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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Muerte de un dictador

Pedro Serrano (Valladolid)
Redacción
jueves, 14 de diciembre de 2006, 09:47 h (CET)
Pinochet ha muerto. Se supone que en paz y gracia de Dios –dicen que comulgaba diariamente–, pero no en paz con las personas que persiguió y asesino como corresponde a un cruel depredador sanguinario.

Dicen que las dictaduras son muy malas para todos, pero no es verdad; pues para los dictadores son muy rentables: todos terminan mejorando ostensiblemente su economía familiar. Los dictadores también suelen gozar de una gran paz interior; lo cual, contribuye a que gocen de una saludable y dilatada vida, cosa que no les ocurre a los demócratas que se cruzan en sus caminos; pues siempre que tienen ocasión se la suelen estropear o acortar.

Pinochet esta enterrado. Ahora a los demócratas nos falta enterrar lo que este sátrapa representaba, es decir, las ideologías totalitarias, criminales, inhumanas y represivas. El mundo debe permanecer alerta. Todavía quedan demasiados dictadores –de diferente signo– iluminados y salvadores de patrias; canceres de la libertad y de la justicia; elementos tóxicos muy peligrosos para la salud democrática. Porque, mientras estos déspotas no se extingan de la tierra, una buena parte de la especie humana estará en peligro. Que descanse en paz la locura y la sinrazón.

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