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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Banderas políticas

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
jueves, 14 de diciembre de 2006, 09:47 h (CET)
Deshilachadas y flácidas las banderas revolucionarias que antaño enarboló la izquierda parecen hoy olvidadas. La lucha obrera, la reforma agraria, la justicia social, la distribución de la riqueza, etc. no forman parte ya del discurso de la izquierda. Los que siguen utilizando las siglas de aquellos que clamaban por la revolución social, hoy de lo que hablan, desde sus enmoquetados despachos, es de la bolsa, del urbanismo, de la fusión de empresas, de pactos de gobierno. De las antiguas banderas, solo han desempolvado una de ellas: la lucha contra la iglesia católica en nombre del laicismo radical. No se trata como en el siglo pasado de incendiar las iglesias y matar a los curas. Ahora, más civilizados, creen haber encontrado otras formas de eliminarla más incruentas y efectivas. Desde todos los medios de comunicación llevan bastante tiempo su tarea demoledora. Se ridiculiza la religión desde las universidades en nombre de la ciencia y desde la prensa o la televisión en nombre de la libertad de expresión. Incluso hay colaboradores espontáneos de esta tarea que quieren suprimir las expresiones religiosas tradicionales para no ofender, según dicen, las creencias de los musulmanes que viven entre nosotros. Sospecho que los musulmanes no se ofenden si celebramos la Navidad pero se deben extrañar de nuestras actitudes pusilánimes, de nuestra increencia generalizada. A sus ojos ya no seremos siquiera otros creyentes “del libro” sino los infieles a convertir o eliminar según las instrucciones del Profeta.

¿Por qué esta inquina contra la religión? ¿Acaso es un anacronismo desfasado? ¿Es la religión un peligro para la democracia? Pienso que no. Se trata de continuar el designio original de la izquierda que es conseguir el poder para disfrutarlo, a ser posible para siempre, y al mismo tiempo hacer la revolución. No la revolución social, agraria y proletaria, que ya no se lleva. Se trata de cambiar la sociedad, deshuesarla de sus valores tradicionales para hacerla moldeable y adaptable a los intereses de la vanguardia de políticos profesionales detentadores del poder, cuanto más omnímodo mejor. En esta colosal manipulación se reescribe la historia, se inventan alianzas de civilizaciones, se habla de ansias infinitas de paz, de diálogo, de derechos de las minorías y sobre todo de libertad. Que la gente se crea libre porque nadie le recuerda deberes ni obligaciones, porque las cosas pueden ser conseguidas sin esfuerzo, sin dejar de divertirnos. Para ello tratan de deslegitimar cualquier voz que hable de moralidad, de valores, de Dios. Estas cosas pueden poner en peligro la acción revolucionaria de esta izquierda cuyas ansias infinitas no son tanto de paz como de poder.

Distraídos con las poco edificantes vidas de los famosos, con los escándalos urbanísticos y todo su morbo, con las peleas y rifirrafes de los políticos, las reformas estatutarias de las autonomías, nadie, salvo quienes lo sufren, quiere darse cuenta de que mucha gente gana poco, tiene un empleo precario y una hipoteca vitalicia, que sigue habiendo pobres en España, que la vivienda no está al alcance de todos, que los títulos universitarios están devaluados y tienen que ser apoyados por costosos “masteres”, que hay inseguridad ciudadana y botellones y droga y violencia en los colegios y en las familias, que la economía está colgada exclusivamente de la construcción, que el nacionalismo insolidario campa por sus respetos, etc. etc.

Es la sociedad quien tiene que reaccionar, ponerse en guardia, rechazar la manipulación de los políticos, exigir una moralización de la vida pública. Si no lo hacemos, si cada uno no hace algo para combatir esta situación, nuestras quejas serán inútiles y éstos u otros políticos seguirán gozando del poder a nuestra costa.

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