completo sus obligaciones en Europa y al mismo tiempo de fomentar cooperación con las compañías de la región Asia-Pacífico”.

No se trata de retóricas, un testimonio de lo cual son las labores relacionadas con el tendido del gasoducto Noreuropeo que unirá el sistema de transporte del Gazprom con los análogos sistemas de Europa. “Es nuestro aporte concreto y ponderable a la garantía de la seguridad energética de los países europeos”, destaca Miller.

De ser agregados a lo dicho los planes sumamente serios del Gazprom de organizar el suministro de gas a Europa vía Turquía por el gasoducto “Torrente Azul”, carecerán de todo sentido las deliberaciones sobre la reorientación hacia Oriente de los intereses de Rusia respecto a la exportación de gas.

Sin embargo, también suscita recelos en Occidente que aumentando suministros de gas a Europa, Rusia la hace depender siempre más. Estos recelos no datan de hoy. Aparecieron a principios de los años 80, cuando se tendía el gasoducto Urengoi-Pomary-Uzhgorod. Entonces precisamente fue adelantada la tesis sobre la inadmisible dependencia energética con referencia a Moscú. Pero han transcurrido ya más de 20 años y en este período Rusia no dio ningún motivo para cuestionar la seguridad de sus suministros. Esto obedece no sólo al interés de mantener su reputación de seguro suministrador, sino también a varias causas objetivas. Por paradójico que parezca, Rusia depende en no menor grado de los consumidores occidentales. La situación económica de Rusia depende en grado sumo de la exportación de agentes energéticos y por esto resulta difícil imaginarse que Moscú pueda permitirse el lujo de recurrir al chantaje político de Europa.

En general, el chantaje político no es más que un mito. Nadie podrá formular en términos lo bastante convincentes la idea de ese chantaje con respecto a las democracias occidentales. La reacción a éste sería más o menos igual a la respuesta de Moscú a las exigencias occidentales de atenerse a los estándares democráticos de Europa. Incluso en los años de “guerra fría” las relaciones comerciales entre la URSS y los consumidores europeos se desarrollaban al margen de las tendencias políticas.

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Borís Kaimakov, para RIA Novosti.


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