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Etiquetas:   Carta al director  

La primera necesidad del hombre

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 14 de diciembre de 2006, 09:44 h (CET)
“Gaditanos, levantad
rn vuestras viejas guitarras
el sol de la libertad.”


Rafael Alberti

La libertad es la esencia misma de la vida. No es mera circunstancia cuya presencia mejora, cuya ausencia empeora, la vida humana; sino el mismo aire que respira el hombre como espíritu consciente. Sin libertad no hay hombre, ni hay comunidad; porque el hombre cae al nivel de la bestia y la comunidad al del rebaño.

Hay que considerar la libertad como el espacio abierto al hombre para que se manifieste como es; y por lo tanto, como la garantía de la originalidad individual. Pero la originalidad del hombre no se ejerce en lo abstracto sino sobre una comunidad cuya área, forma, tradición, son concretas, y cuyo carácter de conjunto puede variar de mil maneras. Cada hombre en cada momento de su vida está dotado de un radio de acción natural; y el óptimo, desde el punto de vista de la creación social, es que cada hombre en cada momento se halle inserto en la comunidad que mejor le cuadre en calidad y tamaño, habida cuenta del radio de acción que le es peculiar.

La libertad es algo más primitivo y elemental que un derecho. La libertad es una necesidad; la primera necesidad del hombre, si no en urgencia, por lo menos en importancia.

Por lo tanto, la libertad no necesita justificación ni puede ser objeto de concesión por parte del poder. Muy por el contrario, lo que necesita la justificación es cualquier tentativa de limitación del área natural de la libertad.

Sólo en un ambiente de libertad cabe discutir y resolver las cuestiones, a veces muy delicadas, que plantea el equilibrio dinámico entre ciudadanos libres. Y aun será bueno hacer constar que no basta la mera posibilidad de libertad; sino que es menester que los ciudadanos la utilicen. Sucede en efecto que los ciudadanos de un país libre no llenan el espacio que la libertad pone a su disposición, con lo cual se exponen a perderlo.

Es lugar común considerar el orden social como un concepto antagonista de la libertad individual; y eso que sería difícil imaginar la libertad individual sin un orden social en el que expresarse. Para hacer posible la existencia misma de la libertad; pero además porque las libertades individuales carecerían de sentido sin el marco de una sociedad que las integre, sólo cuando se ha aceptado el deber social queda libre el individuo de hacer lo que le place.

Para que la libertad individual sea fecunda, es menester que se ejerza en un espíritu de bien general. Y es posible que en los países libres abunde a tal punto la libertad que las gentes terminen por no darle importancia. ¿Hay nada más valioso que el aire? Y sin embargo, abunda tanto que nadie le hace caso. El gran error de los liberales españoles –los doceañista, inspiradores de las Cortes de Cádiz, que extendieron el liberalismo por media Europa y fueron los inventores de la acepción política de la palabra “liberal”- fue creer que la libertad, una vez conquistada, está asegurada.

“Hoy en día –dijo el profesor- al hombre corriente lo que le preocupa no es la libertad sino los huevos fritos”. De todos modos, no son desconocidos los casos de hombres muy necesitados no sólo de huevos fritos sino de pan seco que prefirieron la libertad. Durante las últimas elecciones de la Segunda República española un jornalero aguardaba en la cola para votar un comicio en Granada. Un agente electoral de los terratenientes que le tenían el estado de hambre crónica, le enseñó un duro en el hueco de la mano. El jornalero, impertérrito. El agente le enseñó un billete de cinco duros. Nada. Por curiosidad el agente le enseñó un billete de cien pesetas, una fortuna para aquel hombre. Entonces la impasibilidad cedió el rostro al desprecio, y el jornalero dejó caer estas palabras: “En mi hambre mando yo”.

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