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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Las enseñanzas del cine

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 17 de diciembre de 2006, 05:29 h (CET)
“... Y el cine al aire libre, Ana Bolena,
no sé por qué, de azul, va por la playa.”


Rafael Alberti

El cine ha sido uno de los hallazgos más importantes de nuestra época. Quizá tan importante como lo fue el descubrimiento de la imprenta en el siglo XV.

Todas las artes en mayor o menor grado (y pudiera decirse: todas las manifestaciones de la vida) obedecen en algún aspecto a la gravitación del cine. El novelista moderno incorpora a su técnica gran parte de la técnica del cineasta. Aprende de él, entre otras, a sustituir las velocidades literarias de la narración por las velocidades ópticas de la proyección. Y también a combinar audazmente, en literario juego visual, distancias y enfoques, planos y volúmenes.

No digo que estos procedimientos y otros muchos que de ellos se derivan no hayan sido puestos en práctica en la novela sempiterna. Pero si afirmo que nunca se manejaron con la diversidad, inventiva y fina conciencia estética con que se ensayan ahora. Gracias al cine.

La novela pretérita, en general, obedece a otro sistema. En ella domina el tiempo lento y uniforme. Fotografía fija, hecha con invariable diafragma. La estructura literaria clásica tiene poca elasticidad, y la prosa y el estilo se dosifican en largos periodos. Estas novelas clásicas nos producen hoy irremediablemente el efecto de grandes armatostes pasivos, magníficos muchos de ellos, como son magníficos una carroza enjoyada o un molino de viento. Pero no hace falta remontarse a los clásicos. También el siglo XIX produjo sus armatostes. Armatostes ya maquinarios. Ya veloces y metálicos muchos de ellos, pero todavía broncos.

La novela en función cinético-visual es hallazgo del siglo XX. Se inicia en los años de los “ismos”, los de la pintura y la escultura y el “jazz” de la música, y los bailes rusos y americanos, y la flamante arquitectura nacional.

Claro que se fue demasiado lejos con los “ismos”. Pero es comprensible y disculpable. Las escuelas de vanguardia también van envejeciendo y evolucionando de mil maneras.

Los poetas supieron aprovechar las enseñanzas del cine antes que los novelistas. Entre éstos, el grupo más abundante, creen que la novela no puede salirse de loa cánones, ¿eternos?, que establecieron Flaubert o Stendhal, Dickens o Dostoievski. Lo afirman con todo descaro. Gente seria y francota, estos novelistas de los que al pan pan y al vino vino declaran que un tipo, una psicología no es lícito describirlos más que en visión directa. Afirman que no hay más remedio que copiarlos tal y como se ven en la calle, en la oficina, en la cafetería, en la fábrica...

Pero, ¿por qué? ¿Por qué sólo así? ¿No cabe tratar indirectamente un modelo, una situación de vida? ¿No se puede colocar una figura entre una combinación de espejos deformantes que la convierten en un ser original, definido con certeras e imprevistas siluetas y luces? ¿No puede metaforizarse un paisaje sin perder los puntos de apoyo de la referencia argumental y real? La novela no naufraga por esto en el verdadero poema. Ni mucho menos. Lo que ocurre es que ensancha su campo de ideas y de efectos sensibles a favor del discreto empleo de la técnica cinematográfica. Y como dijo el poeta: “Yo nací -¡respetadme!– con el cine”.

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