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¿Tirar 'a bulto'?

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 14 de diciembre de 2006, 09:44 h (CET)
Desde aquella pantomima que protagonizó el presidente Bush ataviado de piloto de combate y a bordo del portaaviones Abraham Lincoln frente a las costas de California, ha llovido mucho en todo el globo. La nave volvía a casa, victoriosa, de la “guerra” de Irak, y, con la tripulación formada para revista, exclamó: “El tirano cayó, Iraq es libre”. La escenografía, muy del estilo de Hollywood, debió llenarle de satisfacción. Pero, los hechos han demostrado, implacablemente, que derribar estatuas de Sadam, destruir sus palacios y ahuyentar su ejército, seguido algún tiempo después por la patética captura del sátrapa, no han traído la paz en esos territorios de tan gran alcurnia histórica para la Humanidad.

En los días actuales, de todos es sabido que la situación iraquí es de “guerra” civil. Decenas de muertos a diario se reportan, en cualquier medio, de entre sus habitantes. Tres son las realidades nacionales, sunníes, chiitas y kurdos, las que se agrupan entre las fronteras de un estado artificialmente dibujado por la comisión de límites tras la derrota del Imperio Otomano en la Primera guerra mundial. Con tiralíneas, regla y cartabón, oficiales ingleses y franceses dibujaron a su antojo una nueva geografía política, olvidándose, por ejemplo, de que el pueblo kurdo existía, y, así, quedó divido entre Turquía, Siria, Iraq e Irán; es sólo una muestra.

Bush, que había iniciado su mandato poco antes de la catástrofe terrorista del Once-M atribuido a Bin-Laden, situó como objetivo prioritario capturarlo “vivo o muerto”. En inglés se escribe “Dead or alive” (muerto o vivo), lo que resulta muy diferente en cuanto a prioridades: “si no es muerto, pues vivo”, viene a decir. Sin embargo, el forajido sigue en la actualidad en paradero desconocido, a pesar de los millones de dólares conque está retribuida su “enturbantada” cabeza. Inició la maniobra, el-ejército-más-poderoso-del mundo, en Afganistán, abatiendo el régimen Talibán y recurriendo para la custodia del país a fuerzas internacionales. Prosiguió, después, con la aventura iraquí, y el tirano, en efecto, cayó. Pero, hoy es el día en que como se escribía en un anterior artículo de esta ventilada columna, dicho ejército, “no puede irse, ni quedarse”. Al fondo, en la trastienda de todo este “embrollo”, se encuentra el petróleo iraquí, y si algún lector sabe de sus entresijos, será bienvenida cuanta información disponga, porque por mucho que se otee el horizonte no se distinguen documentos ni tratados que lo aclaren.

Al ser preguntado el nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, si se estaba ganando la guerra en Iraq, respondió: "No señor", rotundamente. Defenestrado el anterior Secretario, Rumsfeld, como consecuencia del palpable fracaso de la política de los republicanos estadounidenses en Iraq, el nuevo, incluso antes de tomar posesión, se manifiesta en sentido opuesto al de Bush, que sólo aprecia “ciertas contrariedades”. Así, resulta imposible comprender como se van a entender entre ellos. Un misterio que en los meses que vienen se irá delimitando, tal vez, en pacto con la nueva mayoría demócrata de ambas Cámaras legislativas de EE.UU.

El objetivo a conseguir era Osama bin Laden, y no Saddam Hussein. Aquel fue el responsable de los actos terroristas en las Torres Gemelas y no el “tirano”. Es inexplicable, hoy en día, por qué no se concentraron los esfuerzos bélicos y de inteligencia, en la captura de Bin-Laden, en lugar de invadir un país tan enmarañado por su historia del último siglo. Sólo consejeros ignorantes, u oscuramente interesados, pudieron asesorarle en esta aventura cuyo final resulta indescifrable mientras mueren ciudadanos iraquíes, y soldados americanos.

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